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Cultura

HÉLÈNE GRIMAUD. PIANISTA

La artista francesa se estrena con la OSE bajo la batuta de su principal director invitado, Andrey Boreyko, con el que ya ha colaborado, y su autor fetiche, Rachmaninov

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«Lo más importante es la química»
VITAL. La intérprete afincada en Estados Unidos demostró en el ensayo con la OSE que es absolutamente comunicativa dentro y fuera del escenario. / ARIZMENDI
La de Hélène Grimaud (Aix-en-Provence, 1969) no es una carrera meteórica, sino excepcional. Con sólo 16 años era premiada por su primer disco, con obras de Rachmaninov. Dos años después triunfaba en Cannes, también lo hacía en el exigente festival la Roque d'Anthéron, debutaba en Tokio y conquistaba a Barenboim. A partir de ahí, llegaron sus contactos con Bashkirov o Argerich, sus colaboraciones con las mejores orquestas y directores -Abbado, Masur, Temirkanov- y una larga lista de éxitos en los mejores escenarios del mundo. Tras su paso por San Sebastián y Vitoria, esta tarde recalará en el Euskalduna de Bilbao para compatir con la Sinfónica de Euskadi su pasión por Rachmaninov y el Concierto nº 2 para piano y orquesta.
-Actúa por primera vez en San Sebastián con un compositor fundamental en su carrera, Rachmaninov. ¿Qué tiene para usted de especial?
-Siempre ha sido uno de mis preferidos. Es un aristócrata en el buen sentido de la palabra, es decir, tiene nobleza de corazón y espíritu, es tremendamente generoso y, sobre todo, tuvo el valor de ser él mismo en el momento histórico en el que vivió, lleno de cambios.
-Esta vez interpreta una obra para piano y orquesta, pero también ha prestado atención al Rachmaninov solista. ¿Cuál prefiere?
-No podría elegir. Me encanta el material sinfónico de Rachmaninov, aunque no es nada fácil de interpretar. El otro día lo hablaba con Vladimir Ashkenazy y comentábamos que este Concierto nº 2 es especialmente difícil, aunque muchas veces se piense que el tercero lo es más. El nº 2 requiere de un equilibrio y transparencia mayor entre la pesada textura orquestal y el piano. Otro de sus retos es que Rachmaninov escribe muy bien las melodías y, a veces, eso puede provocar que te recrees demasiado en su belleza y pierdas de vista la arquitectura global de la obra. Creo que es una composición con una potente claridad clásica y hay que centrarse en ella para que salga bien.
-Interpreta esta obra a las órdenes de Andrey Boreyko. ¿Había trabajado antes con él?
-Sí, la primera vez en 2005. He tocado con él con diferentes orquestas: la Filarmónica de Munich, la de Nueva York y la Sinfónica de Chicago. Es un director increíble: honesto, sincero y de mucha integridad. Y aunque parezca un tópico, es un maestro que ama la música de una manera muy especial y eso es algo que me encanta.
-¿Su relación profesional con él es la razón de que ahora actúe con la Sinfónica de Euskadi?
-Es una de las principales razones, pero no la única. Yo no conocía a la orquesta, pero había oído muchas cosas buenas de ella y cuando supe que además venía Boreyko ya no me lo pensé.
-Ha tocado con las orquestas más legendarias del mundo y con agrupaciones de jóvenes como la Gustav Mahler Jugendorchester. ¿Qué le aportan unas y otras?
-Es muy difícil escoger a un tipo u otro de orquesta. Las que han realizado una carrera larga parecen haber nacido haciendo música y eso es fantástico, pero las de jóvenes tocan con una habilidad natural y como si les fuera la vida en ello, con un gran compromiso, energía, entusiasmo y vitalidad. Sin embargo, lo mejor es el conjunto de las experiencias que vives con todas ellas. Y también influye el director. Lo más importante a la hora de hacer música es la química. Si ésta no existe, la música no llega a volar.
-Supongo que opinará lo mismo de los directores. Usted ha trabajado con históricos como Claudio Abbado y esta temporada, por ejemplo, hará una gira con el joven Daniel Harding.
-Sí, claro. A veces puedes tener mucho 'feeling' con un director para una obra concreta y luego resulta que cambias el repertorio y es totalmente distinto. Las variables son muchas. No se trata de ver cuál es mejor o peor, todo es muy subjetivo y depende del contexto. Con el público ocurre lo mismo. Das un concierto, hablas con dos personas que lo han escuchado y parece que han estado en lugares diferentes.
EL cerebro, un enemigo
-A final de año actuará en China y Corea. ¿Cree que se encontrará un público distinto?
-Yo creo que no se puede generalizar en nada, porque siempre encontraremos una excepción que rompa nuestra regla. Es verdad que el público cambia, pero lo que más diferencia un concierto de otro es el auditorio. Para mí, el mejor público es el que escucha la música en una sala de buena acústica que le permite recibir la música completamente, que ésta le atraviese y le abrace. Estoy convencida de que la percepción depende más de la sala que del público.
-Su carrera demuestra un talento precoz. Con 16 años grabó su primer disco. ¿No le parece ahora muy arriesgado hacerlo con esa edad?
-Cuando eres tan joven no piensas en esas cosas. De hecho, el peor enemigo de los humanos es el cerebro, porque contradice a la intuición. Yo en aquel momento no pensé en la responsabilidad de hacerlo, o en que esa grabación iba a quedar ahí durante años. Ahora, 25 años después, no creo que hiciera bien o mal, porque nunca es demasiado pronto para hacer nada si se dan las circunstancias, y si yo lo hice, sería por algo y no me arrepiento.
-¿Cómo ve la situación actual de la música por la crisis? ¿Es más dura en las discográficas?
-Llevamos años oyendo que la música clásica está en declive y ahí sigue. Son momentos difíciles para las discográficas, pero no para los conciertos. Creo que el pánico ante la disminución de público no es real y veo a muchos jóvenes en mis conciertos. Lo que sí es cierto es que quizá los chicos de hoy descubrirán la música clásica más tarde, en otra etapa de su vida. Por eso hay que incidir en la educación musical desde niños.
-Ha escrito dos libros, 'Variaciones salvajes' y 'Lecciones particulares', y ha creado el Wolf Conservation Center para proteger a los lobos.
-Mi relación con los lobos es una necesidad de volver al contacto con la naturaleza que tanto necesitamos los artistas, a ese sentimiento básico y primitivo que forma parte del ser humano, pero del que actualmente estamos separados. El barroco o el romanticismo alemán se basaban en la naturaleza. En cuanto a lo de escribir, hay muchos músicos que lo hacen.
-¿Le da tiempo a todo?
-Puedes dedicarte toda tu vida a la música clásica y, aun así, no tendrás tiempo de conocer todo, sobre todo en el piano, con un repertorio muy amplio. Cuando creé el Centro de Conservación para los Lobos, me di cuenta de que me iba a robar tiempo y energía para la música. Me planteé si prefería eso o tocar más obras y vi más necesario combinar las dos cosas.
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