El 23 de enero de 1975, diez ulemas (doctores de la ley islámica) fueron ejecutados en Somalia por el general Siyad Barre tras haberse rebelado contra una reforma del código de familia que concedía más derechos a las mujeres. Pese a gobernar con mano de hierro, el dictador militar nunca llegó a imponerse sobre la estructura de clanes y fue derrocado en 1991, después de haberse aliado alternativamente con los soviéticos y los norteamericanos. La región quedó sumida en un caos que nadie ha controlado desde entonces y en el que se mezclan los señores de la guerra, los islamistas y los piratas que secuestran mercantes y atuneros.
En Somalia coexisten la mentalidad feudal -una niña de 13 años fue lapidada el año pasado en Kismayo- y la alta tecnología -los salteadores de barcos se comunican vía satélite y leen las noticias de los secuestros en la prensa digital-. Según la CIA, el país tenía 98.000 conexiones de Internet en 2007 y unos 600.000 teléfonos móviles. El dinero de los rescates se ha llegado a introducir en boyas que flotan en el Índico con aparatos de localización electrónica. Luego se blanquea a través de operaciones urbanísticas en Kenia.
Ibn Battuta, el célebre viajero de Tánger, escribió en el siglo XIV sobre Mogadiscio, la capital somalí: «Ciudad extremadamente grande. La gente de allí tiene gran cantidad de camellos, que degüellan por cientos todos los días; tiene también numerosas ovejas y son poderosos comerciantes». Mogadiscio exportaba carne de cordero y perfumes incluso a las islas Maldivas. Su influencia se extendía por todo el 'mar de los negros', que era la expresión utilizada por los geógrafos árabes para referirse al Índico.
Siete siglos después, las organizaciones humanitarias intentan que la ayuda internacional llegue a las mujeres somalíes y no a los hombres, que se dedican a la guerra. La piratería moviliza entre 1.000 y 1.500 individuos armados desde el Golfo de Adén hasta Kenia. Muchos de ellos son antiguos pescadores y marinos de la desintegrada guardia costera, lo que explica que los secuestradores del atunero 'Alakrana' se autodenominen 'guardacostas' o 'marines'.
El control de las aguas de Somalia se lo reparten esa facción, que secuestró el 'Playa de Bakio' en 2008, y tres bandas más. Los 'marines' están establecidos en la costa central, en los puertos de Harardhere y Eyl. Los 'voluntarios nacionales' tienen su feudo en el sur, mientras que los grupos de Marka operan ligeramente más al norte que estos últimos, en la región del mismo nombre. Por último, los piratas tradicionales tienen sus guaridas en el extremo del Cuerno de África.
De todos esos grupos, los 'marines' son los más organizados. Aseguran proteger los caladeros locales, aunque atacan a sus víctimas fuera de las aguas territoriales. Extraen su retórica de informes que alertan sobre el deterioro de los recursos marinos de la región y sobre los vertidos de residuos, incluidos posiblemente los nucleares. La Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que unos 700 barcos extranjeros faenan en Somalia de modo furtivo, aprovechando la ausencia de un poder administrativo. La Comisión Europea admitió en 2007 que la mitad de la pesca de ese país es ilegal.
«Sobreexplotación»
Según Fernando Fernández Fadón, profesor de la Escuela Naval Militar de Marín, «la sobreexplotación» del mar ha sido «uno de los factores que ha dado vida y retroalimentado la piratería» en la zona. Los señores de la guerra conceden 'licencias de pesca' en sus dominios y ordenan a sus milicias que los vigilen. Paralelamente, el débil Gobierno Transitorio apoyado por la UE ha concedido permisos de prospección petrolífera a las compañías Amoco, Conoco, Chevron Agip y Philips. Se cree que, bajo los 30.000 mercantes que surcan cada año el Golfo de Adén, fluye un mar de petróleo entre Yemen y Somalia.
En cualquier caso, la mayoría de las riquezas naturales la controlan los señores de la guerra. Fernández Fadón menciona la peripecia del pesquero 'Alpha Serengueti', que zarpó de Mombasa (Kenia) a finales de 2004. A los tripulantes les informaron en alta mar de que se adentrarían en una zona de guerra y que harían escala en el puerto somalí de Ma'an. Allí les instalaron un cañón antiaéreo de la Segunda Guerra Mundial antes de salir a pescar. Durante la marea, un mercante les aprovisionó y les dio escolta, aunque ellos mismos dispararon contra dos pesqueros que habían invadido su caladero.
Los expertos calculan que los piratas disponen de unas sesenta embarcaciones en total. La facción de los 'marines' utiliza a veces un buque nodriza para atacar a más de 400 millas de la costa. Los rescates pagados por los armadores sumaron entre 16 y 32 millones de euros sólo en 2008, un cálculo que algunos expertos consideran bajo y que, en todo caso, aumentará.
Los bandidos están compinchados con las autoridades locales y participan también en el comercio ilegal de armas, que se cuadruplicó en Somalia durante 2007. Igualmente, tienen intereses en el contrabando y en el tráfico de seres humanos del Golfo de Adén, que se nutre de los flujos de refugiados de la región. Esta última actividad ha sido moneda corriente en el Índico: hace dos siglos, los piratas del estrecho de Ormuz, a la entrada del Golfo Pérsico, vivían del tráfico de esclavos y atacaban barcos llenos de peregrinos musulmanes que se dirigían a La Meca.
En el siglo XXI, las bandas de salteadores están tan engrasadas como las mafias europeas y trabajan conectadas con despachos de Mombasa y Nairobi, en Kenia; de Dubai, en los Emiratos Árabes, y de Londres, capital del tráfico marítimo internacional y de las aseguradoras. Los piratas reciben chivatazos sobre la ruta de los barcos y se enteran por la prensa de los buques de guerra, aviones y helicópteros que la 'operación Atalanta' envía contra ellos, lo que les permite adaptar sus estrategias de abordaje.
Los secuestros suelen seguir patrones concretos. El 10 de abril de 2005, el petrolero 'Feisty Gas' fue apresado frente a Somalia y conducido a la costa. La empresa propietaria, con sede en Hong Kong, envió un representante a Mombasa el 18 de abril. El emisario mantuvo tres entrevistas en la ciudad africana para concretar la suma a pagar y la forma de entregarla. Según el Grupo de Supervisión para Somalia (GSS) de las Naciones Unidas, el rescate ascendió a 315.000 dólares, que se repartieron en dos pagos de 150.000 dólares cada uno -efectuados los días 20 y 22 de abril- y en un tercer plazo de 15.000 dólares -el 25 del mismo mes-.
Los secuestradores destinaron una parte del botín a comprar armas, y el resto se dividió entre el señor de la guerra y sus hombres, posiblemente tras dejar una comisión para los intermediarios.
j.munoz@diario-elcorreo.com