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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 9 febrero 2012

Cultura

CRÍTICAS DE CINE

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Hay películas que son como un puñetazo propinado en pleno plexo solar. 'Ciudad de vida y muerte' es una de ellas. Porque de lo que se trata en este filme chino es de relatar con pelos y señales la masacre perpetrada por las tropas japonesas en la ciudad china de Nanking, allá por 1937. Desde luego, el guionista y director Lu Chuan no ahorra al espectador ningún sufrimiento a la hora de describir tan trágico acontecimiento, filmado a toda pantalla y en un austero blanco y negro, que da paso a un alegato antibelicista de primer orden, sin que tampoco falten los valores estrictamente cinematográficos, como corresponde a un filme bélico muy sólido, que no se parece a ningún otro del mismo género. Un título de acoso y dentellada, en las antípodas del cine comercial al uso, capaz de no dejarle a nadie indiferente.
En ocasiones, como en las terribles circunstancias plasmadas sin piedad en 'City of Life and Death', vivir es más difícil que morir. Eso es al menos lo que opina uno de los testigos de la matanza, un suboficial nipón, que aún conserva restos de humanidad en su más profundo interior. Una película dura como el pedernal, donde la guerra actúa por impregnación, a modo de catarsis total y como demencia colectiva, donde el ser humano queda reducido al más bajo extracto del reino animal. «La guerra es el padre de todas las cosas» (Jünger) o «La guerra es la continuación de la política por otros medios» (Clausewitz) son algunos de los más diversos puntos de vista en relación con toda conflagración mundial -pasada, presente y futura-, que pone los pelos como escarpias.
Porque el esfuerzo por extraer toda su capacidad de indignación de semejante catástrofe es lo que confiere al filme su magnetismo sobrecogedor. En realidad, nos encontramos aquí ante una aguda reflexión sobre la dificultar de conocer, de saber quiénes somos y quiénes son los otros, pertenezcan a nuestro entorno vital o sean ajenos a nuestra cultura, raza o condición social, y de cómo se borran en el aire los rostros amados, mientras la memoria edifica castillos de niebla con las ruinas desenterradas del pasado. Sólo por ello, ya merece ser vista esta película, de un realismo implacable.
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