Los lectores de Esther Tusquets (Barcelona, 1936) ya sabían que cuando se pone a escribir sus memorias carece de remilgos. Lo hizo así con sus 'Confesiones de una editora poco mentirosa', y después en 'Habíamos ganado la guerra', en la que no le importaba reconocer que había crecido en una familia franquista; ella, con una conocida trayectoria de oposición al régimen.
Ahora vuelve con las 'Confesiones de una vieja dama indigna' (Bruguera), un libro que ya ha causado cierto revuelo por su manera frontal de decir las cosas y de retratar sin contemplaciones a personas muy conocidas en la edición, como la todopoderosa agente literaria Carmen Balcells. «También digo cosas positivas de ella. Nunca olvidaré los favores que me hizo, entre ellos el contrato para publicar el 'Ulises' de Joyce. Pero también tiene defectos. Es rápida, inteligente, con mucha fuerza, y a veces muy arbitraria y prepotente. Lo mismo te ayuda que te hace una faena».
Ella asegura que no ha recibido quejas. Sólo la de Rosa Regás, a la que describe como lista y ambiciosa. También con una tendencia a publicar títulos en sus empresas editoriales sin tener los derechos para hacerlo, y a la que acusa de quedarse con las ganancias de una obra infantil de Ana María Matute, que debía repartir con la editorial que encumbró Esther Tusquets, Lumen. «No puedo decir otra cosa más que sucedió así».
Un grupo con nivel
Esto es quizá lo más chispeante, pero no lo más interesante. La histórica editora cuenta también su iniciación sexual con el fotógrafo Oriol Maspons y su experiencia con la 'gauche divine' de Barcelona en los años sesenta. «Me alegro de haber sido joven en aquella época. Hay generaciones más brillantes que otras, y en ese momento coincidieron Gil de Biedma, los Goytisolo, Castellet y sobre todo Carlos Barral. No creo que ahora exista un grupo de personas con el mismo nivel».
A Barral, el editor del 'boom' latinoamericano y de Juan Marsé, le llama 'El Magnífíco', 'El Grande, 'El Gran Seductor'. «Es una figura irrepetible. El mejor editor que hemos tenido. Consiguió que el último distribuidor de provincias, que vendía sardinas en lata y también libros, estuviera convencido de que hacía una labor política y cultural, y además no fingía. Era egocéntrico y caprichoso, pero también fantástico».
En 'Confesiones de una vieja dama indigna' se encuentran también retratos llenos de admiración y cariño, aunque con un poso de amargura, como el de Ana María Moix, la directora editorial de Bruguera, con la que acaba de publicar este libro. «A los veinte años parecía que tenía el mundo a sus pies. Era una magnífica escritora. Salvador Clotas y Félix de Azúa se negaron a darle el premio Biblioteca Breve, que organizaba Barral. Lo declararon desierto y a su novela finalista. Quizá eso la humilló. Si lo hubiera ganado, habría seguido escribiendo. Esto es lo que pienso, pero lo he hablado con ella y no está de acuerdo».
Esther Tusquets nunca se ha presentado a un premio. No le ha hecho falta en su carrera de novelista porque siempre ha tenido un colega editor dispuesto a publicar su obra, como Jorge Herralde en Anagrama. «Qué le voy a hacer. Nunca he tenido la necesidad de ir con una carpeta debajo del brazo para vender mi novela. Sé lo que cuesta escribir, me doy cuenta de lo duro que es tener que andar con tu obra por ahí. Hay gente que sacrifica todo por llegar a triunfar como escritor y sabes que nunca llegará a nada. Pero no puede dejar de escribir, porque eso es lo que realmente le gusta».
Además del libro de memorias, Tusquets tiene en las librerías otra obra de reciente publicación, 'Carta a mi madre' (Menoscuarto), volumen con todos sus cuentos, editados y prologados por Fernando Valls.
También su madre sale en estas 'Confesiones'. «Su muerte no me afectó demasiado, por lo menos en el momento en el que se produjo ni en los años siguientes. Ha tenido que pasar mucho tiempo, mucho, para que me descubriese un día echándola en falta, y ahora me pregunto a veces si, después de tanto pelear, no la habré querido siempre». Remilgos, ni uno.