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Sus vecinos de Galdakao no han vuelto a verle por el barrio desde hace casi un año, pero su familia sigue allí
04.10.09 -

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Usansolo es un barrio de Galdakao situado a varios kilómetros del centro de la localidad. Tiene 5.000 habitantes y muchos de ellos sueñan desde hace años con tener Ayuntamiento propio, con «la independencia». Se sienten «marginados» y no quieren depender de nadie, por eso funcionan como si ya fueran un pueblo. La mayoría se siente orgullosa de formar parte de esta «gran familia» a la que Roberto Cearsolo también ha pertenecido durante diez años.
Ya no. El que fuera director financiero del Guggenheim abandonó el barrio hace aproximadamente un año, poco después de que reconociera haber cometido el desfalco. «Se dice que está por Guipúzcoa», comentaban el pasado miércoles algunos vecinos en un corrillo. Ese día habían desayunado con la noticia de que Cearsolo aceptaba una pena de tres años y medio de cárcel por los delitos que él mismo admite haber cometido.
Como ocurre con todo, después del 'boom' mediático que supuso la noticia del desfalco, la gente ya casi se había olvidado de su vecino. Más que nada porque no le ven desde entonces, desde hace más de diez meses. «Parece que se lo haya tragado la tierra», aseguran en un bar del barrio. De él no saben nada pero al resto de su familia la siguen tratando con normalidad. «Él ya no está aquí, pero a sus chavales -tiene dos hijos, chico y chica- se les ve a menudo haciendo vida normal. Ellos no tienen la culpa de nada». Efectivamente, los hijos de Cearsolo siguen residiendo en el hogar familiar con su madre, según confirmó otro vecino. «Es una señora sonriente, educada... Lleva una vida muy discreta, pero no se esconde ni falta que hace».
«Muy suyo»
A las puertas del domicilio de los Cearsolo sigue el pequeño utilitario en el que se sigue desplazando ella. Del flamante Audi que se le vio conducir alguna vez a su marido «no hay ni rastro». Ese coche de gama alta era una de las pocas ostentaciones que los vecinos de Usansolo recordaban del que fuera director financiero del museo bilbaíno, un hombre «introvertido, muy suyo», le describen. Realmente, la mayoría del vecindario sabía muy poco de él hasta que su nombre apareció en los grandes titulares de la prensa y en la televisión. Los que le trataron algo sólo aciertan a recordar que «tenía una pequeña cuadrilla, que salía a potear muy de vez en cuando» y que también «era frecuente verle en el frontón», rememoraba un tabernero.
«No es Al Capone»
El resto son consideraciones acerca de cómo se le retrata en los medios. «Me parece que no hay derecho a cómo se le está tratando, no es Al Capone y ya está devolviendo el dinero, la pena de cárcel es desmesurada», lamentaba un vecino «muy cercano». Otros opinan precisamente lo contrario. Le recuerdan como un hombre «altivo y bastante chulo» que «ha intentado pegar un 'pelotazo' robando dinero público». «Eso no se puede permitir, que vaya a la cárcel, que cumpla su pena y, después, que siga con su vida». En lo único en que todos están de acuerdo es en que sólo él debe pagar, no el resto de su familia: «Dejémosles vivir ajenos a este 'marrón'».
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