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Sociedad

Juegos Olímpicos de 2016

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Conocida como 'la ciudad maravillosa' por sus bellas playas y la alegría de vivir que transmiten sus habitantes, Río de Janeiro, la inmensa urbe brasileña elegida para albergar los Juegos Olímpicos de 2016, recibió el testigo con una explosión de júbilo. Pero más allá del entusiasmo que generó la victoria sobre rivales poderosas como Madrid, Chicago o Tokio, los cariocas tienen temores. Frustrados por el pobre legado de los Juegos Panamericanos de 2007, se debaten entre la esperanza y el miedo a una nueva desilusión.
Con más de seis millones de habitantes en el casco urbano y otros 12 millones hacinados en los suburbios, Río de Janeiro es una de las más populosas ciudades de América latina y será la primera sede sudamericana de la fiesta olímpica. Para muchos cariocas se concreta así un sueño largamente acariciado. Desde los años 30 hubo media docena de intentos infructuosos para que Río, que fue la capital del país hasta 1960, fuera la anfitriona. Finalmente lo ha consiguido, pero no porque la ciudad haya superado sus graves carencias estructurales, sino por razones políticas y estratégicas que los vecinos aún no alcanzan a entender.
En Río, un tercio de la población vive en alguno de los 800 asentamientos chabolistas conocidos como favelas, sin cloacas ni agua potable, que miran a las playas desde los 'morros' (cerros). Si bien en los últimos años, de la mano del presidente Luiz Inacio Lula da Silva, se han puesto en marcha planes de creación de nueva infraestructura y viviendas en esos barrios, los programas van lentos y las mejoras apenas se perciben.
Narcos y milicias
Pero no es allí donde radica el 'talón de Aquiles' de la ciudad elegida. El problema más sensible, que genera mayor inquietud, es que en muchos de esos barrios prolifera el narcotráfico y su réplica, las 'milicias' parapoliciales, surgidas presuntamente para repeler a los traficantes de drogas. Estas bandas, integradas por policías y ex policías, se erigieron con el tiempo -y la tolerancia política- en un ejército paralelo que cobra por brindar protección y controla el negocio del suministro de electricidad, el transporte y la televisión por cable.
Ahora, entre los narcotraficantes y las milicias ya casi no hay diferencia. Y en ese escenario de peligrosas rivalidades, la Policía militar, que intenta controlar el caos, opera con una violencia desmedida. En 2008, 1.330 personas murieron en las favelas por «oponer resistencia» a la autoridad policial. En agosto de este año, la organización Río de Paz montó un inmenso cartel en el barrio de Copacabana con cifras sobre la inseguridad en Río. En los últimos dos años y medio se produjeron en la ciudad 18.137 muertes violentas, reza el aviso que leen los turistas con una mezcla de espanto e incredulidad.
«Como todo el mundo sabe, Brasil tiene muchos problemas, y yo creo que serán maquillados durante los Juegos», opina Cecilia, una artesana de 56 años que se declara «totalmente desesperanzada» ante las posibilidades de redención de los dirigentes que consiguieron el triunfo para la postulación sudamericana. «No creo en ellos. Los políticos son más bandidos que los bandidos», asegura.
Para esta mujer, que critica la algarabía de quienes celebraron la victoria, los Panamericanos de 2007 mostraron un anticipo de lo que puede ocurrir en las futuras olimpiadas: poco o nada. «Al principio todos estamos felices como en el Carnaval, pero luego todo vuelve a la normalidad y las instalaciones quedan abandonadas», sintetiza. Según opina Cecilia, los Juegos no harán el milagro de traer a la ciudad más viviendas ni escuelas ni hospitales, destinos a los que ella enviaría los millonarios fondos que se van a invertir en el evento. «Sólo ganarán el presidente, los gobernadores, los prefectos y las empresas. Pero el pueblo continuará en la misma miseria, la misma ignorancia, sin salud, sin educación... sin nada», dice con acritud.
A ritmo de samba
Río de Janeiro, designada este año por la revista 'Forbes' como «la ciudad más feliz del planeta» en una mezcla de realidad y estereotipo, es uno de los principales destinos turísticos del mundo. De los seis millones de turistas que recibe cada año Brasil, la mayoría visita el Pan de Azúcar y el Cristo Redentor que abre sus brazos a todos desde el cerro Corcovado. La cita se hace masiva en su famoso carnaval, cuando el espectador se maravilla con el desfile de cuerpos esculturales que exhiben las escuelas de samba como colofón a todo un año de preparación. Y a fin de año, en las Fiestas de Reveliao, las playas de Copacabana reciben a dos millones de visitantes para dar la bienvenida al Año Nuevo y asistir al espectáculo único de música, baile y fuegos de artificio sobre el mar.
Sin embargo, la alegría no es completa. Los vecinos saben bien que toda fiesta tiene su día después, cuando hay que contar ganancias y pérdidas, limpiar la casa y barrer los cristales rotos. Esa mezcla de sentimientos expresa la concejal opositora Andrea Gouvea Vieira, del Partido Socialdemócrata. «Para mí, la elección de Río como sede fue a la vez una alegría y una preocupación, porque no tuvimos una buena experiencia con los Juegos Panamericanos en 2007. La ciudad no recibió ningún legado de esa experiencia. Las promesas del comité olímpico no se concretaron, las obras no se hicieron, y ahora los responsables son los mismos», alerta.
De todos modos, Gouvea cree que se puede hacer de esta designación una nueva oportunidad para el desarrollo, pero para eso se requiere, dice, de un mayor control de la gestión política. «Estamos intentando crear un movimiento de organizaciones no gubernamentales, artistas y empresas que puedan hacer oír su voz, para que la sociedad civil exija transparencia en el manejo del presupuesto público, que es muy grande», advierte.
Según datos oficiales, se prevé que entre el Gobierno federal, el estadual y la alcaldía de Río invertirán unos 15.000 millones de dólares en revalorizar los grandes atractivos turísticos de la ciudad y en construir carreteras, puentes, puertos, aeropuertos e instalaciones deportivas. Pero además, se estima que los Juegos podrían atraer otros 50.000 millones de dólares.
Desde el punto de vista del empleo, las previsiones más conservadoras hablan de la creación de 15.000 nuevos puestos y otros 50.000 temporales. Pero la consultora privada Abeceb calcula que estos Juegos podrían generar 120.000 empleos por año entre 2010 y 2016. O sea, unos 720.000 en total.
Corredores de seguridad
En cuanto a la violencia y la delincuencia, no se resolverán mágicamente para ese evento, pero pocos creen que vaya a constituir un problema durante los Juegos. El alcalde, Eduardo Paes, pretende diseñar «corredores de seguridad» durante la cita, como en los países desarrollados se generan zonas preservadas de posibles atentados durante las cumbres internacionales.
La concejal Gouvea tampoco piensa que la violencia amenace el evento. «Los cariocas estamos muy acostumbrados a las grandes fiestas. Tenemos el Carnaval, tenemos Reveliao... Ahí hasta los bandidos están felices, así que los extranjeros que vengan a los Juegos pueden estar tranquilos. El problema es para nosotros el día a día, porque la violencia es algo crónico aquí».
Por eso, Gouvea sostiene que los Juegos deben ser una excusa para apuntalar el desarrollo urbano con inclusión social. Allí radicará, para muchos cariocas, el éxito o el fracaso de la apuesta. «Los Panamericanos mostraron que tenemos la capacidad operativa para organizar un evento de esta magnitud, pero hay que aprender de la experiencia. La gente vio que esos Juegos no dejaron nada a la ciudad», manifiesta. Aquel reto puso de manifiesto también las dificultades de las autoridades para manejar un presupuesto ingente y terminar a tiempo algunas de las principales obras.
Según un informe realizado por el semanario 'Veja', no todas las ciudades que alojan estos ansiados juegos cosechan beneficios duraderos. Mucho depende de cómo se orientan las inversiones. Si los preparativos para los juegos son un atajo para un verdadero desarrollo urbano, como fue el caso de Barcelona en 1992, entonces las Olimpiadas serán un éxito para Brasil, más allá de la cantidad de medallas que consigan sus atletas. En cambio, si los gastos de infraestructura se concentran exclusivamente en el escenario de las competiciones, como ocurrió en Atenas 2004, poco más que deudas quedarán para los anfitriones. Un saldo aún más doloroso cuando se trata de un país en desarrollo con tantas necesidades como es el gigante sudamericano.
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