Las dos clínicas dentales de la casa Dental Line existentes en Bilbao han bajado la persiana sin previo aviso. Al otro lado de la persiana, medio centenar de pacientes estupefactos. También enfadados, y se entiende: han perdido una cantidad importante de billetes y no han recuperado una mínima cantidad de dientes. Quizá ustedes piensen que el asunto es un fastidio. Ellos piensan más bien que es una estafa. Especialmente los que han adelantado dinero a la clínica o los que han tenido que solicitar créditos para pagar unos tratamientos que no se apean y son siempre carísimos.
Los pacientes de Dental Line sospechan que les han dado el timo del empaste. Aún así, no descarten que les duela más la boca que el orgullo. Algo de eso sucedía en una novela de Nabokov. El único superviviente de un terrible accidente de avión era encontrado entre los restos del aparato. El hombre componía «la imagen misma del dolor y la desgracia». «¿Está muy herido?», le preguntaban. «No, es dolor de muelas», respondía. «Lo he tenido todo el viaje».
Ahora los pacientes estafados piensan que era raro que los diplomas de la consulta estuviesen a nombre del Doctor Houdini. Lástima que, con aquel flemón palpitante, fuese imposible atar cabos. Como el célebre escapista, los señores de Dental Line se han esfumado sin dejar rastro. Es un gran truco que quizá termine con alguien en la cárcel. Concretamente, con alguien capaz de iluminar las noches de la quinta galería con su perfecta dentadura. El caso recuerda mucho al de aquellas academias Opening que forman parte ya de nuestro acervo chistoso. El mercado es un bazar gigante y hay puestos que conviene evitar, aunque estén siempre de oferta. O quizá por eso mismo. Ignoramos si entre los damnificados por Dental Line habrá algún veterano de Opening. Sería el colmo de la mala suerte. Imaginen a ese pobre hombre intentando hacerse entender estas Navidades en las rebajas de Oxford Street. En la cabeza lleva una versión delirante de la gramática inglesa y en la boca una descabalada caja de ritmos incapaz de afrontar las exigentes consonantes dentales del anglosajón. Todo por culpa de aquellos folletos tan llenos de colores y optimismo. Y de mentiras, claro, y de mentiras.