S i esto es Bilbao y hoy no es domingo la teoría nos indica que la OTA comienza a las nueve de la mañana. La teoría falla, por supuesto, ya saben cómo es la teoría. En realidad, si esto es Bilbao y hoy no es domingo, la mayoría de los vigilantes de la OTA no estará anotando matrículas en la calle hasta veinte o treinta minutos después de las nueve. Ocurre que los vigilantes entran a trabajar a las ocho y media y, entre que se cambian y llegan a sus respectivas zonas, se les hace un poco tarde. Este pequeño desajuste es conocido por los automovilistas y hay quien a esas horas aparca un momento para desayunar en los bares de confianza sin preocuparse de colocar ningún ticket exculpatorio en el salpicadero.
Quizá todo cambie en enero. Hasta el comité de empresa de la OTA ha llegado una propuesta para que los trabajadores entren a trabajar una hora antes, a las siete y media de la mañana. De ese modo tendrían tiempo para todo. Podrían enfundarse el uniforme con el primor y el recogimiento con el que se visten los matadores que debutan en la Maestranza. También podrían hacer ejercicios de calentamiento y evitar que el gesto de recetar un multazo venga acompañado de inoportunas lesiones musculares. Y, por supuesto, podrían desplazarse sin prisas hasta el comienzo de sus rutas, canturreando quizá el himno del glorioso regimiento de inspectores de la OTA: «Sois los linces del asfalto. / ¡Adelante vigilantes! / Ni un retraso sin sanción».
En el Ayuntamiento aseguran que no piensan ampliar el horario de la OTA. Si les creemos -que es lo que siempre hacemos- la medida de obligar a madrugar más a los vigilantes sólo serviría para que el servicio comience realmente a funcionar a las nueve. De momento, a los trabajadores no les agrada la idea, quizá el madrugón les hiciera estar de peor humor y ser más puntillosos y sanguinarios. En teoría no debería ser así, pero ya saben ustedes lo bien que funciona siempre la teoría.