Paseaba uno por La Galea, entre el molino y el fuerte de Aixerrota, bajo el cielo, junto al mar, quizá comiendo un helado y pensando que el mundo está bien hecho, y nunca podía llegar a pensar que estaba pisando un terreno conflictivo: un ancho trozo de hierba paradisiaca en el que se estaba celebrando el combate de la propiedad. Resulta que esa zona verde no es, como pudiera parecer por el uso que viene haciéndose de ella desde hace años, de titularidad municipal. El terreno tiene dueños. Así lo acaba de dictaminar el Tribunal Supremo, reconociendo los derechos de algunas familias sobre 51.000 metros cuadrados en los que no se puede construir, pero en los que, hasta ahora, sí se podían hacer algunas otras cosas.
Disfrutar del ocio, por ejemplo, ya fuese tomando el sol, trotando en plan deportivo o cocinando paellas disfrazado de hotentote, que es lo que solía hacerse en el lugar llegado el día de Santiago, ya saben, el día de las paellas de Aixerrota, esa especie de feria mundial del arroz y el despiporre. Resulta que a finales de los 90 el Ayuntamiento catalogó los terrenos como zona de esparcimiento y hubo alguien que dijo «Oiga, perdone, pero es que esta parcela es nuestra desde tiempos inmemoriales». El malentendido terminó en los tribunales y ahora el Supremo le ha dicho al Consistorio que los terrenos no son suyos, sino de estos señores de aquí, cuyos antepasados, esa gente previsora, los compraron a mediados del siglo XIX.
La sentencia del Supremo es definitiva. Eso les permite a los propietarios vallar la zona y prohibir el paso a paseantes ociosos, atletas dominicales y paelleros crápulas. La situación sería algo absurda y estropearía una bonita zona de ocio. Lo más lógico sería que el Ayuntamiento y los particulares terratenientes llegasen a algún tipo de acuerdo. Parece que los propietarios están dispuestos a guardar las vallas y a escuchar las propuestas de un Consistorio al que acusan de haberse conducido con muy poca mano izquierda. Las negociaciones entre unos y otros deberían comenzar a darse ahora que hace mal tiempo. La idea es que, cuando regrese el sol, podamos seguir paseando por La Galea comiendo helados y engañándonos a nosotros mismos pensando que el mundo está bien hecho.