«Siempre he querido correr un encierro de San Fermín». La adrenalina, la velocidad, el riesgo, la fiesta y la locura. Alejandro Valverde (Las Lumbreras de Monteagudo, 29 años) ha dedicado desde siempre una de sus dos privilegiadas piernas a pisar el acelerador. Sus primeras derrapadas al volante de un automóvil las dio sin carnet de conducir. Aún no tenía la edad. En casa, todos tenía motor: Juan, el hermano mayor, era ciclista, un esprinter. Juan, el padre, andaba de camionero y dejaba los fines de semana para competir con su bicicleta en carreras de veteranos. El pequeño Alejandro mamó eso: correr era un asunto familiar. Pegaba la nariz en los concesionarios de coches y se consoloba con su primera bici, una MBK negra y plata. «Me la compraron con nueve años y ese mismo día me fui hasta la playa y me metí 120 kilómetros». Ese viaje al mar fue el primero. No paró. Victoria tras victoria. La historia del 'imbatido', su mote en Murcia. Hasta que en 2005, cuando llegó al Illes Balears, Echávarri y Unzúe le hablaron de un pieza que él nunca había utilizado: el freno.
Era un idioma desconocido para él. Los técnicos navarros le decían que para ganar el Tour, la Vuelta o la Lieja-Bastogne-Lieja tenía que aprender a perder el resto de las carreras. No disputar por cada pancarta. Valverde no entendía nada. En su casa hasta peleaban entre el padre y los hijos por las mejores ruedas. Riñas. Con nueve años y el maillot del club ciclista Puente Tocinos, fue a su primera carrera, en Jumilla, y acabó segundo. «Gané las cincuenta siguientes». Siempre y en todo, sobre asfalto y en pista: campeón de España de velocidad, de persecución, oro en el nacional sub'23 de ruta, vencedor de la Copa España... La joya de la cantera del Banesto. Aunque acabó en el Kelme de Vicente Belda, que le ofrecía antes el pase al campo profesional.
Y a Valverde siempre le ha gustado correr. El Kelme era como él: dinamita, la guerrilla. A tope. Acortando plazos: con 23 años acabó tercero la Vuelta a España y ganó dos etapas de montaña. Y le quitó a Van Petegem la plata del Mundial. De repente, ídolo nacional. Merckx había nacido en Las Lumbreras. Y era como él. Quería disputar hasta los encierros de San Fermín.
Induráin era su icono
El equipo Once de Manolo Saiz y el Illes Balears pujaron por él. Ganó Echávarri, la mano que meció a Arroyo, Delgado e Induráin. El campeón navarro era el icono de Valverde. Aquellas tarde de julio frente a la televisión. «Nunca olvidaré la etapa Chambéry-Les Arcs, en el Tour de 1996. La primera vez que vi desfallecer a Induráin. Ese día también se hundió Jalabert», recuerda. Jalabert era su modelo. Otro ciclista total. La ambición. La velocidad. Derrapar sin carnet. Valverde conoció el Tour en 2005, el otro encierro de julio. Flechazo. Batió al mejor Armstrong en Courchevel. Lo nunca visto. De repente, ídolo internacional. El sucesor del americano. Unos días después descubrió la otra cara del Tour: abandonó entre lágrimas. La Grande Boucle le rechazó. Es la única carrera que aún lo hace. Ni siquiera se le ha resistido una clásica vetada para el ciclismo español, la Lieja-Bastogne-Lieja. Pero sí el Tour. Sólo ha podido ser sexto (2007).
«Alejandro puede ganarlo», sostiene Unzúe. Algo sabe: él auguró que Induráin ganaría antes la Grande Boucle que la Vuelta. El navarro llegó cinco veces primero a París y ninguna a Madrid. Cada uno es para lo que es. Y Valverde nació para las clásicas y, desde ayer, para la Vuelta. Le queda el Tour. Por él, ha cambiado. Ya no es aquel crío gordito que se llevaba todos los sprints. Ni el cadete insolente que retaba a Mariano Rojas, entonces el ciclista amateur más prometedor, cada vez que se cruzaban en un entrenamiento. Ni el adolescente apresurado que compró un todoterreno con su primer sueldo. Ni el joven alocado que quedó deslumbrado al ver un deportivo en un concesionario de 'Nissan' y lo adquirió de inmediato. Ni el ciclista desabrochado que ganaba en invierno, en la Challenge de Mallorca, y en los criteriums de otoño. Ahora, sabe que el pie hay que compartirlo entre el acelerador y el freno.
«Si no fuera ciclista, sería camionero como mi padre», dice. Y se picaría en cada semáforo por salir el primero. Pero en su camino hacia el Tour le han dicho que tiene que parar. Sentarse a ver cómo corren los otros. En esta Vuelta lo ha hecho. Líder paciente. Le ha costado. No hace tanto era el chaval risueño que no paraba quieto en la calle Rubén Darío de Las Lumbreras. El adolescente que en julio veía los encierros de Pamplona por la mañana y el Tour de Induráin por la tarde. Ahora, en la Vuelta, ha comprobado que no se corre delante del toro. Que al toro hay que esperarlo.