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Un maestro para hoy

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Un maestro para hoy

«El oficio de maestro nunca ha sido fácil. Hoy puede llegar a ser una profesión ardua, y apasionante cuando se respeta nuestra tarea de servidores públicos (¡no de héroes!)»

13.12.09 - 03:14 -
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Ala hora de escribir sobre cuál debe ser el perfil del buen maestro se me plantean sobre todo dudas. Y más en una cuestión tan capital: el papel que ha tenido y debe tener en la educación de niños y jóvenes, tan estudiado, por otra parte, por filósofos y pensadores desde la antigüedad. Tampoco he querido ir a las fuentes, para ello están los expertos, lo que no es mi caso. He querido partir de mi experiencia, que incluye la memoria histórica y la personal. Las cualidades que destacaré son todas difíciles de describir, digamos científicamente, puesto que son por definición de carácter general, y tienen por eso más que ver con el sentido común que con datos comprobables. Espero no caer en demasiados tópicos.
En primer lugar destacaría lo que antes llamábamos vocación. Una condición que se puede ir construyendo a lo largo de la vida. Pero debería ser lo bastante pronto, y que las prácticas previstas en los nuevos planes de estudio sirvieran al menos para tomar la decisión antes de empezar a ejercer. Entendería la vocación como un proyecto vital, si quieren profesional, de aquél que intuye que sentirá el gozo de enseñar y aprender con los alumnos, de proyectar, de descubrir con ellos. De aquél que estima su trabajo, y con suficiente optimismo ante la vida. Hace falta, pues, un cierto carácter; y unas conductas aprendidas, una buena formación. ¿Pero qué quiere decir tener carácter? Parece que el carácter se forma sobre todo en el ámbito familiar y que a lo largo de la vida vamos añadiendo experiencias afectivas, éticas e intelectuales para conformar un modelo de persona creativa, que no quiere vivir de la certeza de los otros. Pero aunque el carácter pueda blindarnos ante las adversidades, no tengo la certeza de que nos blinde ante una profesión como la nuestra. Porque sólo con esfuerzo individual o voluntarismo no basta. Es imposible abordar la docencia sin una formación en trabajo de equipo. El diálogo y la cooperación, más en situaciones cambiantes, son imprescindibles para educar. Una buena dirección de centro, buenas tutorías, unos buenos equipos docentes. Cooperación con el alumnado, el profesorado, las familias, el barrio. Más cooperación cuanta más diversidad haya. Y para ello se necesitan recursos. No se puede dejar al maestro solo, y luego culpabilizarlo. Y como los maestros ejercemos en un territorio concreto, el sentimiento de pertenencia es otra cualidad imprescindible, teniendo en cuenta un contexto cada vez más multilingüe. El maestro debería conocer las estrategias y los recursos apropiados para enseñar a usarlas. Destacaría otra condición, ser buen comunicador, que implicaría la capacidad de comunicar experiencias de conocimiento, con el lenguaje del afecto y del respeto por lo que son los alumnos, y con confianza en sus capacidades, sean las que sean; lo que no significa ser paternalista.
El Nobel de Economía Miron Scholes preveía, mucho antes del descalabro económico, un futuro lleno de sucesos caóticos (que han sido paradójicamente beneficiosos para los responsables de la crisis). Decía que estos sucesos exigirían mucha flexibilidad, y una necesidad siempre creciente de invertir en educación para garantizar el progreso de la sociedad. Entendía la flexibilidad como la capacidad de adaptación a trabajos cada vez más cambiantes y diversos, lo que exigiría en nuestra profesión una formación inicial y continuada que enseñara a dialogar, a pensar, a hacer, y a hacer hacer, en contextos específicos. La flexibilidad, y los conocimientos, nos ayudan a dirigir nuestros itinerarios profesionales y vitales. Sólo así podremos actuar con inteligencia ante las situaciones que se producen en las escuelas como reflejo de los conflictos de la sociedad. Ahora bien, si los cambios son excesivos entorpecen extraordinariamente la vida escolar, y nuestras vidas. La inestabilidad constante tampoco contribuye a mantener la autoridad de la que tanto se habla. Y es que antes el maestro, tanto si tenía autoridad como si no, no necesitaba tanto ganársela. El sistema se la otorgaba. Hoy, en las modernas democracias, cada vez es más difícil. ¿Cuáles son los castigos por no seguir las normas? Pueden estos castigos, por suerte mínimos, hacer cambiar comportamientos inadecuados, incívicos y extremos. No demasiado. La prueba es que las prisiones cada vez están más llenas. El oficio de maestro nunca ha sido fácil. Hoy puede llegar a ser una profesión ardua, y apasionante cuando se vencen las dificultades, con los recursos necesarios, cuando se reconoce y se respeta nuestra tarea de servidores públicos (¡no de héroes!), y no sólo con buenas palabras. Y cuando asumimos con responsabilidad este compromiso, procurando que lo que enseñamos, y que aprenden nuestros alumnos, les sirva y nos sirva en su, y en nuestro, desarrollo intelectual, emocional y moral.
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