«¡Señor presidente, aléjese de nuestros hijos!». Con estas pancartas recibieron ayer los manifestantes a Barack Obama, que eligió un colegio de Arlington para inaugurar el curso escolar con un discurso sobre la responsabilidad de los niños. Obama seguía los pasos de George Bush padre, que en 1991 fue el primero en dirigirse a todos los estudiantes del país para hablarles de sus obligaciones. Aquello sí que hacía historia, y aún así no despertó ni la mitad de polémica. Demasiado enfermo como para ser parte del debate público, su nuera Laura, maestra antes que primera dama, ha salido en defensa de Obama y ha pedido «respeto para el presidente».
Pero la ultraderecha está fuera de control desde que el Partido Republicano perdió el poder. Sin líder ni concierto, son las tertulias y los comentaristas de radio los que dictan un delirante baile de bulos y estridencias. Si durante la campaña electoral le pintaban con un turbante y cambiaban las letras de los carteles para que se leyera 'Osama', con la reforma sanitaria le pintan un bigotito a lo Hitler, y con este discurso escolar le acusan de «adoctrinar a los niños» resucitando las juventudes hitlerianas.
¿De qué habló Obama? De que «a menos que vayas a clase, pongas atención a lo que dicen los profesores, escuches a tus padres, abuelos y adultos, y trabajes duro» no triunfarás en la vida. «Ya sé que a veces lo que ves en televisión te da la idea de que puedes llegar a ser rico y tener éxito como rapero o jugador de baloncesto, pero lo más probable es que no seas ninguna de esas cosas», advirtió.
No había nada político en el discurso, como temían los padres que amenazaron con no llevar a sus hijos a la escuela para que no oyeran esa palabras «marxistas» o desarrollaran «a esa edad tan impresionable» un culto a Obama. Para demostrarlo, la Casa Blanca colgó el discurso en su página web el día antes, dando así la oportunidad a los padres de leerlo previamente y decidir si era adecuado para los oídos de sus criaturas.
El futuro de la nación
Algunos se lo tomaron demasiado en serio. Convocaron formalmente a los niños, se lo leyeron en comandita y escrutaron su reacción. Más de uno decidió allí mismo que era «demasiado para un niño de 5 años», declaró un matrimonio a la CNN, porque «pone sobre sus hombros el futuro de la nación». A otros les pareció demasiado trivial. «Mis hijos ya saben lo importante que es la educación. No necesitan perder una hora de colegio escuchándolo», protestó Jeff Landers en Fox. Y así fue como cada colegio tomó la decisión de conectar o no con el de Arlington (Virginia) desde el que habló Obama.
En ése, uno de los más pobres, donde poco más del 60% de los estudiantes se gradúa con su clase, el presidente tenía experiencias personales que compartir. «Sé que no siempre es fácil concentrarse en hacer los deberes. Sé que tenéis un montón de retos en vuestras vidas. Lo entiendo. Mi padre nos dejó cuando yo tenía 2 años, mi madre me tuvo que criar sola, a veces no tenía dinero para pagar las facturas, ni siempre nos podía dar lo que tenían otros niños».
En el colegio Wakefield desde el que hablaba, el 47% de los estudiantes son hispanos, el 27% afroamericanos y sólo el 14,4% anglosajones. Un corte racial que empieza a ser el patrón de los niños a los que se dirige la Casa Blanca de los Obama.
Son los que más necesitan la reforma sanitaria que el presidente tendrá que vender esta noche al Congreso. Será la primera vez desde el 11-S que un mandatario de Estados Unidos convoque a las cámaras en sesión especial. Y probablemente la última gran oportunidad para Obama de reflotar el sueño de Ted Kennedy: «Que la cobertura sanitaria sea un derecho para todos los estadounidenses y no un privilegio».