No termina de llegar la paz a los parkings bilbaínos. Ahora son un par de promotoras las que citan al Ayuntamiento en los tribunales. Se trata de las empresas constructoras de los aparcamientos de El Arenal y El Carmelo. Ambas están enfadadas. ¿El motivo? Entienden que las previsiones erróneas del Consistorio les han hecho perder mucho dinero. Siendo como soy un experto en filmes judiciales, ya imagino a ese abogado dirigiéndose al jurado: 'No vean a mis clientes como ambiciosos promotores, sino como hombres corrientes que se embarcaron en el 'bisnes' cautivados por los cantos de sirena de la municipalidad. ¿Y qué ocurrió después? Pues que las parcelas no se vendieron y que las seductoras sirenas eran funcionarios con bigote disfrazados al modo submarino'.
Los promotores, claro, le exigen al Ayuntamiento una satisfacción. Es lo que se estila. En nuestra época los números de trapecio empresarial se hacen muchas veces a sabiendas de que ahí abajo está la red de la Administración. Es una red que se acolcha con montones de mullidos billetes de procedencia pública. Los empresarios reclaman 16 millones de euros.
Cualquiera puede entender que, puestos a elegir, el Consistorio preferiría conservar ese dinero. Más que nada porque con él casi pueden cubrir el presupuesto del Área de Urbanismo y Medio Ambiente. O afrontar el gasto corriente de 2010. dos veces. O ir a Sotheby's y comprar una voluptuosa bailarina de Matisse para el museo de Bellas Artes o para el despacho del empleado del mes.
Pese a la apariencia inquietante de la compensación, en el Ayuntamiento están tranquilos. Creen que las pérdidas de las promotoras forman parte del juego empresarial. Al fin y al cabo, son ellas las que salieron libremente a la pista de baile. En la pista a uno a veces le besan y otras veces le pisan. Da la sensación de que a los empresarios esta vez les han pisado, pero a medias.
En unos días podrán exigirle al Ayuntamiento la compra al 65% de su precio de un tercio de las plazas no vendidas. Así lo establece una cláusula del pliego de condiciones. No existen tantas garantías de consuelo en las pistas de baile de la ciudad, esos campos de Troya sentimentales y mal iluminados.