Sólo unas 2.000 personas habría el sábado en el pabellón Buesa Arena vitoriano y el oficiante, el caudaloso rockero argentino Andrés Calamaro, ante la escualidez del aforo se introdujo irónico: «Uh, uh, uh... Vitoria, muy buenas noches, muchas gracias por venir. Si sé que venía a un lugar tan grande, habríamos traído a Coldplay de teloneros».
Aunque arrancó con la consustancial irregularidad escénica que aqueja a su personaje de leyenda, Calamaro medró a lo largo de una actuación trufada de codas y homenajes insertados en sus propias composiciones (fusilamientos de Dire Straits, Scorpions, Sinatra...), peticiones de libertad del cineasta Polanski, una dedicatoria del concierto integro «a la más grande artista argentina», la fallecida Mercedes Sosa, pelotilleo al personal que le jaleaba 'oé-oé-Andrés', e incomodidad intestina del protagonista agravada por un parón debido a un apagón eléctrico sobre el tablado, una pega que le llevó a no conceder bis ante el pasmo del personal. «No me lo puedo creer», lamentaban las muchas veinteañeras. «Que nos devuelvan la choja», exigió uno de los muchos tíos desaliñados.
No había lugar para tal reclamación pecuniaria, pues Calamaro se tiró 109 minutos en los que desovó 26 canciones, ahí es nada. La primera mitad ruló más fluctuante, y la segunda, atacada tras la interrupción, cursó más eléctrica, lanzada y resolutiva, quizá impelida por la rabia que le avergonzaba al artista: «Os pido perdón. Sois un público elegante, intenso, caliente y exquisito», halagó en el introito de las dos piezas tangueras acompañadas al piano por Tito Dávila, par que no satisfizo a un respetable que logró colar al local botellas de ron de contrabando: «La ha metido la chica en la mochila», se chivó la churri.
En esa hora y 49 minutos a Calamaro le dio tiempo a hacer casi de todo: a entrar trajeado liderando a un septeto también enlutado (la primera línea del escenario la defendían cinco mástiles: cuatro guitarras y un bajo), a asustarnos por el mal sonido y la desgana al abrir con una mate versión del 'Jumping Jack Flash' de los Rolling Stones, a descolgarse a la sexta canción su guitarra Telecaster con el logotipo de toro de Osborne, a desvestirse de la chaqueta y a arrodillarse en la séptima como Cohen, a saludar en la novena quitándose un ratito las gafas, a picar en su prehistoria en Los Abuelos de La Nada (el reggae 'Mil horas'), a salpicarnos con gotas de Los Rodríguez ('Mi enfermedad', 'La mirada del adiós' con él a la pandereta, o el mejor tema de la velada: el rocanrol rodado y trabalenguas 'Palabras más, palabras menos'), a recalar en el tango por el ecuador y a crecerse heroico en el epílogo.
Todo un festín
En efecto, la primera parte evolucionó desigual, con palmas en 'El salmón', argentinidad a lo Fito Páez en 'Carnaval en Brasil', fiesta pseudofolk en 'Brindo', deje flotante vía Sabina en 'Media Verónica' o tétrico soul dylaniano en 'El día de la mujer mundial'. Tras la tara técnica, el orgullo sobrevino con el rocanrol escuela Morís 'Una forma de vida' y, luego del paréntesis tanguero, se enderezó la cita con el subidón de adrenalina y de coraje suministrados por piezas como 'Jugando al límite' (tipo Loquillo), la marcial y vitalista 'Los chicos' (la del estribillo 'al infierno un poco'), la balada 'Crímenes perfectos' (la de la frase 'me parece que soy de la quinta que vio el Mundial 78'), la ruda 'Alta suciedad', la penúltima que fue la mentada y cenital 'Palabras más, palabras menos', y para despedirse a traición, 'Flaca'. Ya ven qué festín, y qué segundo plato... Como para pedir la hoja de reclamaciones, ¿verdad?