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29.09.09 -

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E l informe extraordinario 'La transmisión de valores a menores' entregado ayer por el Ararteko a la presidencia del Parlamento dibuja un panorama insatisfactorio de la infancia y adolescencia vascas en cuanto a su caudal ético y su formación en conceptos primordiales de igualdad, solidaridad y convivencia. Unas deficiencias en la socialización que son particularmente lacerantes en la concepción que los escolares de Primaria y Secundaria de Euskadi tienen de la violencia y del trato con el diferente. Es significativo el desapego con que los más pequeños, entre 8 y 10 años, afrontan la relación con los niños inmigrantes -el 30% no los quiere en sus clases-, su repulsa ante una homosexualidad efectiva -el 43% rechaza a dos personas del mismo sexo besándose- o su admisión del maltrato, la burla y el insulto en sus relaciones -cerca del 40%-. Comportamientos negativos que se agudizan en edades superiores revelando una inconsistencia que tiene su exponente más desgarrador en la actitud ante la violencia: menos del 50% de los adolescentes encuestados considera a ETA un grupo terrorista y exige su desaparición; el resto se debate entre la indiferencia o una relevante, pese a ser minoritaria, condescendencia o comprensión hacia la acción terrorista. Esta fragilidad en el respeto a los derechos humanos constata un fracaso social que puede condicionar la futura calidad democrática de Euskadi.
Existen, evidentemente, rasgos positivos entre los menores vascos que el informe enumera: conciencia medioambiental, aprecio por la familia, amigos y profesorado, solidaridad con discapacitados, comprensión hacia las víctimas del terrorismo. Pero ese persistente poso de intolerancia obliga a revisar el papel de cada uno de los agentes socializadores. Y hacerlo sin descargar en la escuela todo el peso de la responsabilidad. Los gestos de rechazo de los más pequeños señalan directamente a la familia, sin duda el más poderoso factor de transmisión de valores. Por ello, reforzar el hogar como principal núcleo de educación y socialización ha de ser una prioridad que pasa tanto por concienciar a los padres como por crear las condiciones adecuadas para que desarrollen su importante misión: garantizando unos recursos suficientes, facilitando la conciliación entre vida laboral y familiar y capacitándoles para controlar las nuevas formas de ocio tecnológico; unos poderosos canales de influencia -internet, televisión, videojuegos, teléfono móvil - que ejercen su perturbador rol en la información y la percepción de la realidad de niños y adolescentes. La tarea no es sencilla, porque implica superar una visión superficial y material de la vida muy arraigada en los propios progenitores. Y hacerlo, además, en Euskadi, donde la violencia enquistada ha provocado una grave dislocación ética y, por supuesto, moral.
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