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Encarcelada la nueva cúpula de Batasuna

Tras de cornudo, apaleado

Un final de ETA como el que pretende la izquierda abertzale constituiría una afrenta a las víctimas y un insulto a todos los demócratas

18.10.09 -
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Nadie podrá negarle al PNV el don de la ubicuidad. Tan pronto aparece en Madrid dando apoyo a los Presupuestos de Zapatero como acude a San Sebastián para manifestarse, junto con todos los miembros del nonato «polo soberanista», contra los supuestos desmanes del Estado. La ubicuidad no es sólo geográfica. También es, y sobre todo, ideológica. Porque, en este caso, Madrid y San Sebastián no son los nombres de dos ciudades distantes en el espacio, sino que representan los símbolos de dos modos incompatibles de estar en la política: el de la responsabilidad y el de la irresponsabilidad. Tan incompatibles entre sí que muchos militantes del PNV, después de haber aplaudido el acuerdo presupuestario de Madrid, se habrán preguntado con asombro qué demontre pinta un partido como el suyo en una manifestación como la de San Sebastián. Vayamos por partes y por grados.
Primero. Debió de sorprender ya a la militancia del PNV el insólito hecho de que su partido se sumara a la manifestación de Donostia antes incluso de conocer el auto judicial contra el que aquella se convocaba. No es ésta, en efecto, la conducta más esperable de un partido como el suyo. Asunto tan delicado habría requerido de cualquier partido responsable que se hubiera leído primero los argumentos del auto y hubiera decidido, tras su lectura, si se trataba de una «nueva garzonada» o había, por el contrario, en ellos suficientes razones de peso para proceder al encarcelamiento de los imputados.
Segundo. Sabía muy bien el PNV de tiempo atrás, y los documentos incluidos en el auto de Garzón se lo han venido a confirmar, que su presencia no era bienvenida en el conglomerado de organizaciones que ayer iba a manifestarse en San Sebastián. A diferencia de lo que ocurrió en 1998 con la Declaración de Lizarra, en esta ocasión no se contaba para nada con el partido jeltzale. Todo lo contrario. Quienes estaban en el meollo de la nueva estrategia -desde ETA hasta el más pequeño de los partidos y organizaciones invitados- tenían ya tomada la firme decisión, no sólo de marginar al PNV de la organización que se proponían crear, sino de crearla precisamente en su contra y como su alternativa. Al partido jeltzale no se le esperaba, por tanto, ayer en Donostia. Hasta el punto de que, cuando esto se escribe, no puede aún descartarse el riesgo de que su presencia sea recibida en la manifestación, más que con aplausos, con una sonora pitada. Tras de cornudo, pues, apaleado.
Tercero y más grave. Ha argumentado el PNV, por boca de su portavoz en el Parlamento, que la detención de los representantes de la izquierda abertzale supone un obstáculo en el proceso de pacificación. Por lo visto, estaban esos representantes a punto de parir una propuesta de «hondo calado», que habría abierto las puertas a la definitiva superación de la violencia en nuestro país. El Estado, que prefiere, al parecer, la guerra a la paz, habría hecho abortar, mediante la iniciativa de un juez, todo el proceso.
Si el PNV, en vez de proceder con tanta precipitación, hubiera leído el auto del juez Garzón, se habría dado cuenta de que la tan esperanzadora propuesta no era, en el fondo, sino la repetición de todas las que la organización terrorista y la izquierda abertzale han hecho en el pasado y que han acabado indefectiblemente en fracaso. Y, si, además de leer el auto, lo hubiera hecho con el adecuado detenimiento, se habría percatado de que el fracaso que todas estas propuestas han cosechado no se debe a cuestiones de procedimiento, sino que viene predeterminado por su propia formulación del todo inapropiada.
Yo también soy de los que creen, como el PNV, que Otegi y compañía desean pasar la pagina de ETA y hacer política por su cuenta. El problema consiste en cómo quieren lograrlo. Tal y como se desprende del auto de Garzón, la izquierda abertzale pretende que ETA termine, como dirían los italianos, 'in ribalta', es decir, aclamada y aplaudida por el público. Y esto, que podría haber 'colado', mal que bien, en otros tiempos, resulta inaceptable en los presentes. Las razones son muchas y pesadas. Unas de orden fáctico. Otras de carácter más doctrinal. Yo me limitaré a dar una de estas últimas, quizá la de más peso.
Si ETA acabara como la izquierda abertzale quiere que acabe, en este país se instauraría un relato del pasado que constituiría una afrenta a las víctimas y un insulto a todos los demócratas. Se estaría procediendo a la legitimación a posteriori de toda la historia de terror de ETA y a la consiguiente humillación de cuantos han creído en el sistema democrático.
Quizá hasta el PNV haya intuido que algo de todo esto estaba en juego en la manifestación de ayer. ¿A qué viene, si no, que el presidente de su ejecutiva, Iñigo Urkullu, enviara a los suyos a un acto al que él mismo se avergonzaba de acudir? En este mínimo resquicio de vergüenza queda depositada la esperanza de que el PNV vuelva a la senda de la responsabilidad.
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