La calma y la normalidad fueron los protagonistas del primer día de vacunación contra el virus A H1N1 en los centros de salud del País Vasco. En el ambulatorio del barrio vitoriano de Lakuabizkarra nada hacía sospechar que arrancaba la tan anunciada campaña de protección contra la primera pandemia del siglo XXI. Y es que los antídotos se dispensaron «con cuentagotas. Sólo hemos recibido en torno a unos trece pacientes en todo el día. Esto se debe a que la mayoría de los residentes en este barrio son relativamente jóvenes», explicó María Carmen Fernández, responsable del área de atención al cliente.
Antonio Amador Borja era uno de ellos. Acudió puntual a ponerse la vacuna por padecer insuficiencia cardiopulmonar. «Siempre se tiene un poco de respeto cuando se trata de un virus desconocido, pero yo confío totalmente en lo que me recomienda el médico», comentó. En cualquier caso, este vitoriano de 41 años se muestra convencido de que «no es fácil esquivar el resfriado. Aunque siempre me vacuno, tarde o temprano pillo algún catarro».
A Ana Gómez, de 50 años, también le tocaba presentarse ayer en el ambulatorio de Lakuabizkarra para ponerse la inyección por encontrarse en uno de los grupos de riesgo. «Sufro bronquitis y soy asmática, así que a pesar de mi recelo a las agujas me toca vacunarme», explicó, al tiempo que admitía que «tengo más miedo a esta gripe que a la convencional».
Isabel Gómez, que también entra en los colectivos susceptibles al contagio por ser diabética, aguardaba tranquila en los pasillos para inmunizarse contra el H1N1. «Estoy acostumbrada a ponerme la inyección de la gripe normal, así que esto es puro trámite para mí, y eso que tengo mucho respeto a las agujas», contaba esta empleada del hogar.
«Me fío de mi médico»
En la otra punta de la capital alavesa, en el ambulatorio de Olaguíbel, Guadalupe Rico aguardaba su turno en una concurrida sala de espera. «Sufro insuficiencia cardiorrespiratoria, así que debo ponerme esta inyección», explicaba. Para esta mujer, el exceso de información sobre la epidemia ha contribuido en cierto modo a «confundir a la gente», hasta el extremo de que ella misma reconocía «tener cierta prevención a vacunarme, aunque yo me fío de lo que me recomiende el médico».
En efecto, el consejo del facultativo de referencia es lo que ha llevado a los enfermos crónicos, sobre todo los de edad avanzada, a vacunarse por segunda vez este otoño. Es el caso de Edurne Gordejuela. En el consultorio bilbaíno de Basurto, esta abuela fue de las primeras en acudir a la consulta de enfermería a inyectarse el antídoto contra la nueva gripe. «Soy bronquítica. Durante muchos años tenía que ponerme oxígeno. Ahora no, llevo siete años bastante bien, pero por si acaso me vacuno de todo lo que haga falta». A su lado, su marido, José María Rebollar, también se puso en manos del enfermero Roberto Abad. «Está operado del corazón», detalló la mujer. Junto a la pareja, su médico de familia, Ander Larrazabal, señaló que ha aconsejado a todos sus pacientes crónicos que se vacunen. Y es que las personas con dolencias incurables están más indefensas a la hora de superar una infección como la de la gripe.
Es el caso de Elena Mendia. Con 14 años era la paciente más joven de la fila que aguardaba turno para el pinchazo. «De cría me tuvieron que quitar el bazo, así que mis defensas no están al 100%, con lo que me tengo que vacunar. Siempre lo hago y ahora también», decía totalmente convencida la adolescente.
Su padre, Carlos, le acompañaba. Este médico, estomatólogo en la sanidad privada, también se puso la vacuna «por responsabilidad y reciprocidad. Si no me contagio, yo no contagio a nadie. Además, cuando se es autónomo como yo, no es fácil coger una baja», argumentaba.
¿Y el resto de profesionales de la salud está tan concienciado? Como de todo hay, los responsables de Osakidetza enviaron ayer a médicos y enfermeros decididos a protegerse a los ambulatorios a los que acudieron los medios de comunicación. Así, Ander Larrazabal se vacunó ante las cámaras fotográficas y televisivas. El encargado de poner las inyecciones, Roberto Abad, aseguró haber sido el primer empleado del centro de salud que se ha inmunizado. La doctora Inmaculada Goikoetxea, del ambulatorio Zurbaran, también defendió la conveniencia de inocularse «por responsabilidad con los pacientes».
Tomasa Crespo Calleja entró en la consulta como un torbellino. Nada indica que esta mujer de 65 años, con tanta prisa, tenga una enfermedad crónica. «Soy asmática. Por eso he venido a vacunarme. En septiembre ya me puse la otra vacuna, la de todos los años, así que cojo muy poco la gripe. A ésta (la A) no le tengo ningún miedo. A mí ya no me pilla», dijo, y salió disparada mientras se colocaba la chaqueta. «Es que tengo que hacer la comida».