El español es un extraño Gobierno que se caracteriza no tanto por equivocarse en las soluciones que aplica a los problemas con que lidia como por plantearlos inadecuadamente. Y ello se comprueba en las palabras de su presidente ante la liberación del 'Alakrana', cuando afirma que la principal lección aprendida es la necesidad de discreción y unidad en estos casos y la de que el Estado debe volcarse en ayudar a sus ciudadanos cuando están en dificultades. Todo ello es muy cierto, como es obvio, pero el núcleo del problema no es ése: no se trata de socorrer, sino de prevenir.
El problema es el de evitar secuestros, impedir que vuelvan a producirse situaciones tan angustiosas como las vividas estos días, no el solucionarlas lo mejor posible cuando ocurren. Eso está muy bien y es de agradecer, pero un Gobierno debe ser capaz de algo más que de resolver crisis: debe ser capaz de ordenar la actividad social de manera que éstas no se produzcan inevitablemente cada cierto tiempo. En ese sentido, falta en el Gobierno y en las empresas del sector una reflexión acerca de su propia responsabilidad al tolerar e inducir a los buques y sus tripulantes a navegar en una zona peligrosa. No parece que la excusa económica planteada como si fuera una necesidad insuperable («hay que pescar») sea suficiente para justificar una actividad tan arriesgada y que está costando mucho al resto de los ciudadanos, tanto en preocupación y alarma social como en medios económicos. El montañero que se marcha de escalada con mal tiempo y previsión de aludes es responsable de sus actos y no debiera esperar ayuda pública para su rescate. O, por lo menos, debiera intentar disuadírsele de emprender la aventura. En nuestro caso, en cambio, parece que se anima a los montañeros a acercarse al precipicio e, incluso, se les financian las cuerdas y los mosquetones.
Tampoco ayuda al correcto enfoque la oposición de PP y PNV, cegados ambos partidos por su impulso político en atacar la gestión de la crisis en lugar de atender a su génesis. En esta tesitura, ambos se convierten en ardorosos partidarios de la militarización del trabajo, de un nuevo tipo de pesquero atunero que podría llamarse 'tunaclipper-bunker'.
Por otro lado, resulta bochornoso para una sensibilidad social mínima leer en la prensa la descripción de las condiciones en que viven nuestros pescadores bajo protección armada, encerrados en sus camarotes por la noche y confiscados sus móviles y cámaras por unos 'soldados de fortuna' que rigen la actividad laboral a su antojo. Abusos y oprobios tales no pueden justificarse en necesidad económica alguna, y sorprende el silencio gubernamental y sindical al respecto.