D on Iñaki Mirena Anasagasti, fiel a su estilo faltón de entender la comunicación política, miente cuando dice en un artículo de opinión que «el lehendakari está de vacaciones» ('Blindado y aislado', EL CORREO, 27-08-09). No daré más detalles sobre su afirmación, puesto que la falsedad es pública y notoria. Miente y sabe que miente, sin embargo poco le importan los hechos al proyecto político nacionalista cuando se trata de difamar al nuevo Gobierno vasco y al lehendakari de Euskadi.
Lo digo porque las mentiras, las falsas acusaciones y las predicciones apocalípticas no me parecen lo más grave de lo que vienen haciendo los jeltzales desde hace casi 180 días. Lo peor es que, a fuerza de repetírselas entre ellos mismos, acaban creyéndoselas y, claro, acaban frustrados por una realidad que no existe, arrastrando en su frustración a miles de ciudadanos de bien que confían en ese partido centenario. Y la línea que separa la frustración del cabreo es muy delgada.
¡Y bien que han demostrado su cabreo! Desde las tempranas palabras de Urkullu calificando la intención del PSE-EE de formar gobierno como un «golpe institucional»; hasta las recientes de Egibar prometiendo responder de forma «contundente al desafío de Estado que supone el pacto PSE-PP», hemos tenido que soportar que se haya acusado al legítimo nuevo Gobierno vasco de serlo en virtud de «trampas democráticas» y de la «alteración de las reglas de juego».
Se han pasado los últimos años lloriqueando y generando frustración desde el Gobierno, como bien resumió en otro artículo en este mismo medio el señor Anasagasti, en virtud de no sé qué derechos «culpable y expresamente bloqueados por los sindicatos estatales y por la gran administración» ('El anecdotario de Jáuregui', EL CORREO, 01-08-08). Y ahora, cuando legítimamente se les ha desalojado de la Lehendakaritza, parecen pretender que otros sigamos su camino.
Pues no, señor Anasagasti. No hemos llegado hasta donde estamos para hacer las mismas cosas que hemos criticado en la última década. No vamos a perder el tiempo en debates sobre cuestiones indeterminadas o conflictos artificiales que sólo preocupan a unos pocos.
Porque aquellos debates facilones sobre el derecho a decidir liderados por iluminados maestros de la autoayuda que hoy parecen tan antiguos no sólo no gustaban a quienes no profesamos la religión nacionalista. Conozco al señor Anasagasti, hemos compartido mesa y mantel en varias ocasiones. Y efectivamente, puede que, como él mismo dice, habrá quien piense que las visitas de Ibarretxe a La Moncloa fueran «para Zapatero como la visita del dentista». Pero bien sabe el señor Anasagasti que, para muchos otros, aquellas visitas eran sentidas como las del sepulturero del proyecto jeltzale -y permítaseme no especificar más-.
upongo que, ante el cabreo nacionalista, hemos hecho lo que teníamos que hacer. Hemos tomado decisiones desde el primer día de gobierno, sin prestar demasiada atención a las graves e involucionistas acusaciones que se nos hacían desde los que engrosaban las filas de un ejército repleto de personas a punto de licenciarse. Porque ciertamente pensábamos -al menos algunos- que, tras el periodo estival y al calor de la oferta de pactos presupuestarios lanzada por ellos mismos, moderarían el tono de su discurso y limitarían la crítica a realidades y no a ensoñaciones. Tomando en cuenta las anteriormente citadas declaraciones del señor Egibar y tras leer y releer el artículo del señor Anasagasti, parece que no va a ser así. Y esto me lleva a pensar que, además de cabreado, el PNV está perdido.
Perdido debe de estar, porque hay días en los que se decanta por tocar música clásica, incitando con tranquilidad y moderación al consenso y al acuerdo plural. Sin embargo, hay otros días -que desgraciadamente siguen siendo frecuentes- en los que deciden tocar 'hard-rock' desde la cumbre de cualquier monte, tensando al máximo las cuerdas de la política vasca. Es evidente que el PNV no encuentra su estilo y lo cierto es que a veces me pregunto si ni siquiera saben quién dirige la orquesta.
En definitiva, cabreado y perdido. Creo que son las dos características que mejor definen la situación del PNV desde hace casi ya seis meses. Lo peor de todo (al menos para ellos) es que nadie sabe por cuánto más va a prolongarse esta situación. ¡Allá ellos!