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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

Política

POLÍTICA

El riesgo de que el PNV aparezca como la formación que brinda un consenso envenenado no es menor que el que acecha al Gobierno del PSE si sigue emitiendo sensaciones de inacción
30.08.09 -

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Estrechamiento
Los dirigentes políticos y los responsables institucionales actúan a menudo como si la escena pública tuviera unas dimensiones infinitas y ellos pudiesen operar sin límite alguno. La equivocada percepción de que el espacio político es inacabable o del todo flexible es la causa que provoca buena parte de los tropiezos estratégicos que se producen en una confrontación siempre partidaria. Como si se tratara de un jarro de fría realidad, la crisis ha venido a corregir la errónea visión que la política vasca parecía tener de sí misma. Aunque las resistencias a tomar nota de la lección parecen también evidentes en este inicio de curso. Bastan dos mensajes del pasado viernes, el de Patxi López y el de Iñigo Urkullu, para percatarse de ello.
El lehendakari advirtió de que los próximos Presupuestos se verán afectados por la drástica rebaja de la recaudación -nada menos que del 23%-, lo que supondrá 3.000 millones de euros menos para gastar. El presidente del EBB reiteró la disposición de su partido a alcanzar un acuerdo de estabilidad con el Gobierno frente a la crisis, que es de suponer comprometería a las tres diputaciones. El uno vino a reconocer no sólo que no lo podrá todo, sino que su capacidad de gobierno se quedará una cuarta parte por debajo de la de su antecesor. Mientras que el otro dio a entender que tampoco está como para ejercer una oposición a ultranza en las actuales condiciones de debilidad financiera general. Sin embargo, ambos tratarán de erosionarse mutuamente, aprovechándose del estrecho margen de maniobra que le queda a su adversario.
Quizá sea ésta la prolongación natural del «empate infinito» que vienen describiendo el nacionalismo y el no nacionalismo. Empatan incluso al contraerse sus respectivos campos de maniobra. Sin embargo el pulso despierta interés. El Gobierno socialista, con apoyo popular, necesita demostrar que se vale por sí mismo para adoptar las medidas que anunciará tras el Consejo del próximo 8 de septiembre. El PNV insistirá en que todo eso pertenece a los planes que ya había previsto Ibarretxe. El problema surgirá si el Ejecutivo de Vitoria decide prescindir de un acuerdo explícito con los nacionalistas, y las diputaciones optan, a su vez, por seguir su propio camino.
Si la bonanza económica hubiese continuado, la confrontación entre el nuevo Gobierno y el nacionalismo con sus diputaciones sería bien distinta. Pero la situación actual no da como para que socialistas y jeltzales escenifiquen la pugna de poderes que mantuvieran durante años Pujol y Maragall entre la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona. Si Euskadi cuenta sólo con tres cuartas partes de la disponibilidad presupuestaria de este ejercicio para el año que viene habrá que concluir que nadie, ni Gobierno ni diputaciones, podrán hacer gran cosa sin apoyarse mutuamente.
Es el nuevo Ejecutivo de Patxi López el que, aparentemente, tendría más que perder en una estrategia orientada al regateo institucional. No es que el Gabinete del PSE requiera más apoyo de las diputaciones que viceversa. Es que su posición hace que la ciudadanía se dirija a él, y no a los órganos forales, en demanda de soluciones. Sin embargo, en el histórico del nacionalismo hay un detalle que destaca: emerge, se expande o evoluciona cuando el País Vasco experimenta crecimientos económicos, y se contrae o entra en crisis cuando las cuentas públicas y privadas se retraen. Nació con la industrialización, mutó calladamente durante los años 60 del pasado siglo, accedió al poder tras dejar atrás los peores años de la crisis de los setenta, y experimentó después convulsiones menores que coincidieron con altibajos en la curva de crecimiento. Puede haber sido todo una mera casualidad; pero cabe barajar la hipótesis de que el nacionalismo vasco navega mejor en una situación de bienestar continuado que de recesión. De manera que los sentimientos de pertenencia y de diferenciación respecto al resto de España se sublimarían más en la fortuna compartida que en el revés colectivo.
El Gobierno de Patxi López corre el riesgo de fracasar si continúa transmitiendo sensaciones de inacción, o de una capacidad de iniciativa que camina muy por detrás de los acontecimientos. El ineludible lastre de los recortes presupuestarios dificulta que la ciudadanía pueda depositar esperanzas de reactivación en un Ejecutivo limitado. Y la comprensión social sobre tales dificultades en ningún caso se convertirá en una corriente de simpatía hacia el Gabinete socialista por desvalido. Pero los riesgos que el PNV corre de aparecer como la formación que brinda un consenso envenenado, por reticente e interesado, mientras actúa como pregonero del fracaso del nuevo Gobierno no son menores que los que acechan a López. Sobre todo si la opinión pública se percata de que la disciplina partidista se impone sobre la responsabilidad institucional que atañe a las tres diputaciones.
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