El juez les ha dado la razón. De momento, los chavales no podrán jugar más al baloncesto junto a las ventanas de sus casas porque su derecho al descanso «debe prevalecer». A pesar de que el horario de juego termina a las 10 de la noche y de que la Policía Municipal se encarga de hacerlo cumplir, los vecinos aseguran que «hay días que hay gente jugando a las 12 de la noche o incluso a las 2 de la madrugada los fines de semana». Ayer, una portavoz de la comunidad de propietarios, que prefirió no identificarse, aseguró a este periódico que los vecinos de Gran Vía 60, «no estamos en contra de que se haga deporte, pero hay muchos sitios en el parque donde pueden poner las canastas sin molestar a nadie».
El Ayuntamiento no contempla el traslado de las instalaciones y asegura que su retirada es sólo temporal, ya que piensan recurrir la decisión del juez. «Ya han hecho muchos recursos, ¡que sigan! -replican desde el vecindario-, pero lo que deberían hacer es buscar una manera de conciliar los intereses de todos». Es precisamente lo que pretende el departamento que dirige Jon Sustatxa, que ayer afirmó que buscarán una solución «que no perjudique a los vecinos».
Disparidad de opiniones
La Casa Lezama Leguizamón es uno de los edificios más imponentes del Ensanche bilbaíno. La planta baja, la que sufre más directamente el impacto acústico del baloncesto, está ocupada por las oficinas de un banco. Algunos de sus trabajadores ayer ni siquiera sabían de qué iba el tema de las canastas. De hecho, no todos los vecinos tienen los mismos problemas con el ruido. Un residente del primer piso, cuyas ventanas dan directamente a la zona de juegos, se desmarcaba ayer de la postura de sus convecinos. «A mí las canastas no me molestan especialmente, está claro que el bote del balón hace algo de ruido -reconocía-, pero nada comparable al que viene de la Gran Vía, donde soportamos el tráfico, las fiestas y las manifestaciones».