Hay que reconocer que la A-8 nos proporciona malos tragos circulatorios, pero también momentos políticos muy entretenidos. En las Juntas Generales, por ejemplo, basta con que se pronuncie la palabra 'peaje' para que comiencen a volar dardos, patadas y estocadas dialécticas. Es en esos momentos de combate parlamentario cuando recordamos para qué necesitamos a los políticos. Efectivamente, para que nos diviertan haciéndose daño mutuamente.
Como recordarán, el Tribunal Supremo anuló hace unos meses la norma foral que regulaba los peajes de la A-8 entre 2003 y 2007. El Alto Tribunal establecía que era bastante ilegal que las tarifas de la autopista se utilizasen para financiar otras infraestructuras. La Diputación recurrió, que es lo que suele hacerse en estos casos. Ahora sabemos que el Supremo ha desestimado ese recurso. Es un serio revés para la foralidad. Uno, además, tirando a definitivo, ya que cierra la puerta a nuevas apelaciones.
Es en este momento cuando algunos lectores habrán dejado el periódico suspendido en el aire y habrán ido corriendo a buscar una carpeta en la que puede leerse «Tickets A-8. Se va enterar José Luis Bilbao». Las devoluciones, eso es. Aunque el Supremo no establece que la Diputación deba abonar lo que ha cobrado irregularmente, hay quien piensa que eso va a ser inevitable. Bastará con que un usuario de la autopista vaya donde un juez con un documento que acredite que ha pagado el peaje entre 2003 y 2007: «Mire usted, Su Excelencia, Mi Señoría Ilustrísima, es que me han cobrado este dinero atendiendo a una norma que ustedes han dicho que no vale». Habrá que ver cuántos conductores están dispuestos a buscar viejos tickets y recibos y a plantarse en un juzgado.
No sería extraño que fuesen bastantes. La A-8 es una autopista cara y proclive a los atascos, las obras, los baches, las curvas y las catástrofes. Eso hace que entre sus usuarios abunden los sentimientos de furia y misantropía. Pueden apostar a que más de uno de esos automovilistas cabreados va a exigir que le devuelvan la pasta. ¿Por un alto sentido de la justicia? No, qué va, por algo mucho más efectivo y motivador: pura sed de venganza.