La accesibilidad es un espejo de dos caras cuyo reflejo a menudo no coincide. Un paseo por Bilbao puede ser una experiencia grata para muchos ciudadanos, mientras que para otros representa un reto lleno de peripecias. La mayoría considera los bordillos una anécdota intrascendente, pero hay quienes ven en ellos murallas infranqueables. No son 'quijotes' modernos a caballo en búsqueda de aventuras, sino bilbaínos condenados a una silla de ruedas que se enfrentan a diario a las numerosas barreras arquitectónicas que abundan en la ciudad.
KERMAN BIZKARRA, 12 AÑOS
Abandoibarra
«Han tardado en poner el ascensor»
No ha conocido otra vida. Desde que nació, Kerman ha estado ligado a una silla de ruedas por culpa de una parálisis cerebral incompleta. Le gusta pasear por Abandoibarra para disfrutar de los cambios de la villa, pero siente que los responsables de su diseño no han pensado en gente como él. «Es una barbaridad que haya escaleras como las que hay aquí y que no pongan de inmediato un ascensor para evitarlas», explica el joven. Fekoor insistió para remediar la situación y hace dos años se instaló el elevador. Kerman se siente más seguro. «Ahora, cada vez que paso por aquí, no pienso que soy un bicho raro, aunque todavía queda mucho por hacer». Su problema lo comparten las personas que empujan carritos de bebé. «Pero sólo durante un tiempo. Las madres de los recién nacidos se solidarizan con nosotros hasta que el niño echa a andar», sostiene Kerman.
IÑAKI, 63 AÑOS
Blas de Otero
«Con estos rebajes podemos caernos»
Un paseo por Deusto con Iñaki ayuda a comprender las dificultades de las personas con discapacidad física. Los pasos de cebra están rebajados en la mayoría de lugares para que sea más sencillo bajar y subir a la acera. Pero, a veces, no es suficiente. «La altura de algunos rebajes propicia que podamos caernos», se queja Iñaki. Este bilbaíno perdió parte de su movilidad hace quince años y, desde entonces, «siento como a la gente en silla de ruedas se nos recortan nuestros derechos básicos, porque no podemos entrar a muchos locales, las plazas de aparcamiento no están bien diseñadas y las plataformas de acceso a los autobuses a veces no funcionan», protesta.
JAGOBA SÁNCHEZ, 24 AÑOS
Casco Viejo
«La barra del bar es demasiado alta»
No es lo mismo viejo que obsoleto. Jagoba se queja del estado en que se encuentra el Casco Viejo. El joven asume que «no van a quitar los adoquines porque quedan bien». Sin embargo, confía en que se cambien las alcantarillas, «una catapultas en las que nos podemos enganchar y salir disparados». Si se superan estos obstáculos, el avituallamiento en unos de los clásicos bares de la zona se torna imposible. «Las lonjas suelen tener bordillos muy altos y no podemos entrar». Un camino lleno de espinas que no acaba con el pintxo. «La barra es muy alta y tiene en su parte baja un bordillo que te aleja de ella. Sin olvidar los pasillos estrechos en los que casi no cabe la silla», lamenta Jagoba.
ANTONIA LLERA, 46 AÑOS
Centro de distrito de Basurto
«El centro de distrito es anacrónico»
El centro municipal de distrito de Basurto-Zorroza es un «anacronismo» en palabras de Antonia, postrada en una silla de ruedas hace diez años tras un accidente. Las escaleras de la entrada presentan la única posibilidad de acceso. «Estas situaciones son indignantes». La conciencia social es otra tarea pendiente. «Cuando sacan la plataforma en los autobuses para subirnos, hay gente que se desespera. Sus miradas despectivas son un castigo muy cruel». A pesar de las razones para que este colectivo se venga abajo, personas como Antonia son el fiel reflejo de que, incluso en las peores circunstancias, el ser humano mantiene viva la esperanza. «Algún día, podré subir estas escaleras andando y cuando llegue arriba reivindicaré los derechos de la gente con movilidad reducida».