Proyectos, peleas entre políticos, informes y comisiones parlamentarias a cuenta del museo Guggenheim han ocupado en el País Vasco el espacio del arte en los últimos meses sin que los propios interesados, los artistas, críticos, comisarios, o los mismos aficionados, hayan tenido la oportunidad de opinar al respecto. La sombra del dirigismo cultural y de la búsqueda de la rentabilidad política por parte de quienes gobiernan las instituciones se extiende entre las personas del mundo del arte encuestadas por EL CORREO, una situación agravada en España por la escasa presencia de los coleccionistas.
El origen de las marejadas reside para Elena Vozmediano, presidenta del Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), en que los responsables de las instituciones no saben delegar. «Si confiaran en los profesionales y permitieran que el sector del arte participe en el debate sobre los proyectos y en su funcionamiento, la situación sería muy distinta», argumenta esta crítica e historiadora, que preside esta asociación de personas relacionadas con el arte, «independientes del poder y más allá de los intereses gremiales particulares».
Para Petra Pérez, directora de la galería Vanguardia de Bilbao, «el clima de confusión y las discrepancias entre los políticos influyen mucho en el público, por lo general poco o muy mediáticamente informado». En sintonía con la galerista vasca, Kim Bradley, corresponsal en España de 'Art in America', la revista de arte más influyente en Estados Unidos, añade que «los largos y agrios debates partidistas no nos benefician. El deber de los políticos es ponerse de acuerdo e introducir los mecanismos necesarios para la buena gestión financiera. En caso contrario, se genera desconfianza hacia los centros culturales y, por extensión, hacia el arte que exponen».
Buenas prácticas
A cada uno, su parcela, piensa Txomin Badiola, artista vasco con una sólida carrera internacional. «La misión del político es dar soluciones, la de los artistas plantear preguntas, unos pretenden afianzar el mundo y otros quieren darle la vuelta, unos se deben a la norma y otros a la transgresión. Por lo tanto, tan inherente es a la función del político cierto dirigismo como a la del artista la de rebelarse ante ello».
No obstante, añade Badiola, los problemas graves comienzan cuando los políticos se erigen en jueces artísticos. El creador tiene en mente la retirada de una pieza de Khuruts Begoña de la exposición Ertibil de 2008, en la Sala Rekalde de Bilbao, por supuestas concomitancias con el terrorismo. «Pienso que esta tendencia paranoide hacia signos y símbolos puede llegar a afectar a la libertad de expresión, y esto es algo imprescindible para la creación artística».
El artista cita también como un exceso de intervencionismo institucional el reciente cambio en la dirección de la galería bilbaína. «Se han pasado por cierto sitio las prácticas aceptadas como buenas por la mayoría de los agentes del arte. Yo creo que estas decisiones responden menos a una intención propiamente dirigista y más a coyunturas internas de las instituciones. También a la ignorancia, al miedo... Si unimos todo ello parece que el arte es la última de sus preocupaciones».
Para el crítico Peio Aguirre «es el momento para hacer ver que las reglas de juego han cambiado y que la gestión de la cultura ya no se ciñe ni a la política del partido, ni al amiguismo ni al dirigismo al que nos han acostumbrado. La época de la opacidad es el pasado».
Divorcio
Aguirre opina que el arte está hoy «secuestrado» por la economía y la política. «Es el caso del supuesto Guggenheim Urdaibai. El arte es sólo el instrumento, no el fin. La cultura es un medio para producir unas cuestionables estadísticas económicas. Como siempre, aquí se empieza a levantar la casa por el tejado y luego se va improvisando el resto de la estructura, el contenido, el programa y demás». Todo ello produce en su opinión un «divorcio entre el público y el proyecto».
Más que la polémica provocada por la financiación del Guggenheim 2, Vozmediano critica su dimensión del proyecto. «Manejar alegremente semejantes cifras mientras un gran número de museos y centros de arte en toda España (también en País Vasco) atraviesan dificultades económicas gravísimas pone de manifiesto que las motivaciones de los dirigentes no son aquí las de la promoción de la cultura. Como siempre, lo que más importa es inaugurar el edificio».
La experta, al igual que Badiola, cita el Documento de Buenas Prácticas en Museos y Centros de Arte, que exige que éstos se fundamenten en un proyecto artístico elaborado, se doten de autonomía administrativa y de un patronato con presencia de expertos en arte, y que elijan a su director mediante concurso abierto. «Es el público el que debe exigirlo», añade Vozmediano.
A juicio del artista José Ibarrola, la presencia de la política en el arte se nota en la imposición de criterios. «Lo que más vale ahora es lo económicamente rentable, lo políticamente correcto y el mimetismo cultural». La imposición se ejerce con fuerza, porque según Ibarrola la auténtica reina del arte es «una gigantesca red de museos, salas y ferias auspiciada y financiada con dinero público, y por lo tanto controlada por estamentos políticos».
Ibarrola reparte culpas y señala también a una «sociedad acrítica y pasiva, que acepta el aspecto más mercantil del arte y se deja llevar fácilmente por el esplendor del espectáculo. La visión de los políticos no es más que el reflejo de la visión de la propia sociedad». Para los representantes institucionales, los artistas son «como un obstáculo, como un lastre, salvo que estén muertos o muy lejos o sean muy jóvenes».
Como resultado de todo ello, apunta Petra Pérez, lo más castigado del panorama artístico del País Vasco es «la independencia, la autonomía de criterios y la coherencia. Pero desde hace décadas».
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