H oy vamos a hablar de los serenos, pero conviene antes hacer una puntualización, porque a finales del siglo XIX se daba también el nombre de sereno a los policías municipales que hacían el servicio nocturno y a los que, en las crudas noches de invierno, el municipio invitaba afectuosamente a café y copa. Pero los serenos, tal como nosotros los hemos conocido, eran unos vigilantes que se encargaban de abrir las puertas de la calle a los trasnochadores, para lo cual poseían las llaves de todos los portales correspondientes a su distrito. Los trasnochadores sin llave les llamaban dando palmadas y el sereno al oírlas contestaba con un sonoro ¡Vaaa...!. Otros los llamaban por su nombre profesional y el hombre respondía de la misma forma con otro sonoro ¡Vaaa...! Y a cambio de su servicio podía incluso recibir alguna propina.
Todo esto, más o menos, lo conocen bien los lectores y lectoras veteranos y quizá lo sepan de oídas los lectores menos veteranos. Lo que quizá todos no recuerden es que el sereno también añadía a sus paseos nocturnos la obligación de dar la hora y el estado del tiempo. «¡Las doce en punto y sereno!». Y si llovía o estaba nublado sustituían la voz de 'sereno' por la de 'nublado' o 'lloviendo'.
Lo que pocos sabrán es el origen de este cuerpo de vigilancia nocturna y el de su nombre. Lo conté en mi libro 'Bilbao cómo has cambiao', pero creo que merece la pena resumirlo aquí de nuevo. Nació la cosa en Valencia al suprimirse el cuerpo de coheteros y para dar una forma de vida a tanta gente sin trabajo, se les propuso rondar las calles desde las 11 de la noche hasta las cinco de la mañana gritando la hora y el tiempo que hacía, si era de aire, de lluvia o serenos. Y como en Valencia el grito mas frecuente era el de «¡Las (aquí la hora) en punto y sereno!» el vecindario les dio el nombre popular de serenos. El autor del artículo, don Antonio Pérez, añadía al final de su explicación, este curioso parrafito: «Si en vez de tener su origen en Valencia lo hubiesen tenido en Bilbao, los serenos se hubieran quedado para siempre con el nombre de nublados.
Yo llegué a conocer el último cuerpo de serenos bilbaínos que funcionaba casi en plan particular, vigilando de noche con su uniforme y su chuzo, y cobrando después piso por piso, el durito que les dábamos cada vecino.