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Sociedad

GENERAL

Hace dos siglos, EE UU combatió a los berberiscos norteafricanos que exigían tributos para no atacar sus barcos, antecesores de los piratas somalíes que secuestran atuneros
11.10.09 -

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Los marines norteamericanos reciben un sable mameluco cuando se gradúan como oficiales. Y al entonar el himno del cuerpo, exclaman: «¡Desde las mansiones de Moctezuma hasta las costas de Trípoli...!» El verso procede de los combates que Estados Unidos libró al despuntar el siglo XIX contra los piratas berberiscos del norte de África, que hostigaban el comercio en el Mediterráneo, igual que los bandidos somalíes armados con lanzagranadas capturan ahora pesqueros en el Índico. En 1800, el Congreso de Washington tuvo que entregar a los beys (jefes) de las ciudades-estado de Argel, Túnez y Trípoli el equivalente al 20% de los ingresos externos de la república para que sus mercantes pudieran cruzar el Estrecho de Gibraltar sin ser capturados. Cuando los congresistas se cansaron de pagar derechos de paso, cambiaron de táctica y gastaron el dinero en una flota de guerra que obligó a los gobernantes musulmanes a respetar sus mercantes.
Las guerras berberiscas (1801-1815) desencadenaron en la sociedad norteamericana un debate público parecido al que han originado en España los apresamientos de los atuneros vascos 'Playa de Bakio' y 'Alakrana'. En 1801, cuando apenas habían transcurrido dieciocho años de la independencia, los estadounidenses se debatían entre dos opciones: apaciguar a los piratas con dinero y armas para que cesaran los abordajes en el Mediterráneo o doblegarlos por la fuerza. La segunda alternativa se impuso a medida que la ex colonia británica se dio cuenta de que no inspiraba ningún respeto en el Norte de África. Los beys, nominalmente dependientes del Imperio otomano, rivalizaban entre sí para imponer los tributos más elevados a los mercantes de bandera americana.
Una 'rebaja' frustrada
No obstante, el Congreso exploró primero la vía diplomática para resolver el problema. En 1784 envió a Londres a los futuros presidentes Thomas Jefferson y John Adams para negociar una 'rebaja' con el embajador de Trípoli. «Fue escrito en el Corán -respondió este último- que todas las naciones que no reconocieran al Profeta eran pecadoras, por lo tanto era el deber y el derecho de los fieles esclavizarlas; y cada musulmán que muriera en la guerra iría con seguridad al paraíso». Jefferson aconsejó no plegarse a los gobernantes norteafricanos, que durante siglos habían vivido del tráfico de esclavos y de los rescates por cautivos cristianos; sin embargo, EE UU carecía de una fuerza naval, así que acabó pagando sumas exorbitantes entre 1785 y 1800.
Aquella estrategia irritaba al cónsul americano en Túnez, William Eaton. «¿Es creíble -se preguntó en 1798- que esa bestia coronada (el bey de Argel) tenga por tributarios a siete reyes de Europa, dos repúblicas y un continente, cuando su entera fuerza naval es inferior a dos escuadras de buques en línea?». La indignación de la opinión pública forzó al Congreso a crear una flota de guerra que zarpó hacia el Mediterráneo en 1801, cuando Jefferson llegó a la presidencia. Al enterarse de la noticia, Argel exigió una fragata a los norteamericanos, mientras que Túnez reclamó diez mil fusiles. Marruecos también planteó sus exigencias y el pachá de Trípoli, Yusuf Quaramanli, ordenó derribar la bandera estadounidense que ondeaba en el consulado de la ciudad.
La flota que se enfrentó a los berberiscos fue el embrión de la actual US Army. Las fragatas 'Constitution', 'Philadelphia' y 'Vixen' patrullaron el Norte de África antes de bloquear el puerto de Trípoli en 1803. La operación marcó la irrupción de EEUU en la escena internacional, pero fue un estrepitoso fracaso: el 'Philadelphia' encalló en la rada tripolitana y una nube de lanchas enemigas se lanzó sobre el barco y lo capturó. Los 308 tripulantes fueron despojados de sus bienes y hechos prisioneros, sin que el cañoneo estadounidense sobre Trípoli diera frutos en días posteriores. La situación era parecida a la de los marines que fueron acorralados por guerrilleros somalíes en Mogadiscio, en 1993, tras el derribo de varios helicópteros 'Black Hawk'.
La humillación del 'Philadelphia', que fue reflotado por los berberiscos y permaneció fondeado en el puerto, fue vengada en agosto de 1804 por un grupo de 60 hombres a las órdenes del teniente Stephen Decatur. Apiñados en el velero 'Intrepid', una noche se acercaron a la fragata capturada, eliminaron a los piratas que la gobernaban y a continuación la incendiaron. «El aspecto del barco era verdaderamente magnífico», escribió un oficial que participó en aquella arriesgada acción. «Las llamas de su interior iluminaban las portañolas, y trepando sus mástiles y velamen formaban columnas de fuego que, al toparse con las cofas, se reflejaban en hermosos capiteles».
Meses después, el cónsul William Eaton contrató a medio millar de mercenarios árabes y griegos en Alejandría para atacar por tierra los dominios del pachá Quaramanli. Dirigidos por ocho oficiales norteamericanos, los soldados de fortuna cruzaron 800 kilómetros de desierto en 45 días y conquistaron la fortaleza de Derna en febrero de 1805. Fue la primera batalla terrestre protagonizada por Estados Unidos fuera de sus fronteras y sirvió para que Quaramanli se aviniera a negociar. Los berberiscos dejaron de abordar barcos americanos, aunque volvieron a molestarlos en 1812, aprovechando que Estados Unidos se vio envuelto en una nueva guerra con los británicos. Sin embargo, una flota de diez barcos dirigida por Stephen Decatur golpeó otra vez a los piratas en 1815, con la colaboración de una escuadra angloholandesa que bombardeó Argel.
La mala suerte
La caída de ese puerto le costó la vida a su gobernante musulmán, que fue estrangulado por sus súbditos porque temían que la derrota trajera mala suerte. Su sucesor ya no pudo servirse de la piratería para suministrar mujeres a su harén, de modo que secuestró jóvenes cristianas. En un documento que se le atribuye se puede leer: «La hija de mister McDonnell (cónsul británico en Argel), joven y hermosa, para mi harén; la hija del cónsul español, que es fea, para servir a la favorita; haré cortar la cabeza al cónsul inglés y también al español, y si se atreven a protestar, todos los cónsules serán muertos».
El protagonismo de las guerras berberiscas, que han sido idealizadas por los historiadores, se lo llevó Stephen Decatur, cuyo arrojo en la destrucción del 'Philadelphia' fue destacado por el almirante Nelson. El héroe de Trípoli murió en un duelo en 1820, tras haber agotado su turno de fuego disparando al cielo. Dicen que su fantasma todavía asoma al otro lado de una ventana, con el rostro envuelto en un halo de tristeza. El presidente Ronald Reagan rescató la leyenda en 1986, cuando ordenó que aviones norteamericanos bombardearan la residencia del dictador libio Gadafi para vengar un ataque terrorista. «¡Por la patria, con razón o sin ella!», brindó Decatur en 1815, después de que su país hubiera derrotado de nuevo al Reino Unido y doblegado a los piratas. Los berberiscos recibieron la puntilla en 1820, cuando una expedición francesa de 37.000 soldados invadió Argel y puso fin a siglos de piratería y tráfico de esclavos.
Durante siglos, 'con razón o sin ella', las monarquías europeas coexistieron con los berberiscos porque era demasiado caro derrotarlos. Sin embargo, la negativa de la república americana a que la extorsionaran -a fin de cuentas se había rebelado contra el impuesto británico del té- liberó el Mediterráneo de bandidos como no se recordaba desde el Imperio romano y abrió las puertas a un nuevo imperialismo: el capitalismo colonial. Ahora, la reaparición de los piratas en el Índico anuncia tiempos nuevos.


j.munoz@diario-elcorreo.com
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