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A finales de septiembre de 1909, la reconquista de uno de los puntos clave de las posesiones españolas en Marruecos provocó una ola de patriotismo desbordado
27.09.09 -

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La toma del Gurugú
Una posición artillera española castiga las defensas de los riffeños en el Gurugú. /E. C.
Por fin, el 29 de septiembre de 1909, el ejército español dio el golpe de autoridad esperado. «La toma del Gurugú -proclamó El Noticiero Bilbaíno-, significa un éxito para el ejército y una firme promesa de paz». Tras casi dos meses de combates en los que las tropas españolas habían resistido al límite los embates de los bien organizados grupos de cabileños, se produjo el hecho que justificaba de sobra las tensiones y las dramáticas jornadas que se habían vivido en España, sobre todo en Barcelona, durante los últimos días del mes de julio. No cabía la menor duda de que la toma del Gurugú, punto clave de las posesiones españolas, dejaba muy claro quién mandaba en el norte de África.
Además, con esa acción tan heroica se tapaba, al menos eso se intentaba, el desastre del 27 de julio, día en el que, atrapados en el llamado barranco del Lobo, murieron más de 150 soldados españoles. Una derrota que la censura se encargó de maquillar al evitar que saltara a la primera página de los principales diarios del país. Por eso la fantástica victoria del Gurugú fue proclamada por todo lo alto.
Telegramas de felicitación
En Bilbao la noticia se recibió con una inmensa alegría. Todos los edificios públicos fueron engalanados con banderas nacionales. También se sumaron a la celebración el Club Náutico, el Teatro Arriaga y el Círculo Mercantil e Industrial. Muchos de ellos, incluso, llegaron a iluminarse por la noche. Y eso no fue lo único. El presidente de la Cámara de Comercio, Pedro Chalbaud, y su homólogo del Club Náutico enviaron telegramas de felicitación al rey, don Alfonso XIII, por la brillante y heroica acción llevada a cabo por el valeroso ejército español. Hasta la Diputación, a través de su presidente, el señor Salazar, mandó sus cumplidos al rey y a otras autoridades. «La Diputación provincial de Vizcaya -se expresaba en uno de ellos- se asocia con entusiasmo a la satisfacción del Gobierno por la feliz realización de sus planes en África».
Además de Bilbao, otras poblaciones se sumaron a la fiesta. Baracaldo, Erandio y la mayor parte de los pueblos de la ría organizaron su festejo particular por tan importante victoria. Se dispararon cohetes y las bandas de música salieron a la calle al son de alegres melodías.
Nadie dudaba de la enorme importancia que tenía la toma del Gurugú. No era sólo la expresión del poderío del ejército español sobre las hordas cabileñas sino, y esto era lo más importante, el preámbulo de la paz. La guerra se había ganado y eso había que celebrarlo. «Se comprende la alegría que ese brillante hecho de armas ha ocasionado, no sólo por lo que afecta al honor nacional, sino también porque una gran masa de la Nación cree que ese es el término de la guerra», señaló El Noticiero Bilbaíno en su editorial del 1 de octubre.
Al mismo tiempo se reconocía que tras la victoria había llegado el momento de tomar otro tipo de medidas, las cuales pasaban por poner a trabajar en asuntos productivos a todos esos moros riffeños. Había que ocuparles en obras destinadas a la construcción de carreteras, ferrocarriles, etc. «La misión civilizadora de España en Marruecos es grande e importante. Nuestros gobernantes deben preocuparse de que también sean reproductivos los sacrificios que han exigido y que todavía han de exigir».
Benito Pérez Galdós
Fue tanta la alegría y la esperanza que el 30 de septiembre Bilbao organizó su fiesta. Las escuelas cerraron. Los centros oficiales se engalanaron de rojo y amarillo y la banda del regimiento de Garellano recorrió la villa. Por su parte, la banda municipal ofreció un concierto al que acudió numeroso público. A su finalización, un nutrido grupo de jóvenes recorrió la calle Bidebarrieta y lanzó entusiastas vivas al Ejército y a la Marina. Posteriormente pasaron por la sede de la Sociedad El Sitio, ante la que aplaudieron, y por el Centro Vasco, al que dedicaron una sonora pitada.
La alegría y la exaltación patriótica se acabaron el 2 de octubre. Ese día la prensa informó sobre el sangriento combate entre tropas españolas y cabileños en el monte Uiksan. Se había obtenido una victoria, pero las bajas habían sido muchas. Demasiadas para un país que ya daba la guerra por terminada. El realismo sustituyó de golpe al optimismo. «El ataque del monte Uiksan -se señaló en la prensa-, no será el último de su género y la opinión española debe estar dispuesta a recibir con toda serenidad, tanto las noticias favorables como las adversas de la guerra». El mensaje era claro. Había guerra para rato. Sobraban, por lo tanto, las celebraciones y las fiestas patrióticas.
En 48 horas se pasó de la exaltación más rabiosa hacia el Ejército, la Marina, el rey y el Gobierno a un pesimismo aplastante. Y es que, la tan celebrada toma del Gurugú apenas pudo ser rentabilizada por un gobierno que, para los principales analistas del país, naufragaba. Uno de los más destacados intelectuales del momento, Benito Pérez Galdós, se encargó de remover las conciencias a través de un artículo que toda la prensa nacional publicó el 7 de octubre. Bajo el título 'Al Pueblo Español', Galdós dejaba clara su postura ante una guerra que consideraba inútil y llamaba a una toma de postura clara y activa ante un gobierno que había perdido el rumbo. «Forzoso es que alguien, sea quien fuere, clame ante la faz atónita del pueblo español, incitándole a contener enérgicamente las insensateces de los que trajeron la guerra del Riff, sin saber lo que traían».
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