La Vuelta necesitaba irse a Holanda, el país de las bicicletas. Hace tiempo que la carrera española vive su decadencia. Enferma por la falta de patrocinadores, por la huida de los medios de comunicación, por la pérdida de audiencia, por el error histórico de olvidar la memoria de una ronda que en los años cincuenta y sesenta llenaba las cunetas con Anquetil, Bahamontes, Loroño o Merckx... Y, sobre todo, por la necrosis del ciclismo: el dopaje. De hecho, el gran favorito, Alejandro Valverde, está sancionado en Italia. Y su rival extranjero, Basso, viene de cumplir una suspensión de dos años. Lo mismo que Vinokourov, el único ganador de esta prueba que se ha alistado en esta edición. Por todo eso, Holanda suena a bálsamo. El país que más pedalea, el del culto a las dos ruedas.
Aquí, hasta cuando el termómetro baja de cero grados, los niños van en bici a la escuela. Sólo en Drenthe, la provincia desde donde hoy parte la carrera, hay una red de 1.400 kilómetros de carril-bici. Con sus propias señales, normas de tráfico y aparcamientos. Holanda adora este deporte. Para la etapa de salida, la del circuito de Assen, hay 700 periodistas acreditados; en 2008, toda la Vuelta apenas reunió a 800. Las autoridades de Drenthe han invertido 2,2 millones para acoger el inicio de la ronda española. Y han puesto el circuito motociclista de Assen el servicio de la carrera.
Devotos del ciclismo
A la Vuelta le sienta bien Holanda. País ordenado. Las normas son para cumplirlas. Todas. La policía es tan educada como inflexible. Un ejemplo: los agentes neerlandeses pararon a los ciclistas del equipo Astana cuando iban hacia el circuito por una carretera nacional. Está prohibido. Les obligaron a montar en los coches y a buscar un carril-bici. En Holanda nadie se salta un paso de cebra. El ciclismo, en cambio, es un deporte al que le cuesta frenar. Desde 1998, desde aquel 'caso Festina', la catarata de escándalos por dopaje ha salpicado a buena parte de los grandes dorsales del pelotón. Y, claro, el público se aleja. Cuesta creer en héroes farmacológicos. Holanda es otra cosa: son devotos de este deporte pese a que no han ganado la Vuelta desde 1979 (Zoetemelk), el Tour desde 1980 (también el viejo Joop) y a que ninguno de sus ciclistas ha podido con el Giro.
En Holanda, en Flandes, situó Arturo Pérez-Reverte parte de las aventuras del Capitán Alatriste, un espadachín a sueldo, un asesino con código. De honor. Asesino sí, pero nunca por la espalda. Un tipo sin piedad y leal a la vez. Capaz de mantener su palabra en aquella terrible, miserable y fantástica España del Siglo de Oro. La palabra. Los aficionados al ciclismo necesitan creer en sus ídolos. La sucesión de casos positivos supone un desengaño. ¿Para cuándo el siguiente lío? Caen las carreras del calendario competitivo español; el Euskatel-Euskadi es ya el único equipo español que le queda al UCI Pro Tour; las figuras buscan maillot en el extranjero... Hasta la Vuelta ha tenido que irse a Holanda.
En busca de gente con ganas de paladear ciclismo. De ver a Valverde y Samuel Sánchez, favoritos frescos y sin el cansancio del Tour en las piernas, frente a Basso, Evans, los hermanos Schleck y el joven holandés Gesink. De asistir a un sprint entre Freire, Boonen, Farrar, Bennati, Davis, Greipel o Ciolek. De comprobar hoy la potencia de Cancellara en los casi cinco kilómetros del prólogo de Assen. De aplaudir a Antón, a Tondo, a Zubeldia, a Fedrigo, a Cuesta y su decimosexta Vuelta, a Moncoutié, a Chavanel, a Cobo y el joven Intxausti, a Danielson, a Cunego, al maillot arcoiris de Ballan, a Kreuziger, a Devolder, a Garate, al gallego Mosquera... A la Vuelta no le faltan ni corredores, ni grandes equipos, ni recorrido para el espectáculo. Sólo necesita que todos mantengan su palabra. Ese código interno que el propio ciclismo se ha impuesto y que, desafortunadamente, queda partido a cada rato por el dopaje. Por la codicia del triunfo.
En el deporte, como en la guerra, no todo es la victoria. De aquel conflicto de los 'Ochenta años', de cuando Flandes luchaba por independizarse del Imperio español, queda el cuadro de 'Las Lanzas', el que pintó Velázquez para captar la rendición de Breda. El asedio del ejercito español a la ciudad rebelde. Cuando concluyó y al fin los holandeses se rindieron, las tropas españolas les permitieron salir en formación militar, con sus banderas alzadas. Premio a su heroica resistencia. Reverencia al derrotado. La paleta de Velázquez lo vio así: coloreó al general Justino de Nassau con las llaves de Breda en la mano, entregándolas mientras hace un ademán de arrodillarse. Spínola, el general español, se lo impide y le levanta. Honor al caído. Honor al ciclismo y a la Vuelta en el país de la bicicleta.