Han pasado los años -casi cuarenta- pero sus ojos no engañan. Es la misma mirada perturbadora, a ratos angelical, a ratos siniestra de Alex DeLarge, el desalmado protagonista de 'La naranja mecánica' (Stanley Kubrick, 1971). Malcolm McDowell tiene ahora 66 años, el pelo cano y el rostro surcado de arrugas, aunque sigue conservando una seductora fotogenia. Posa con deleite para la fotógrafa en el jardín del hotel Melià, en Sitges. Entre flashes se siente como pez en el agua. «Siempre he sido muy presumido -musita risueño- por eso probablemente me metí a actor». Genio y figura.
Ha venido a España para recoger el premio honorífico del Festival de Cine Fantástico de Sitges (1-12 octubre), un galardón a toda una carrera por la que han transitado más de cien películas. Algunas de ellas brillantes -'If...' de Lindsay Anderson (1969), o 'Cadenas del Deseo' de Temístocles López (1992)- y otras muchas olvidables, de dudosa calidad -'Calígula' (1979), 'Can of worms' (1999), o más recientemente los remakes de 'Halloween' (2007 y 2009)-. Aunque su nombre quedará para siempre grabado en letras de oro en la historia del cine por su magistral interpretación de Alex DeLarge.
'La naranja mecánica' vuelve este otoño a la pantalla grande en una versión digitalmente remasterizada, con motivo de la conmemoración de los diez años de la muerte de su legendario director, algo que McDowell considera «extraordinario». «Nunca habríamos pensado cuando rodábamos la película que volvería a las salas cuatro décadas más tarde». Tras toda una vida perseguido por la alargada sombra de Alex DeLarge, McDowell se encuentra ahora «en paz» con el personaje. «Al principio me molestaba muchísimo que siempre me preguntaran por lo mismo, cuando yo estaba haciendo otras películas, pero con el paso del tiempo lo he apreciado mucho más. Fue un privilegio trabajar en una obra maestra del cine.
-¿Era consciente entonces de la repercusión que tendría su interpretación de un joven violento y despiadado con el que el espectador llega a simpatizar?
-Mientras rodaba sentía que tenía entre manos algo muy especial pero no sabía bien qué era, no podía analizarlo porque estaba metido en el rodaje sin mucho tiempo para pensar. Cuando todo acabó pude hacerme una idea del gran significado que tendría para mi vida. Seguramente nací para hacer esta película y encarnar a Alex De Large. Estoy profundamente ligado a este personaje como lo está, por ejemplo, Laurence Olivier a Ricardo III.
-¿Fue duro trabajar con Kubrick?
-Durante el rodaje la compenetración fue brutal. Yo adoraba a Stanley, y eso se nota en la película. Puse toda la carne en el asador, fue una experiencia muy intensa, trabajamos juntos catorce horas al día durante casi once meses. Luego la relación se enfrió, él se distanció. Era un tipo de persona al que no le interesaban demasiado las relaciones humanas.
-¿Por qué 'La naranja mecánica' sigue resultando tan rabiosamente vigente?
-Seguramente porque trata un tema universal: la libertad. La película defiende por encima de todo el derecho del ser humano para escoger entre la bondad y la maldad, entre lo moral y lo inmoral. Si niegas esa libertad, el ser humano deja de serlo y se convierte en un autómata. En este caso Alex escoge ser una persona inmoral.
-¿Es esta defensa de la libertad siempre la mejor opción?
-Sí, estoy convencido de ello. Tenemos la obligación de defender la libertad con nuestras vidas. Pero también es un concepto con el que hay que ir con cuidado, sobre todo cuando lo usan los políticos para justificar determinadas decisiones. Este tipo de discursos políticos son una basura.
-¿Ha sido usted un hombre libre?
-Creo que sí, aunque siempre en la medida que uno puede serlo. Porque la libertad también implica compromiso con tus elecciones. Recientemente he vuelto a tener hijos, fruto de mi tercer matrimonio. Me tienen muy ocupado, me absorben mucho tiempo que no puedo dedicar a otras cosas que desearía, pero merece la pena. Para mí ha sido como volver a nacer, los niños son fantásticos.
McDowell vive con su mujer, Kelly, y sus tres hijos pequeños (de edades comprendidas entre uno y cinco años) en una gran casa con plantaciones frutales en California, un lugar que adora, sobre todo porque tiene un «clima fantástico», no como el «deprimente» tiempo británico, que aborrece. El actor nació en Inglaterra en 1943, en un pequeña población del condado de York. Su madre y su tía regentaban un hostal. Su padre era alcohólico. Eran tiempos difíciles. Empezó a hacer sus pinitos como actor siendo todavía niño, en el colegio, en pequeñas representaciones teatrales. «En aquella primera actuación sobre un texto de Shakespeare sentí el calor de la audiencia, la magia de los focos, y supe que ése era mi hogar».
A los veinte años trabajaba como representante comercial para una marca de café. Pero la vida le brindó una oportunidad cuando consiguió que la empresa lo trasladara a Londres. En la capital británica estudió teatro y dio el gran salto a la fama con su interpretación del rebelde Mick Travis, en 'If...' del director británico Lindsay Anderson. Este papel le llevaría luego a Stanley Kubrick. Tras el boom de 'La naranja mecánica', con 28 años era un joven prometedor con una brillante carrera por delante. Pero le costó despojarse del estereotipo creado en torno a la figura de Alex DeLarge y las cosas no salieron siempre como estaban planeadas.
Tuvo algunos fracasos estrepitosos -como su participación en la controvertida 'Calígula' (Tinto Brass, 1979), un recreación de las aventuras eróticas del emperador romano producida por Bob Guccione, editor de Penthouse- que dañaron su imagen. A principios de los ochenta contrajo matrimonio con la actriz estadounidense Mary Steenburger, a quien conoció en el rodaje de la película 'Los pasajeros del tiempo' (1979) y decidió instalarse en Los Ángeles porque «quería ser padre y ver crecer a mis hijos».
Empezar de cero
No le fue fácil abrirse camino en Hollywood. «Significó empezar de cero, porque tras venir de Inglaterra, donde era muy conocido, me sentía como un pequeño pez en un estanque demasiado grande». Hubo temporadas «en las que no sonaba el teléfono». Por eso no se mostró especialmente selectivo cuando las ofertas sí llamaban a su puerta. Por encima de todo él «quería trabajar». Y esto explica su participación en numerosos seriales televisivos y películas de serie B. Aunque también ha habido muchos otros trabajos de los que sentirse orgulloso. Cita su participación en 'Star Trek: la nueva generación' (1994), 'Gangster nº 1' (2000) o 'Evilenko' (2004).
A los 66 años Malcolm McDowell se siente un hombre «feliz», contento con su vida y su carrera profesional. Aún mantiene los pies en el suelo. «He tenido mucha suerte. Todavía me mantengo en activo, enredado en continuos proyectos, lo que es todo un logro». «En esta profesión hay que distinguir entre los proyectos artísticos, en los que participo por amor a esas películas pequeñas que quiero que salgan adelante, y los trabajos comerciales que me ayudan a pagar la hipoteca».
-¿Si pudiera volver atrás, cambiaría algún aspecto de su trayectoria?
-No. Eso significaría que me arrepiento de las decisiones que he tomado, y no es así. No creo que la carrera profesional sea lo más importante en esta vida. Lo que realmente importa es la familia y los amigos. Y yo tengo una familia maravillosa.