El escultor Andrés Nagel ha apelado al Tribunal Supremo para que reconozca sus derechos morales sobre 'La Patata' de Amorebieta, apelativo popular de la escultura que realizó por encargo municipal. Para el artista no es suficiente que dos sentencias consecutivas, del Juzgado de lo Mercantil número 1 de Bilbao y de la Audiencia Provincia de Vizcaya, obliguen al Consistorio a respetar el contrato firmado por las partes. Aun así, la Audiencia le dio libertad para buscar otro emplazamiento a la imagen al hacer prevalecer el interés público.
La intención del artista es «defender el derecho fundamental del artista sobre la integridad de su obra», según confirmó su abogado, Eliseo Martínez. «El recurso va en interés de la jurisprudencia», aseguró. «En este caso, Nagel ha sabido proteger su obra con un contrato, pero se trata de amparar los derechos de otros artistas que no lo hayan hecho».
La disputa, que lleva casi dos años en los tribunales, surgió al enterarse el autor de la existencia de un plan urbanístico para el centro de Amorebieta que preveía la retirada de 'La Patata', por la que el Ayuntamiento pagó en su día 180.000 euros. Nagel quería que su obra se quedara donde estaba, puesto que la concibió para ese lugar. Algo que refrendaron los juzgados, que no aceptaron sin embargo la pretensión del artista de que se reconociera que un eventual traslado lesionaría sus derechos morales como autor.
«Quedaría huérfana»
Ahora, Nagel se acoge a la Ley de Propiedad Intelectual e incluso a la Constitución y la Declaración Universal de Derechos Humanos para volver a reivindicar ese derecho. El escrito preparatorio del recurso de casación presentado esta semana por los representantes del autor afirma que la sentencia de la Audiencia vizcaína lesiona el derecho moral de Nagel «a exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación».
En su opinión, un eventual traslado de la escultura supondría, además del incumplimiento de un contrato y la sentencia que lo refrenda, un «notorio atentado a su derecho fundamental a exigir el respeto a la integridad de la obra, pues quedaría descontextualizada y huérfana de todo sentido y significado artístico».
Es más, en virtud de su autoría, Nagel se considera «legitimado para tutelar la integridad de su obra contra maniobras abusivas que desacrediten su personalidad como creador». Y precisa: «El derecho moral a la integridad de la obra garantiza al autor la facultad de vigilar, tras la divulgación, que no sea desnaturalizada y sea siempre conocida en su auténtica expresión».