Quien circule por la calle San Roke de Durango puede contemplar un bloque de viviendas donde más de quince carteles, algunos de ellos acompañados de ikurriñas, exigen desde los balcones y ventanas: 'Sederik ez' ('sede no'). En la planta baja del edificio, situado en el portal número 1 de la anexa calle Astxiki, se encuentra la razón de la reclamación: la casa del pueblo. Cinco meses después de que ETA devastara con una bomba la sede socialista local, los residentes han iniciado una protesta, con apenas precedentes en Euskadi y ninguno de este calado público, para que el local sea trasladado de lugar.
El atentado ocurrió alrededor de la medianoche del 9 de julio pasado. ETA arrasó el establecimiento del PSE con tres kilos de explosivos y sin ningún tipo de aviso previo. Los importantes daños materiales que provocó la acción terrorista en el inmueble pudieron haber alcanzado otra dimensión mucho más dramática si un vecino no llega a ver cómo un encapuchado depositaba una bolsa frente a la puerta de la casa del pueblo poco después de las 23.30 horas.
Mientras el etarra escapaba rápidamente del lugar, el testigo alertó a la Ertzaintza. Miembros de este Cuerpo acordonaron la zona y desalojaron a los vecinos. Sin embargo, no hubo tiempo para neutralizar la bomba, que estalló sobre las doce de la noche. Los inquilinos pudieron regresar a sus casas tres horas más tarde. Al menos 31 de ellos presentaron al día siguiente denuncias por los desperfectos registrados en las viviendas. La explosión devastó también la mayoría de las salas de la casa del pueblo.
La indignación que sufrieron los alrededor de 40 vecinos que tuvieron que ser desalojados de sus domicilios aquella noche de julio parece no haberse mitigado y muchos de ellos claman por el traslado de la sede a otro lugar. «Claro que nos sentimos en peligro», responde, cuando se le pregunta por los carteles, un matrimonio que jugaba en la tarde de ayer con sus hijos pequeños por los alrededores de la urbanización. Pese a no desvelar su identidad, la pareja admite haber colgado las pancartas en sus balcones. «Aquel día pudo haber pasado cualquier cosa, porque era pleno verano y muchas familias dejan a los chavales jugando solos por la zona mientras toman algo o están en casa. Esa es nuestra impotencia y nuestra rabia», puntualiza la mujer.
Algunos residentes de otros inmuebles próximos al edificio comprenden esta intranquilidad, aunque a más de uno le llama la atención que en los carteles no haya referencias a ETA. «¿De quién es la culpa, de los socialistas o de los terroristas por poner bombas?», reflexiona un durangués que tiene claro que el fin de la banda armada debe llegar de forma «inminente». En el inmueble que acoge a la sede del PSE, no todos los propietarios han secundado la reclamación y no han colocado carteles en las ventanas, «aunque, en el fondo, todos estamos deseando que se vayan», apunta la misma joven. «En mi caso -agrega-, me da lo mismo que las siglas sean socialistas o de cualquier otro partido. Lo que tengo claro es que, mientras siga existiendo ETA, ese tipo de locales deberían llevarse a lugares con más seguridad porque por la noche no hay nadie en la sede, pero nosotros seguimos viviendo aquí», apostilla.
Un portal blindado
Antes de adoptar la decisión de colgar las pancartas, la comunidad de vecinos agotó otras vías: se pusó en contacto con el Ayuntamiento de Durango para reclamar el traslado de la casa del pueblo e incluso algunos residentes se entrevistaron con integrantes de la ejecutiva socialista local. La respuesta fue negativa, de ahí que decidieran poner en marcha una protesta pública. «Sabemos que no vamos a conseguir nada, porque legalmente tienen todo el derecho a estar aquí, como ya nos respondió el Ayuntamiento en su día, pero al menos ejercemos nuestro derecho al pataleo», reconocen.
En cambio, los inquilinos sí han visto aceptadas otras de sus reclamaciones. De momento, el portal contiguo a la sede del PSE ha sido blindado y el Consistorio solicitará a la compañía de gas que instale las conducciones en un lugar más alejado, con el fin de evitar escapes como el que se produjo tras el atentado de ETA.
Aun así, las quejas de los propietarios siguen siendo numerosas. «Nos dijeron que se iba a reforzar la iluminación, pero llevan un mes sin hacer nada y con los agujeros sin tapar; los columpios siguen rotos y las farolas que se estropearon con la explosión, lo mismo. Tenemos garaje, pero la mayoría de las veces el mando para abrirlo no funciona por el inhibidor de frecuencia que llevan los guardaespaldas», enumeran. «Y eso, sin entrar a valorar que las obras de la casa del pueblo se hicieron en un mes, pero nosotros hemos tenido que esperar un montón de tiempo a que nos arreglaran los desperfectos».
Aunque este periódico se puso ayer en contacto con representantes del PSE-EE de Durango para conocer su opinión sobre la campaña vecinal, éstos aplazaron cualquier respuesta a un comunicado que enviarán a los medios de información en los próximos días.