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El abandono de la política de Jordi Sevilla evidencia la complicada relación del jefe del Ejecutivo con algunos de quienes le ayudaron a llegar al poder
06.09.09 -

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«Sí presidente», mejor que «no José Luis»
Jordi Sevilla dejó esta semana su cargo de diputado. / EFE
La pertenencia a Nueva Vía, el club de fundadores del 'zapaterismo', no garantiza la supervivencia política. El abandono de Jordi Sevilla, uno de los hombres que arroparon a José Luis Rodríguez Zapatero desde la primera hora, es la última muestra de un largo goteo que antes arrastró, entre otros, a Jesús Caldera, Juan Fernando López Aguilar, Antonio Cuevas y Álvaro Cuesta. Es su forma de entender la colaboración política, prefiere escuchar un «sí jefe, sí presidente» a un «no José Luis», dice uno de los que han descarrilado de aquella vía.
No hay, sin embargo, «mal rollo». Nadie se ha ido del Gobierno, del Congreso o de la dirección del PSOE con un portazo. Todos reconocen a Rodríguez Zapatero su honestidad política, no se sienten traicionados ni purgados, pero no ocultan su mal sabor de boca y su sorpresa porque ellos, los que en 2000 enarbolaban la bandera de la renovación generacional, se han visto renovados a los pocos años por otros más jóvenes.
El líder socialista, dicen en su círculo cercano, no quema colaboradores por quemarlos, sino que busca evitar que se repita la historia de Felipe González que, cuando dejó el poder y dio un paso al costado, creó un hondo vacío en el PSOE por la ausencia de un relevo generacional.
Sevilla, días después de anunciar su retirada, explica que no quería seguir en política para «apretar un botón» en las votaciones del Congreso. Siente que ya no puede crecer políticamente desde su escaño por Castellón, fuera de la ejecutiva socialista y con las puertas del Gobierno cerradas. Las ilusiones de acceder a la presidencia de la Fundación de Cajas de Ahorro, para lo que el papel del jefe del Ejecutivo hubiera sido fundamental, se convirtieron en humo.
Su presencia pública se limitaba a ser el 'pepito grillo' de la estrategia económica gubernamental; se opuso, por ejemplo, a la desgravación universal de los 400 euros en el IRPF, y mostró su desacuerdo con ciertas decisiones políticas, rechazando la continuidad de la central de Garoña. Zapatero nunca se molestó por la falta de sintonía con su ex ministro de Administraciones Públicas, pero tampoco le dio cariño para evitar que se fuera.
El problema de la democracia española, reflexiona este hombre, es que no sabe qué hacer con sus 'ex'. No sólo ex presidentes del Gobierno, sino también con los ex ministros que, después de pasar por los oropeles del poder, quedan a la intemperie política aunque estén en la plenitud vital e intelectual. No es un problema de Zapatero: también lo tuvieron González y José María Aznar.
Pero Sevilla, con 25 años de actividad pública a sus espaldas, está empeñado en no atribuir a una supuesta perversidad del líder socialista su punto y aparte de la política y el paso a una empresa privada, la consultora PricewaterhouseCoopers, donde tendrá de vecino de despacho a otro ex, pero del PP, el que fuera secretario de Estado de Economía Luis de Guindos.
Insiste en que no se va con rencor, y eso que motivos podría tener. Después de haber sido el 'profesor' de economía de Zapatero en los áridos años de la oposición, se encontró con que su alumno designó a Miguel Sebastián para redactar el programa económico del PSOE para las elecciones de 2004. Una vez nombrado titular de Administraciones Públicas, fue apartado sin contemplaciones del que debía ser asunto estrella de su departamento, la negociación del Estatut de Cataluña. Y en 2007 fue destituido con el argumento de respetar la paridad en la remodelación ministerial de aquel año.
«Borrar las huellas»
Hay dirigentes socialistas que atribuyen esta tendencia de Zapatero a prescindir de quienes fueron sus compañeros de armas de los primeros momentos a una especie de presidencialismo personalista que conduce a «borrar las huellas» de los inicios, a dejar fuera de la escena política a quienes mejor le conocen.
Sevilla es el primero del núcleo duro del 'zapaterismo' que deja la política, pues ha tenido la suerte de recibir una oferta, mientras otros compañeros suyos se aferran a lo que tienen. Sin embargo, no es el único de los fundadores que ha tenido que atravesar el desierto. Jesús Caldera, amigo personal de Zapatero y uno de los catalizadores de Nueva Vía, siempre pensó que tenía méritos y condiciones para ser vicepresidente, pero se quedó en ministro de Trabajo y, encima, vio su contrato rescindido tras la primera legislatura. Mantiene un asiento en la ejecutiva del PSOE y es el encargado del laboratorio de ideas del partido, pero su estrella se extingue.
Juan Fernando López Aguilar, otro de los que el presidente embarcó en la aventura desde el primer momento, tuvo que dejar a regañadientes el Ministerio de Justicia para competir por el Gobierno canario. Ganó pero perdió porque no pudo gobernar y, disciplinado, tuvo que emigrar, otra vez contra su voluntad, al 'balneario' del Parlamento europeo, al que se va pero del que es difícil volver con aspiraciones políticas.
Álvaro Cuesta, el diputado asturiano, también amigo personal del líder y al que todos auguraban un brillante futuro en la era Zapatero, nunca pasó de la dirección federal del partido y la presidencia de la comisión de Justicia del Congreso. Lo mismo que Antonio Cuevas, el sindicalista andaluz que se quedó en el escaño que ya tenía y al que apenas agregó alguna dignidad parlamentaria. O José Andrés Torres Mora, el jefe de gabinete de Zapatero en la oposición que nunca llegó a La Moncloa.
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