Julio Medem tiene una hija de dieciséis años con síndrome de Down. «Una niña suerte», como la llama, que da nombre a su productora, Alicia Produce. Cuando el director donostiarra leyó el guión de 'Yo, también' supo que debía respaldar financieramente una película «que consigue que nos sintamos más cerca de los que nacieron con un cromosoma de más». Su protagonista es su razón de ser, Pablo Pineda, un chico malagueño de 35 años, que en su día fue noticia al convertirse en el primer europeo con síndrome de Down licenciado en una universidad. Ayer arrebató los flashes al mismísimo sir Ian McKellen.
Había temor a que la primera cinta española a concurso fuera un ejercicio de buenrollismo y conmiseración. La desbordante personalidad de Pineda consigue que el debut de los realizadores Álvaro Pastor y Antonio Naharro esquive el sentimentalismo. 'Yo, también' cuenta una historia de ficción. No es la vida de Pablo, pero casi. Empleado en la consejería andaluza de Asuntos Sociales, el chico se enamora hasta las cachas de su compañera de trabajo (Lola Dueñas haciendo chica de barrio ligera de cascos).
Ahogada por el pasado, ella es a su manera tan 'Down' como su nuevo amigo, en el que encuentra paz y cariño aunque no lo vea como un hombre. Tachada por algunos de tramposa en su visión del colectivo dada la inteligencia y verborrea de su actor principal, 'Yo, también' rebosa humor en las réplicas de Pineda, que ya está bregado ante los periodistas. «Ese temblor de la grabadora dice mucho. No sabéis cómo actuar, qué decir. Tenéis miedo a meter la pata. Queréis ser política y socialmente correctos, y no os lanzáis a averiguar qué hay dentro de nosotros. Os quedáis con el discurso de los psicólogos, y hay que dejar de endiosarlos».
Pablo explica que se parece a su personaje en el mundo interior. «Los deseos, sueños y miedos son los de cualquier chico con síndrome de Down». No es actor ni piensa dedicarse al cine. «Ha sido una experiencia irrepetible, se podrán hacer muchas películas sobre nosotros, pero no con la magia de esta». Meterse en el papel le supuso tanto esfuerzo como a cualquier intérprete: «Nosotros sabemos expresar muy bien nuestros sentimientos, no somos personas cohibidas, sino espontáneas y naturales. Mis emociones son genuinas; gritaban 'corten' y seguía llorando unos minutos».
Cuando tenía seis años, un profesor le preguntó si sabía que tenía síndrome de Down. «Por supuesto, le respondí sin tener ni idea de qué hablaba. Lo de los genes y cromosomas me sonaban a chino. Hasta que le pregunté: '¿Soy tonto? ¿Puedo seguir estudiando?'. Y hasta ahora». Tal como le ocurre al protagonista, Pablo tuvo la suerte de que sus padres le hablaran como a un chico normal. «Ellos me inculcaron la curiosidad y la voracidad cultural».
Hijo de un empleado del teatro Cervantes y un ama de casa, ha devorado mil funciones de ballet, ópera y conciertos. Como tantos treintañeros, Pablo sigue viviendo con sus padres -«se está muy bien en casa de los papás, y no tengo trabajo fijo»- hasta que una chica se fije en este 'chico suerte'. «Creo que he puesto el listón demasiado alto. Me gustan las más guapas. Soy muy enamoradizo y nunca he tenido pareja. Cuando me he enamorado me han dicho que sólo era un amigo. Eso me hace luchar más».