Fago, en pleno Pirineo oscense, a 888 metros de altura, el segundo municipio menos poblado de Aragón, con una treintena de vecinos censados, pasará a la historia por haberse convertido en escenario del primer asesinato de un alcalde en la democracia española. Miguel Grima, regidor por el PP durante dos legislaturas, desde 1999 hasta el 12 de enero de 2007, fue asesinado de un certero cartuchazo en el corazón realizado con una escopeta de caza cuando regresaba de una reunión con otros munícipes de la comarca de la Jacetania. Un crimen con tintes de la España negra más propio de Puerto Hurraco (Badajoz) que de protagonistas «intelectuales», como apuntó el abogado defensor de Santiago Mainar, el popular Marcos García Montes, en referencia a su cliente, un ingeniero agrícola que abandonó la ciudad de Zaragoza para vivir en la montaña, incomunicado por la nieve buena parte del invierno. Había días enteros en que no cruzaba palabra con nadie.
Desde la desaparición del alcalde, todos los residentes se convirtieron en sospechosos, entre ellos Mainar, único procesado, que está siendo juzgado estos días en la Audiencia Provincial de Huesca. Guarda forestal de la comarca y ganadero, se atrevió a confesar ante los medios de comunicación su odio visceral hacia el mandatario local. Aunque él no era su único enemigo.
Miguel Grima había convertido a Fago en un coqueto pueblo de casas de piedra y tejados coloreados, pero sus calles bullían como una olla a presión a punto de saltar por los aires. Mainar y otros vecinos le criticaban por «poner normas para todo», cuando hasta su llegada, se regían «por la ley natural», en palabras del procesado. Como ejemplo, el alcalde había prohibido que en un enclave como Fago las vacas pasaran por sus calles, lo que indignó a los ganaderos.
Pese a que la mayoría de los habitantes son gente de edad, vendía como uno de sus principales logros el acceso gratuito a internet en cada rincón del municipio. Le acusaban de empadronar a ancianos de otros municipios como Ansó para ganar las elecciones, pero lo cierto es que obtenía una amplia mayoría de votos.
Conflictos vecinales
Cuando el joven aunque experimentado capitán Villalón de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, enviado desde Madrid y hoy ascendido a comandante, empezó a indagar en el entorno de la víctima descubrió que mantenía «múltiples conflictos vecinales», debido sobre todo a problemas con el ganado o de cotos de caza, dos de las principales actividades de la zona. El pueblo estaba dividido en dos bandos. El investigador descubrió en un informe que el alcalde contaba con «un grupo opositor», liderado ideológicamente por el neurólogo de San Sebastián, Iñaki Bidegain, visitante de fines de semana, el único testigo que vio al asesino y que niega que éste fuera Mainar, lo que se ha convertido en la principal baza de la defensa. ¿Por qué ni Bidegain ni su mujer informaron a la Guardia Civil de su encuentro con el coche del alcalde y un supuesto desconocido la noche de su desaparición?
Con él coincidían «los del bar», una pareja formada por Mónica Crespo y Miguel Ángel Molinero, que llegó al pueblo por un anuncio en que el Ayuntamiento buscaba vecinos. El alcalde les dio trabajo en una serrería y les ayudó a encontrar vivienda, pero se enemistaron por cobrarles una tasa de 250 euros por una terraza, «como si Fago fuera Nueva York», según se podía leer en una enorme pancarta que cubría la fachada de su casa, y que permaneció allí después del asesinato.
A este grupo pertenecían también otros afectados por el alcalde, como Mónica Barcos, a la que le había impedido empadronarse en el pueblo, y Mainar, más «solitario». Mientras que los demás se enfrentaban a Grima en los tribunales -acumulaba más de 40 causas-, el procesado prefería el ataque directo. El grupo opositor se reunía en casa de Bidegain, aunque Mainar asegura que nunca estuvo allí, y elaboraba panfletos que luego repartía por el pueblo e incluso depositaba sobre los coches de los clientes del agroturismo de Grima y su mujer, Celia Estalrich. Hay quien dice que al conocer la muerte del alcalde, sus enemigos se reunieron en el bar para celebrarlo.
Según ha admitido después, Mainar se sentía responsable de haber llevado a Grima hasta Fago. Su ex mujer y la esposa del alcalde, Celia Estalrich eran amigas, habían estudiado juntas, y él intermedió con un taxista para que les vendiera por 300.000 pesetas la vivienda en la que residían en el momento de los hechos. Sólo «para fastidiarle», Santiago llegó a presentarse a la alcaldía por el PSOE, aunque perdió, y abrió un alojamiento rural, Casa Antoñiales, «para hacerle la competencia» a Casa Tadeguaz.
«Cosas muy raras»
Para el guarda forestal, Grima estaba rodeado de una «camarilla de caciques», que le bailaban el agua, en referencia al concejo abierto que sigue adoptando las decisiones en asamblea en el Ayuntamiento de Fago. Entre ellos se encuentra «su mano derecha», Enrique Barcos Barcos, a quien muchos nunca antes habían oído pronunciar una sola palabra, que sustituyó al alcalde asesinado y que hoy en día se mantiene como independiente, auspiciado por el Partido Aragonesista (PAR).
Como anécdota, Barcos se cubrió el rostro con un pasamontañas el día que asumió el cargo, consciente de la presencia de cámaras de televisión y fotógrafos de prensa en el edificio consistorial. Instalador electricista, el actual regidor, que luce perilla, testificó en la segunda sesión del juicio y se refirió con dureza a Mainar. «No me extrañó que le detuvieran, quien le conocía sabía que hacía cosas muy raras; una vez estranguló a una vaca y otra arrastró a una res muerta enganchada a su todoterreno».
Grima también tenía defensores, aunque se les escuchaba menos, como Alfredo Navarro, un octogenario, que fue regidor de Fago en la década de los 70 durante siete años. Para él, la víctima fue «el mejor alcalde que ha pasado por Fago». En su opinión, los problemas empezaron «desde que llegaron los del bar y Coloma».
En los últimos meses, el ambiente en Fago se había vuelto irrespirable. Asier Gárate, amigo íntimo de Grima, reveló en la sala de vistas que le había confesado que se sentía amenazado e incluso que temía que «cualquier día iba a terminar en una cuneta». Le insultaban y apedreaban por la calle, e incluso llegaron a amenazar con pegarle y a hacerle un gesto de apretar el gatillo, según desveló el vecino de puerta de Mainar, Sergio López. Ninguno de estos episodios, sin embargo, fue protagonizado por el procesado.
La viuda intentaba convencer a su marido de que no volviera a presentarse a las elecciones, para las que apenas faltaban unos meses, porque le veía angustiado, pero fue tarde. No obstante, la mujer nunca creyó a Santiago Mainar sospechoso hasta que fue detenido, según confesó durante la vista oral. En realidad, al principio, nadie lo creía. «Es la última persona que me podía imaginar», admitía Mónica Barcos, una de sus mejores amigas del pueblo. En Huesca se alimenta la leyenda de que el crimen fue perpetrado por más de una persona, aunque casi tres años después, no se ha encontrado ni una sola pista al respecto.
El guarda tenía fama de hospitalario y de buen corazón. Ahora, se enfrenta a penas de cárcel de entre 21 años, que pide el fiscal, por asesinato y tenencia de armas, y 27, solicitadas por las acusaciones. De momento, ya ha cumplido tres en prisión provisional en el centro penitenciario de Zuera (Zaragoza), muy alejado de los montes del Pirineo que él acostumbraba a patear.
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