S omos nueve mil millones de personas, más o menos, en el mundo. Es un agobio si lo piensas, una opresión que atenaza. Cuánta gente y cada cual tan solo, es lo primero que nos viene al pensamiento ante esa cifra así de repente tan alucinante. Nueve mil millones de población mundial vienen a ser como nueve Chinas aproximadamente. Este millonario concentrado de vida inteligente sobre el planeta es difícil de digerir por el cerebro en un primer instante; este número astronómico de humanos, cada uno de su padre y de su madre, nueve mil millones de individuos diferentes, puestos así de a montón, juntos y revueltos, la verdad es que impone e induce al susto cosmogónico al que solamente se puede encontrar alivio cuando viajas en avión y contemplas millones de hectáreas de inmenso paisajes sin figuras.
Nueve mil millones, millón arriba o abajo, claro está. Porque se sabe que hay humanos que escapan al recuento y entonces los contadores de hombres habrán de calcularlos a ojo, digo yo, pues existe ese monto sin calcular e incalculable de vivos y muertos sin registro, de habitantes sin habitación y sin nombre, de miles de existencias en perpetuo paradero desconocido de los que no hay forma humana de obtener un cálculo exacto. Algún microcosmos habitado aparece entre la selva aún de cuando en cuando y todavía anteayer teníamos noticia de una tribu que no tiene el gusto de conocernos. Quedan exactamente 32.000 indios yanonami en la frontera de Brasil y Venezuela después de que en la década de los 80 sucumbiera el 20% con la gripe y el paludismo que llevaron los mineros. Ahora alertan de que el N1H1 puede barrer sus últimas huellas en la floresta tropical. Su falta ni la notará el resto, los nueve mil millones de supervivientes.
Un hombre con una cultura del tamaño del mundo, Claude Lévi-Strauss acaba de morir centenario aunque fuera de su siglo, según decía sentirse en sus últimos años. «Aquel mundo al que amé, tenía 1.500 millones de habitantes -dijo-. El mundo actual ya no es el mío».