Hace un año, los residentes del centro Reina de la Paz de Ibarrekolanda se rebelaban contra el cierre del que era su hogar. Decían sentirse maltratados al tener que mudarse bajo unas condiciones dudosas y desconfiaban de la calidad de vida que les aguardaba en sus nuevos destinos, en teoría, transitorios. Parece que, por desgracia, el tiempo les ha dado la razón. Por una parte, ven pasar los meses sin que el proyecto avance, o lo que es lo mismo, ven cada vez más lejano el día en que puedan volver a la casa que eligieron. Por otra parte, protestan porque, según dicen, nada tiene que ver su nueva vida con la de antes y citan por ejemplo, un empeoramiento de la atención médica, falta generalizada de personal en las residencias que se traduce en un «deficiente» servicio, un «nulo» seguimiento de su situación por parte de la BBK y la cuestión que más ampollas levanta en casi todos los centros residenciales: la calidad de la comida que a diario deben echarse a la boca.
No son críticas puntuales. Las expresan residentes de casi todos los centros que absorbieron el desalojo del Reina de la Paz. Y algunos mayores dan fe en primera persona de que el problema es similar en las distintas residencias privadas, ya que la caja les dio la opción de cambiar de destino si su nuevo hogar no les agradaba y muchos han pasado hasta por tres residencias en estos meses sin lograr mejorar su situación. Aún más, hay quien ha buscado acomodo en casa de algún familiar a la vista de las circunstancias. Pese a la buena relación que la mayoría ha entablado con sus nuevos cuidadores, consideran «vergonzoso» el modo en que viven, pero a la vez, temen que éste empeore si llevan públicamente la voz cantante de la protesta, así que aceptan contar su día a día con la condición de no identificarse.
La primera cuestión que les subleva es la comida. «Llevo nueve meses detrás del cocinero y no sé cómo no les da vergüenza poner en la mesa lo que ponen», lamenta una residente que ha pasado por dos centros después de salir del Reina de la Paz. «La fruta está para tirarla a la basura; los purés, precocinados de fábrica, todo química, y todos los días igual», asegura. No es una crítica de corrillo. Han hecho quejas formales, «pero nos dicen que toman nota de todo y no sirve de nada. Llegamos a hacer una protesta, incluso vino gente de la Diputación, pero quedó en papel mojado», recuerda otro usuario, que ha pedido ya tres traslados de residencia en apenas un año. «Ni los perros comen así. Compran lo peor del mercado», censura.
Algunos han decidido no privarse de comer fruta a gusto y van ellos mismos al mercado. «Si dependiera de lo que nos dan ellos... Yo me traigo mis cosas y las tengo en la habitación», confiesa. «Eso lo hacemos todos», replica otro residente. Desde la plataforma Ohianka pro-residentes Reina de la Paz les defienden. «De los pocos placeres que les quedan a estas personas es poder comer a gusto, cosas sencillas, pero de calidad. Si les quitan eso también...».
En ningún caso dirigen sus quejas hacia el personal de las residencias. «Son gente amabilísima», alaban. «El problema es que no dan abasto. Hay muy poco personal para ofrecer un buen servicio». Y uno de los puntos más conflictivos fuera del comedor es la consulta médica. «Para cogerme un volante estuve un día y medio. No quiero ni pensar si llego a ir a consulta», afirma con sorna una de las usuarias. Claro que enseguida aparece alguien que sí intentó que le viera un médico. «Me mandaron sentar y esperar. Estuve toda la mañana, terminaron atendiéndome por la tarde y eso es una falta de respeto», critican. «Nosotros no estamos aquí de caridad. Pagamos y somos unos clientes a los que tratar con respeto en todos los sentidos», remata un compañero.
No tratan de crear alarma sobre la atención médica urgente. «Nadie se va a morir porque no esté el médico o porque haya cola. Enseguida te llevarían a un hospital», comentan. Claro que, también recuerdan casos en que los sistemas de alarma y comunicación no han funcionado del todo bien «y uno de aquí al lado se paso horas en el suelo hasta que alguien se dio cuenta de que estaba dada la alarma y fueron a atenderle».
Más que recordar, añoran sus días en el Reina de la Paz. «Volvería de rodillas», dicen. «Iría hasta corriendo y eso que no puedo. La BBK no escatimaba en comida ni en nada, pero esto son empresas privadas y cualquier persona a la que contraten tienen que pagarle y no les saldrá tan rentable como quieren». Las últimas noticias sobre el nuevo proyecto de residencia en Ibarrekolanda les tienen algo revueltos. «No hago ni caso a las noticias porque ya no tengo ninguna esperanza», confiesa una de las mujeres realojadas. Otros mantienen los ánimos. «Yo espero que esto se reactive en serio, porque lo que nos han hecho es una canallada. Con la prisa que tenían para que nos fuéramos... Mayor desprecio no nos han podido hacer. No hay derecho a tratar así a la gente».
Lo cierto es que estos diez meses fuera de casa, en los que no han visto moverse ni una piedra de su antigua residencia, les han reafirmado en las protestas de entonces, cuando se negaban a ser trasladados. «Querían que aquello quedara libre rápidamente, pero al cabo de un año no han hecho nada. ¿Por qué nos despacharon?», preguntan. «Se nos va a hacer de noche antes de poder volver y aquel edificio y sus servicios eran espléndidos, pensados para la gente mayor. No ha habido ni habrá un lugar como ése».
Conocen casos de compañeros que han optado por alojarse en casa de algún familiar, descontentos por su nueva situación, pero la mayoría no tiene esa posibilidad o la descarta por razones personales. «No tengo ni familia, ni piso. Lo vendí para entrar en la residencia», recuerda una usuaria. Otros tienen claro que no quieren recurrir a los hijos. «No quiero ir donde ninguno. Quiero tener mi libertad a estas alturas de la película y, al menos en mi habitación, ser dueña y señora».