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«Aquella frase, 'el reactor se va', me ha marcado la vida»

XAVIER LLAMBRICH. BOMBERO

«Aquella frase, 'el reactor se va', me ha marcado la vida»

19.10.09 -
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«Aquella frase, 'el reactor se va', me ha marcado la vida», reconoce Xavier Llambrich, uno de los bomberos que se lanzaron a apagar aquel incendio. Él estaba en su casa, acababa de cenar y tomaba café. Ni siquiera estaba de guardia, pero recibió una llamada. Tenía 24 años, dos ya de experiencia. «Cuando llegamos a la central, vimos que era un fuego de industria, fuera de la zona radiactiva, en otro edificio, y empezamos a actuar. Nos era difícil llegar porque era una zona subterránea. Llevábamos como una hora tratando de sofocar aquello hasta que apareció un hombre y dijo: '¡Dejad eso e id a controlar el agua! ¡el reactor se nos va!'. Y entonces todo cambió».
Hacía sólo tres años escasos que Chernóbil había soltado su venenosa carga, «y todos lo teníamos muy presente. Sabíamos bien cómo habían acabado allí nuestros compañeros. Así que cuando oí aquella frase, me puse blanco y fui con los demás a sacar los millones de litros de agua salada que estaban entrando en el recinto del reactor, estropeando sistemas de seguridad y refrigeración». Metieron mangueras, bombas de mano, camiones bomba... «y no metimos cubos porque no teníamos». «Como los sistemas de refrigeración se habían estropeado, la temperatura debía de ser altísima, lo sabíamos por la presión, de las válvulas salía vapor como de un avión a reacción. Había tanto ruido que no nos oíamos más que a gritos».
«Personalmente, yo pensaba que ya no salía de allí. ¿Que cómo se lleva eso? Simplemente te pones a trabajar, no hablas. No era como en otros incendios, donde somos capaces de charlar entre nosotros mientras estamos trabajando porque estamos acostumbrados, y aunque sepamos que puede pasarte cualquier cosa. Pero era distinto, nadie hablaba. Y yo no tenía mujer ni hijos, imagina otros. Pensábamos en lo que pasaría en Cataluña, en medio Aragón y Valencia si aquello saltaba por los aires».
Y las aguas bajaron
Al fin, el nivel del agua empezó a descender y les informaron de que se habían podido recuperar algunos sistemas. La temperatura estaba bajando. «Sólo entonces respiramos». Al cabo de unos años, Llambrich regresó a la central y caminó por aquellos pasadizos de donde achicó litros y litros de agua salada: «Me di cuenta de que habíamos estado justo debajo del reactor».
No recuerda cuántos hombres estuvieron allá, manos a la obra. Vandellós 1 no tenía division de bomberos propia, así que acudieron la media docena de Vandellós 2 y un buen número del cuerpo de la Generalitat, entre ellos Llambrich. «Pero recuerdo cuando llegaron los relevos, a las siete de la mañana. Estaba saliendo el sol y en la calle, junto a la central, había 30, 40 bomberos exhaustos, tirados en el cemento, agotados no por el trabajo físico, sino por la presión mental. Fue la noche más larga de mi vida, y he tenido unas cuantas. Aquellos letreros luminosos que se encendían intermitentemente diciendo 'evacuación, evacuación', mientras nosotros nos internábamos en aquel pasadizo...».
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