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Vizcaya

10.10.09 -

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N o fue una huelga improvisada sino un «paro de solidaridad». Es uno de los signos de nuestra época: alguien agita las palabras frente a nuestras narices como si fuesen sonajeros. El jueves moría un maquinista en un accidente de tren en Lezama y ayer los sindicatos reaccionaron con el paro solidario. «Algo había que hacer». Se lo dijo un trabajador de Euskotren a la prensa mientras se manifestaba frente a la estación de Atxuri. «Es una muestra de duelo», aclaró el hombre. Mientras tanto, medio país veía cómo no circulaban trenes, autobuses y tranvías. Era el paro repentizado: un novedoso subgénero en la lucha sindical.
Los trenes no salieron y miles de ciudadanos tuvieron serios problemas para cumplir con sus obligaciones y rutinas. El Gobierno vasco y la Diputación anunciaron que pedirían responsabilidades a los trabajadores por organizar una huelga sin previo aviso. Mikel Arana, coordinador general de EB, acusó al Gobierno vasco de no comprender la reacción sindical ante «una situación no prevista». Una situación no prevista es un accidente, sólo que en idiolecto. Flotan en el ambiente poderosas cargas de cliché y tautología. Que alguien diga algo sensato delante de un micrófono comienza a ser un acontecimiento francamente extraordinario.
Todavía no sabemos qué ocurrió en Lezama. Ignoramos si todo fue una desgracia o si hubo alguna clase de fallo de seguridad. Cuando una investigación minuciosa aclare lo sucedido, tal vez llegue el momento de exigir responsabilidades y organizar medidas de presión. En el mejor de los casos ayer se improvisó una huelga de carácter sentimental. Los sentimientos son un material barato e incontestable. Quienes recurren a ellos en el espacio público no suelen ser gente de fiar. Quizá alguno de los ciudadanos que se quedó tirado en un andén recordó una vieja película de Howard Hawks en la que un grupo de pilotos reaccionaba ante la muerte de un compañero como durante siglos lo han hecho la mayoría de los trabajadores: apretando los dientes y siguiendo adelante. Eran otros tiempos, claro, cuando aún nos tomábamos el mundo en serio y no nos habíamos vuelto todos, de pronto, adolescentes.
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