L a belleza, especialmente masculina, sazonada por la exhibición de los depilados torsos de los protagonistas, marca la pauta de 'Luna nueva': esperada secuela de una taquillera saga crepuscular, que tiene mucho más de filme romántico que de historia fantástica o de terror. Fotografiada con tino por el camarógrafo donostiarra Javier Aguirresarobe ('Los otros'), la trama da comienzo cuando, tras el 18 cumpleaños de Isabella Bella Swan, su gran amor, el vampiro Edward Cullen, de 17 y 109 años de edad, abandona la lluviosa población de Forks (Washington) con la idea de proteger a su amada de las acechanzas de los hombres lobo. Aquí es donde interviene Jacob, el nuevo amigo íntimo de la muchacha.
Una cita a 'Romeo y Julieta' abre el discurso visual del filme, en el que la realizadora de la primera entrega, Catherine Hardwicke, ha sido sustituida por el más convencional Chris Weitz, encargado de llevar a buen puerto las obsesiones sexuales, las represiones y los peligros del deseo carnal, presentes a lo largo y ancho de la película. Menos melancólica que 'Crepúsculo', dotada de una cierta ligereza, 'Luna nueva' se beneficia de una pléyade de actores y actrices de nuevo cuño, capaces de fascinar a adolescentes de toda condición.
Kristen Stewart da vida a una deliciosa chica de su tiempo, convertida en la digna representante de unas ansias de amor total y sin complejos. Robert Pattinson ofrece el retrato de una juventud descentrada y nuevamente primitiva, con la que se identifica buena parte de los jóvenes actuales.
El tercero en discordia, Taylor Lautner, es de un estilo muy estudiado bajo su aparente mutismo y de notable garra a pesar de su introversión. Son las tres bazas interpretativas que maneja con habilidad Chris Weitz, en un conjunto de exquisita factura y elegantes encadenamientos de imágenes, que tiene además la palpitante belleza juvenil por bandera: una hermosura un tanto artificial, es cierto, pero tengamos en cuenta que toda belleza tiene algo de monstruoso en sus proporciones.