«Un día me encerré en la habitación. Echó la puerta abajo y me intentó estrangular. Mi rigidez le detuvo. Desde entonces no he podido acostarme con ningún hombre». No es la historia de un amor, pero hay muchos casos iguales, más de 400.000 en España. Es la historia de Beatriz. ¿Y responde Beatriz al estereotipo de persona sin estudios, sometida y dependiente económicamente de su agresor? No. Es licenciada en Derecho e independiente laboralmente. Beatriz, junto a Elena, Esperanza y Teresa se beneficiaron del servicio madrileño 'Mercedes Reyna' para víctimas de violencia y ahora, que ya respiran libres, ayudan a otras mujeres y a sus hijos (263 este año). Unas y otras acudieron primero a un recurso llamado SAVD 24 horas, donde recibieron el primer consejo.
El marido de Beatriz sabe que ella grabó sus amenazas y su reconocimiento expreso de que era un maltratador. Se casaron en 2000, pero en marzo pasado la situación era insostenible: «Me insultaba y luego ya me daba empujones, destrozaba la casa y exhibía cuchillos para amedrentarme». ¿Y qué hacía ella? Pues recomendarle que fuera al médico, preocuparse por su salud mental...
«Él me decía que me quería, que me deseaba -prosigue-, pero ni siquiera me tocaba. La mayoría de las broncas se producían en nuestro dormitorio. Hasta que me encerré allí...». Beatriz rompe a llorar. Pero insiste: «Tengo una prueba grabada de que me maltrataba. Y sabe que si la doy a conocer, está acabado».
¿Y el marido? «Me pidió en una cláusula del acuerdo que jamás desvelara su identidad». Lo cierto es que Beatriz ofrece detalles de una vida acomodada, con servicio doméstico, con un marido de éxito profesional. Pero no hay nombres. Lo importante es que ella terminó la carrera de Derecho y consiguió que disminuyera su estrés: «Era tal mi nerviosismo que, cuando me hacía heridas, ni lo notaba».
Niños en el psicólogo
Los niños. Casi nadie habla de ellos. Son las víctimas silentes de la inquina de unos hombres que les dieron la vida. Hay tres madres al otro lado de la mesa. La primera, Esperanza, guapa, de uñas y vestido rojos, tiene un pequeño de 5 años. Empresaria, su marido le amorataba la vida y ella no denunciaba. «La doctora me decía que fuera con el parte de lesiones. Y yo me volvía a mitad de camino», confiesa.
Ella no tenía familia, aunque sí amigos a los que su pareja alejó de su lado. Pero lo peor llegó cuando se quedó encinta. «Me insultaba, me escupía, y embarazada de siete meses me perseguía por la casa y me empujaba». Hasta que el pequeño nació. Lo que cuenta Esperanza, que llegó a ser una obesa mórbida, repugna: «Un día me dio una guantada y caí encima del niño, al que tenía en brazos. Como le hice daño, lloró y él me volvió a pegar».
En noviembre de 2007 decidió denunciar a su maltratador. Después vendría la orden de protección. La joven es, desde entonces, una de las 97.173 mujeres que en España vive dentro de un cordón sanitario que la aísla a 100 metros a la redonda. Pero su ex no cejó.
«Un día en el colegio, me arrinconó y la profesora del niño tuvo que interponerse». Porque los colegios, los bancos, los funcionarios, los ciudadanos en general no están todavía formados para abordar esta plaga. Muchos profesores, tal y como cuenta Esperanza, no saben qué hacer cuando un presunto delincuente se salta la ley en un colegio; los bancos siguen manteniendo cuentas a nombre de verdugo y víctima, a pesar de que la justicia ha sentenciado al primero; y hasta los ayuntamientos insisten en mandar las tasas de basura a nombre de quien fue cabeza de familia y hoy lo es de la ruina familiar...
«Con el puntito a casa»
Tras Beatriz y Esperanza, le llega el turno a Elena, la más veterana del grupo. En 2005 rompió con veinte años de fatal matrimonio. Psicóloga -paradojas de la vida-, le costó darse cuenta de que tenía la hiena en el hogar. El ruido de la llave con que entraba en casa su marido era una suerte de «buenos días, tristeza». Él era profesional liberal y su trabajo le obligaba a alternar, hasta llegar «con el puntito a casa», detalla Elena. Hasta ahora, el alcohol era un atenuante para el agresor; pero PP y PSOE están abordando una reforma para que las borracheras dejen de aminorar las penas de los maltratadores, aunque tampoco agraven la sanción.
Elena es madre de dos hijos ya mayorcitos. Su pareja le obligaba a creer que, pese a que ella tenía su cargo de funcionaria, quien mantenía a la familia era él, con unos ingresos más suculentos. Nadie a su alrededor podía detectar lo que ocurría, puesto que aquel individuo desplegaba un don de gentes especial.
Como otras 262.213 mujeres en España, a Elena una jueza también le concedió una orden de protección. Él traspasó la línea un día en la oficina de un banco, cuando creyó que su ex mujer estaba trabajando y no realizando gestiones rutinarias. En ese momento, Elena, que no se separa del dispositivo de teleasistencia, apretó un botón y denunció. Él fue reconvenido y no se acercó más.
La última de las mujeres del reportaje responde al nombre ficticio de Teresa. «Licenciado él, licenciada yo. Te lo cuento para que no me lo preguntes», espeta. Llegó un día hace cuatro años en el que el marido, envalentonado, le magulló el brazo y le dijo: «Esto no es una familia, así que vamos a separarnos». Y la echó de casa. A sus hijas, a las que ha seguido viendo porque un juez decidió no interrumpir el régimen de visitas, les comentó: «Contra vosotras no tengo nada, pero contra vuestra madre, sí».
Teresa prosigue: «Un día me dijo, con chulería: «Me han aconsejado que no te toque». Pero sí la tocó, tanto que la pequeña de las hermanas, cuando se enteró de que su padre fue detenido, tan sólo preguntó: «¿Y tiene rejas la cárcel donde está papá? Pues que le dejen allí».
Estas cuatro féminas se salvaron por los pelos de alimentar la estadística de 2009, que nos arroja la cifra de 49 asesinadas por sus parejas. Pero habrá que preguntarse qué pasa en un país donde cuatro mujeres maltratadas deben, por miedo, semiocultar su rostro a los ojos de un periódico.