La manifestación que hoy se hará multitudinaria en defensa de los acusados en el 'caso Egunkaria' dejará entrever cuántos más rehusan acudir a la cita, incluso aunque consideren un dislate el juicio y una aberración el cierre del diario. El relato de la supeditación de Egunkaria al dictado etarra ha acabado oscilando entre la versión de la Guardia Civil y la interpretación de la fiscalía, que renunció a la acusación preguntándose «de qué sirvió a los fines de ETA la actividad del diario Egunkaria». Mientras otra fiscalía, la del Tribunal Superior de Madrid, ha secundado la prohibición de una concentración paralela en la capital de España, alegando que «trata de enaltecer la ideología y los proyectos de la banda terrorista».
La narración de la Guardia Civil genera, cuando menos, enormes dudas en la Audiencia Nacional. Pero la existencia de actas que acreditarían que los responsables de ETA hablaron de Egunkaria, frente a la inexistencia de documentos redactados en el seno de Egunkaria que se hicieran eco de ello, sugiere una hipótesis alternativa a la acusación. Los dirigentes etarras se creen -necesitan creerse- los custodios de todo cuanto puedan considerar que forma parte de su pretenciosa órbita de influencia. Algo de lo que no tienen culpa judicial aquellos a quienes ETA incluye en su listado de gregarios, aunque sepan fehacientemente que constan en él. La hipótesis más probable es que ETA hablase de Egunkaria y pretendiese dar la apariencia de que controlaba cuanto acontecía en el periódico en euskera. Pero dejémonos de historias, ETA se sentía legitimada para ello porque había apoyado la iniciativa desde el principio. También probablemente, porque algunos de los protagonistas de la aventura vieron en dicho apoyo no un problema sino un oportuno sello de autentificación. Y, probablemente, fue este último rasgo de pleitesía lo que la banda terrorista quiso interpretar como causa suficiente para jugar al juego del editor distante que así se siente poder fáctico. Seguro que muchos de quienes se manifiesten hoy en Bilbao suscribirán esta versión como la más verosímil de todas las posibles; e incluso como la más ingenua.
No hay caso para el juicio que se está celebrando en la Audiencia Nacional. Pero ni la presunción de inocencia, ni la extendida convicción de que los encausados son inocentes puede dilatar el significado de tal concepto hasta convertir a los juzgados en virtuosos valedores de la libre expresión de las ideas y en fecundos servidores de la expresión en euskera de la identidad vasca, necesariamente plural. Especialmente cuando el propio término de inocente resulta cuando menos equívoco en un país donde la culpa dejó de existir para ciertas conductas. Que hayan sido procesados no puede extender sobre ellos un manto de sospecha ante el que, al final, se vean indefensos hasta en caso de absolución.
Pero el decaimiento de las acusaciones por falta de fundamento tampoco puede acabar eximiéndolos de las críticas que merezcan; e incluso de aquellas que puedan hacérseles sin especial merecimiento. Y una de las críticas que merecen es que hayan dejado -cuando no fomentado- que su causa se presentase como un proceso general contra el euskera y contra la libertad de expresión. Lo de la libertad de expresión merece alguna corrección, pero no hay medida más extrema que el cierre de un medio de comunicación. Decisión cautelar que quedaría totalmente en entredicho si el juicio de las responsabilidades personales acaba siendo un fiasco. Pero lo del euskera no tiene pase.
A lo largo del Campeonato de Bertsolaris, cuya final tuvo lugar el pasado domingo, los competidores fueron presentando el 'proceso Egunkaria' indistintamente como un acto injusto contra personas con las que simpatizan, como un atentado contra el derecho a la información, o como reflejo de la persecución que existe contra el euskera y la cultura vasca. Estas últimas semanas ha destacado un término que contiene una enorme carga de exclusivismo si se emplea de forma abusiva: euskalgintza. Se trataría del conjunto de voluntades personales y proyectos que constituirían los esfuerzos no sólo «en», sino sobre todo «por el» euskera. Aunque a estas alturas dicho empeño no represente una actividad precisamente épica, sigue contando con la áurea del esfuerzo sobrehumano frente a correosos enemigos; entre los cuales podrían encontrarse quienes hoy no asistan a la manifestación de Bilbao.
Ahora que tantos estrategas se aprestan a diseñar el día después de la violencia terrorista, convendría recordar que existe un abismo en la sociedad vasca relativamente fácil de explotar cuando ETA desaparezca: el que separa a quienes pueden pronunciarse y acceder a cuanto se produzca en castellano y en euskera de quienes son monolingües castellanoparlantes. Es un abismo que contribuye tanto a desdeñar lo que se crea, se escribe o se dice en euskera, como a atrincherarse en la citada 'euskalgintza' y sus derivados. El juicio contra Oleaga, Uria, Otamendi, Torrealdai y Auzmendi parece demencial. Pero mayores estropicios está causando el supuesto de que el Estado de derecho va contra el euskera, y de que esta lengua sólo puede defenderse de una única manera.