E n esta época de crisis donde cada dato es un disgusto aparecen los exhibidores de cine para proclamar que la asistencia a sus salas no sólo aguanta, sino que crece ligeramente. Vitoria llegó a tal inflación de salas, casi sesenta, que el sentido común hubo de intervenir para regular el mercado con el cierre de Lakua. Desde entonces y hasta 2007, la pérdida de espectadores fue moderada pero continua, una especie de icono informático al que cada vez se le agriaba un poquito más la curva descendente de la boca. Pero 2008 cerró con una recuperación de 3.000 cinéfilos y este año el balance dobla la alegría del sector.
Aun con todo, el gerente de Vitoriana de Espectáculos (Guridi y Florida), Javier Etxagibel, sigue convencido de que existe más oferta que demanda. Continúa viendo demasiadas salas en una ciudad de 238.000 habitantes, pero también cabe recordar aquí que el responsable de Vesa pelea infructuosamente con el Ayuntamiento para bajar la persiana de los Guridi y destinar el solar a otros usos. Piensa que si Vesa elimina unas salas, además de obtener rentabilidad empresarial (su deseo), contribuiría a equilibrar el mercado.
El propio Etxagibel esgrime razones económicas para justificar el tímido incremento de espectadores en los dos últimos años, que coinciden con el drama de tantas estrecheces en demasiados hogares. Él y mucha más gente consideran el cine un entretenimiento barato. Según la fórmula aritmética que tan bien manejan las cadenas de hamburguesas, la entrada, las palomitas de rigor y un par de cañas pueden suponer doce euros de una tarde bien ocupada. La verdad es que sólo un libro o la vida contemplativa salen más a cuenta que ir a ver una película.
Uno, que por su oficio de padre, conoce el comienzo de la adolescencia, sabe que las primeras y segundas sesiones en fin de semana reúnen a un montón de chavalería que ha encontrado en el cine su primera válvula para salir con los amigos. Aunque sólo por esto fuera dan ganas de recordar la canción de Aute. 'Cine, cine, cine, cine, más cine por favor'.