Causaron sensación. 'Kai', 'Falk' y 'Bogart' fueron la atracción de la noche vitoriana. Hablamos de los perros de la unidad canina de la Policía Municipal de Bilbao. Dos robustos pastores alemanes y uno belga que este fin de semana han vuelto a las calles de la capital alavesa para probar su posible implantación. EL CORREO les acompañó en su ronda nocturna y éste es el informe de los hechos. Hubo para todos los gustos.
El reloj de San Vicente marca las doce de la noche. Una nutrida patrulla -compuesta por cuatro agentes vitorianos, dos bilbaínos y 'Bogart', un pastor belga de 25 kilos de pura fibra- se adentra en Pintorería. Apenas un alma en la calle. Eso sí, toda cuadrilla que se cruza con la comitiva acaba girando la cabeza. «¿Y ese perro, de dónde ha salido?», pregunta un joven. «Mi padre tuvo uno igual, pero no era tan grande», le responde su acompañante.
Puerta por puerta, los efectivos recuerdan a los hosteleros la hora de cierre. Todo cordialidad hasta que toca subir a la 'Cuchi', entre el cantón de Santa Ana y el de San Marcos. Se palpa la tensión. Dentro de un bar piden el carné a varios chicos al sospechar que podrían ser menores de edad. Quienes no alcanzan los dieciocho son invitados a irse. «El Ayuntamiento va a acabar con nuestros negocios si nos obligan a cerrar tan pronto», se queja un trabajador de la zona.
Una vez fuera, un grupo ofendido por la maniobra sigue a los policías al ritmo del 'Sarri, sarri' de Kortatu. Los agentes se detienen en seco. Por si acaso, en formación. Nervios a flor de piel y más de uno traga saliva. Afortunadamente, la calma vuelve cuando tuercen hacia la catedral de Santa María. La siguiente meta volante les lleva a la 'Zapa'. Allí, dentro de un pequeño local, sorprenden a un chico liándose un porro. Expediente administrativo al canto y el chaval, muerto de la vergüenza.
En un establecimiento cercano, uno de los agentes cree ver a tres chicos haciéndose también unos 'porrillos', así que todos a la calle y cacheo correspondiente. Un chico empieza a hacer aspavientos. Inquieto, señala al perro. Y 'Bogart', un angelito hasta ese momento, comienza a ladrar. Sus colmillos impresionan. El efecto es inmediato, ni una palabra más del sospechoso. «Relax, relax», le ordena su guía.
Hacia la 1.30 horas, la unidad de élite de la Policía local toma el relevo. Junto a tres efectivos vitorianos, dos bilbaínos acompañados por 'Kai' y 'Falk'. Imponentes ambos. Pastores alemanes de 38 y 45 kilos. Antes de enfilar hacia la ladera oeste, 'pillan' a una cuadrilla haciendo botellón en Escoriaza-Esquíbel. Les informan de la prohibición y los chicos, civilizados, hacen mutis.
Apretón de manos
En la entrada a Barrancal topan con otro muchacho que quema una piedra de hachís. Le registran a conciencia, nueva multa y el denunciado, les despide por sorpresa con un apretón de manos. «Si vas con educación, el 90% de la gente responde igual», comparte el jefe del grupo. ¿Dónde está el límite? Dos secuencias seguidas dan la clave. Un par de chavalas se acercan sonrientes a los policías. «Tengo un perro igual. ¿Cómo le adiestráis?», requiere. A continuación, un veinteañero con varias copas de más les espeta: «¡Poned un bozal al perro!». «Un bozal a más de uno habría que poner», le replica tajante el guarda de Bilbao. Al chico se lo llevan sus amigos para evitar que estropee la noche.
Pasan las dos de la madrugada y toca lo más difícil, las calles más atestadas. En Cuchillería, ni un bar abierto. Así que el convoy policial desciende por el cantón de San Francisco Javier, donde descubren un posible trapicheo. Incautan una pequeña cantidad de droga a un varón. Parece 'speed'. Otro expediente administrativo abierto y rumbo a San Prudencio. La unidad canina ha pasado la prueba. Con nota.