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LA BATALLA DE CENTELLES

El ojo de la guerra

La polémica sobre el legado de su obra resucita a Agustí Centelles, el Robert Capa del fotoperiodismo español

12.12.09 - 03:10 -
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Algunas fotos de Agustí Centelles han dado la vuelta al mundo, incluso han sido publicadas en prestigiosos periódicos y revistas de Estados Unidos como autor desconocido. Miles de negativos que encarnan el dolor, el espanto, la huida, la sinrazón de los sangrientos años de la Guerra Civil, y otros cientos de instantáneas sobre la inhumana vida de los españoles en el campo de concentración de Bram, al sur de Francia, donde penó el fotógrafo catalán, vuelven a ser, ironías de la vida, foco de la polémica.
El nombre de Agustí Centelles (El Grao, Valencia, 1909-Barcelona, 1985), a quien se conoce como el Robert Capa español, resucita a los 24 años de su muerte, y en el centenario de su nacimiento. Como si las desgracias en vida no hubieran bastado, se prolongan ahora en sus herederos, cansados de que el legado de su padre se haya convertido en moneda política de cambio entre la Generalitat de Cataluña y el Ministerio de Cultura.
Sergi, de 72 años, y Octavi, de 62, los dos hijos de Centelles, contemplan, impávidos, el desenlace de una refriega insólita e insolente. Pero después de muchos sinsabores, dolores de cabeza y arduas negociaciones sufridas a lo largo de este año, la obra de su progenitor reposará por fin en el Centro de Documentación de la Memoria Histórica de Salamanca, «donde pueda verla todo el mundo, lo que nos importa mucho más que el dinero», aclara Sergi. 700.00 euros, la promesa de convocar un premio internacional de fotografía en memoria de su padre y la divulgación universal de su trabajo (ya hay comprometidas exposiciones para 2010 en Buenos Aires y Nueva York) han sido las condiciones aceptadas por la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, que justamente el pasado domingo se fotografiaba delante de los estudios Centelles, en la calle Ciutat de Balaguer, tras asistir al funeral del ex ministro Jordi Solé Tura. Una imagen aún inédita que soliviantará a las autoridades catalanas, despreocupadas durante tantos años del legado de Agustí y a quienes la 'opa' ministerial les ha sacado de quicio, hasta el punto de proceder a incoar un expediente de Patrimonio Cultural de Cataluña en un desesperado intento por impedir la salida de más de los 8.000 negativos que retratan la contienda fraticida.
«La Generalitat se acuerda de Santa Bárbara cuando truena», espeta Sergi Centelles, militante de Convergencia Democrática de Cataluña y dolido por el «desprecio» del Gobierno catalán hacia la figura de su padre, sólo reconocida con el Premio Nacional de Artes Plásticas que le concedió el Ministerio de Cultura en 1984, un año antes de su muerte, y que Alfonso Guerra entregó a los hermanos en un conmovedor acto político.
Las posibilidades de recuperar los 12.000 negativos, incluidos los de la etapa posterior de Agustí, cuando a su regreso a España y despojado de su carné de fotoprensa, tuvo que alimentar a su familia con la fotografía industrial y publicitaria, son nulas. Joaquín de Gasca, portavoz de la familia Centelles, se ha asegurado de «blindar» el contrato con el ministerio en una operación cerrada el pasado 26 de noviembre.
La 'Leica' de 900 pesetas
Las paredes del estudio en el que trabajó Agustí los últimos años de su vida, en la zona alta de la Ciudad Condal, están 'empapeladas' con sus fotos más emblemáticas: los retratos de la monstruosa cara de la Guerra Civil, que realizó desde su puesto de corresponsal gráfico para varios periódicos de Cataluña. La batalla de Belchite, la del Ebro, la llegada de los sublevados a Barcelona, todo rezuma el olor de la tragedia vista desde un profesional ávido de innovación y de un republicano convencido.
«No hizo la mili por exceso de cupo, pero le tocó hacer la guerra», comenta Sergi, que se emociona al explicar cada detalle, cada escenario, las desgarradoras expresiones que emana la tragedia, los gritos mudos de bebés, esos besos de novios perdidos para siempre o las sombras de la muerte escritas con sangre en los raídos zapatos de los cuerpos abandonados en el campo de batalla. Sergi repasa también la historia de trípodes y cámaras, como la de esa 'Leica' que su padre compró por 900 pesetas (una fortuna en 1936) con un crédito de 100 pesetas al mes, a quien sus jefes prometieron pagar pero nunca cumplieron.
Por las mesas del estudio se distribuyen negativos y cajas con la obra 'vintage' del autor, sus primeras reproducciones. Proceden de la famosa maleta que acompañó a Centelles en su cautiverio y que recuperó en 1976, cuando estuvo plenamente seguro de que, muerto Franco, quedaría a salvo.
La maleta, con más de 4.000 negativos, sobre la que durmió cada noche durante los meses de prisión en 1939, fue custodiada por una familia de Carcasona (Francia) que le acogió. La decisión de preservar esas joyas, su lealtad a la causa y la necesidad de ayudar a sus compatriotas consiguieron vencer a la miseria, y la eterna colitis que le mermaba la carne y el ánimo. Primero, en el campo de Argelès, donde se hacinaban 80.000 refugiados. Después en el de Bram, que acogía a otros 16.000.
El diario redactado durante los últimos meses de la Guerra, que Agustí inicia el 20 de abril de 1939 y concluye en octubre del mismo año, resulta tan revelador y conmovedor como sus propias fotografías. Se lo dedica a su hijo Sergi «y a los que puedan venir posteriormente», y lo escribe en catalán, a pesar de confesar que no lo domina. Lo hace para que Sergi tenga «el orgullo y la satisfacción de llamarme catalán».
Y Sergi el mayor de los dos vástagos advierte de que leerlo «es muy duro» y de que pasó muchos años sin poder enfrentarse a las páginas porque carecía de valor para ello. «Mi padre nunca nos quiso hablar ni de la guerra ni de los campos de concentración», explica Sergi. «Se lo guardaba todo para él, no quería que sufriéramos», añade Agustí.
Después se enteraron de lo inevitable. A Sergi casi se le saltan las lágrimas al recordar que, a los siete años, cuando conoció a su padre de regreso a Barcelona recibió un tren eléctrico de regalo. «Pidió un crédito para comprarlo. Me hizo muchísima ilusión y, bueno, supongo que a él también le gustaba el juguetito». Después ambos hijos conocerían la verdad. Las preocupaciones, el alma de la miseria narrada en un estilo claro y directo. El padecimiento del padre torturado por la colitis que no desapareció hasta que abandonó Brem. Y su pasión por la fotografía, descubierta a los 14 años.
«Yo fui el primer reportero gráfico en hacer política. Siempre que ha habido altercados he encontrado y registrado los hechos con mi aparato, me he expuesto obteniendo fotos donde estaba prohibido, me he valido de trucos para entrar en sitios vedados para los chicos de la prensa», escribe al principio de su diario. En sus páginas le explica a su pequeño que nació el 31 de julio de 1937, «en plena guerra de invasión -por la ayuda que Italia y Alemania prestan al general de opereta Franco-, con continuos e intensísimos bombardeos de la aviación italo-alemana sobre la ciudad, que ocasionaron miles de víctimas».
Las siguientes páginas reflejan la evacuación, la carga de documentos, su paso a Francia a pie, su hambre de comida y tabaco, el estudio clandestino que monta en el campo de concentración de Brem, que Francia exhibe como modelo de ayuda a los refugiados españoles. La opinión de Agustí es muy distinta. «Francia, este país que, aparte de su acogida, tan mal se ha portado con la España republicana»; «El trato que nos han dado es impropio del programa de Libertad, Igualdad y Fraternidad del que tanto se vanaglorian»; «Llevo cinco meses que vivo como un prisionero, como un asesino, cuando mi única falta es haber defendido mi patria». Y retratarla.
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