El desengaño generalizado por lo ocurrido en el CoP 15 es comprensible y sin embargo no era realista esperar que de la cumbre del Copenhague pudiera salir un tratado vinculante con compromisos claros y de corto plazo en torno a las medidas necesarias para atajar el grave problema del cambio climático. Bien al contrario incluso las personas más optimistas no dejábamos de darnos cuenta de que la esperanza de un acuerdo definitivo constituía más bien una quimera.
En primer lugar, los países industrializados no habían conseguido ponerse de acuerdo sobre los objetivos de mitigación a excepción de la UE. En segundo lugar, los países industrializados no sólo no habían acordado cuanto iban a financiar a los países en vías de desarrollo sino que ni siquiera había respuesta contundente a la pregunta acerca de cómo se iba a repartir la contribución al montante necesario para compensar a los países del Sur por la necesaria adaptación y la imprescindible mitigación.
Por otro lado, EE UU todavía no había aprobado la legislación sobre cambio climático que permitiera que el presidente Obama pudiera hacer promesas creíbles sobre mitigación. Sin olvidar que estamos inmersos en una crisis económica y financiera que dificulta el logro de acuerdos de calado. Pero es que además, la complejidad de la tarea exigía tomar decisiones en situación de incertidumbre, convencer a 192 países con intereses multidimensionales a alcanzar acuerdos en materias que ocasionan impactos en muchas áreas de política económica: la energética, la de transporte, la de construcción, la agrícola y forestal, entre otras. Y, por último, estaba claro, ya antes de comenzar la Cumbre, que las naciones desarrolladas querían determinar los pagos, una vez definidas las acciones mientras que los países en vías de desarrollo pretendían especificar las acciones, una vez establecidos los niveles de financiación. Los objetivos y las estrategias no podían estar más distantes.
Con estos mimbres era muy difícil que en el plazo fijado fuera posible, que en el seno de Naciones Unidas, se alcanzara un acuerdo vinculante al que se sumaran potencias como EE UU (que no había ratificado Kioto) o China que empieza a darse cuenta ahora de que la situación actual de sus emisiones es insostenible.
Esto no obvia para que muchas personas estemos preocupadas porque ante la gravedad del problema del cambio climático seguimos sin tener una solución ni una hoja de ruta consensuada. Estamos también decepcionadas porque el papel de liderazgo que la UE pretendía haber jugado en esta cumbre ha quedado totalmente diluido en plenarios agotadores, con discursos vacíos de contenido o afirmaciones sin sentido como las del presidente Chávez que ha comparado la solución al problema de la quiebra de un banco, con la solución a un tema tan complejo como el que la cumbre tenía entre manos. Y estamos sobre todo decepcionadas porque las cuestiones importantes que la cumbre tenía que abordar: cuánto están dispuestos a reducir sus emisiones de GEI los países industrializados; cuánto y qué están dispuestos a hacer los países en desarrollo para limitar el crecimiento de sus emisiones; cuánta es la ayuda necesaria para que los países en desarrollo reduzcan sus emisiones y se 'adapten' a los cambios generados por el cambio climático y cómo se van a gestionar los recursos financieros dedicados a este objetivo hayan quedado sin respuesta.
Pero hay otras cuestiones por las que no debiéramos penar. Por citar una, ¿quién quiere promesas a largo plazo, 2050, si incluso incumplimos las de corto plazo?, ¿qué credibilidad tienen esos compromisos? Lo que ahora debiéramos apoyar es, probablemente, una estrategia diferente. Una estrategia que ya se ha empezado a vislumbrar en Copenhague. Hagamos caso a las recomendaciones del IPCC, reconozcamos, como se ha hecho, que el aumento en la temperatura global no debiera sobrepasar los 2º centígrados, respetemos los equilibrios climáticos, reconozcamos nuestra responsabilidad e incentivemos a que todos los países, sobre todo los que más emiten CO2, lleven a cabo planes y políticas de innovación, de eficiencia energética, de reforestación, que conduzcan a una reducción de emisiones, aunque no hayan sido capaces de fijar, al menos de momento, los objetivos cuantitativos de mitigación que deseamos. Debería conseguirse también que en Europa no sólo acordemos objetivos sino también estrategias para cumplirlos. ¿Para cuándo la política energética común?
Sin olvidar, claro está, que el reparto de la carga entre Norte/Sur de todas las acciones necesarias, incluidas las de adaptación, sea justo. Y para lograrlo será preciso, además de compensaciones monetarias, transferencias tecnológicas junto con la promoción de la cooperación, la innovación y la investigación. Que la cumbre no ha estado a la altura del problema del cambio climático con el que nos enfrentamos es evidente. Que no haya estado a la altura de las expectativas es más discutible. Copenhague venía precedido de múltiples reuniones: las negociaciones de noviembre en Barcelona, las de septiembre y octubre en Bangkok, las de marzo, junio y agosto en Bonn, y las de Poznan que ya presagiaban la dificultad de la tarea. Por tanto lo que ha ocurrido era en cierto modo previsible. Pero lo que no debiera ocurrir bajo ningún concepto es que nos dejemos inundar por el desánimo. Kioto está en vigor hasta el 2012. Queda mucho por hacer. Es preciso que todos los países, en especial EE UU y China, se empeñen en ello. Europa puede jugar un gran papel: constituirse en un ejemplo a seguir en el proceso.