El viajero se despierta en la cama con el cisne-toalla. Tras el susto recuerda la noche anterior y lo deja a un lado sin deshacerlo. Por darle una alegría al encargado de los cisnes-toalla, pues tendrá que hacer 200 cada mañana. Enciende la tele y sale el canal del barco. Anuncian un tratamiento del salón de belleza, en tibio barro azul, «que viene de París». «Después de una consulta para fijar tus metas» garantizan que adelgazas de una a ocho pulgadas en una sesión. «Pierda pulgadas e inhibiciones, reserve hoy mismo», sugiere una voz sudamericana mientras se ve una tipa envuelta en papel albal.
También hay «consultas de estilo de vida»: «¡Puede bajar del barco mucho más fuerte de cuando llegó! ¡Todo depende de usted!», amenazan. El viajero no puede con semejantes responsabilidades. Pero es un ser voluble, cree que ha llegado la hora de apuntarse al test de toxicidad que le recetaron el primer día. Pide hora para el día siguiente. Estar encerrado en un centro comercial, sometido al estímulo constante del consumo, acaba con las defensas.
El viajero ha desayunado en su camarote espartano, muy helénico, con el servicio gratuito de habitaciones. Traen un café o lo que uno quiera. Es un despertar humano y permite evitar el bufet masivo. Hay opciones más sofisticadas, de pago. El Romantic Wake Up, ocho euros, incluye una rosa roja en un vaso-souvenir de la compañía. Otro, el Romantic Breakfast, consta de dos cafés + una rosa + champagne 1/2 + caviar de salmón con tostada y guarnición. Al viajero le parece un desayuno raro, pero ya ha aprendido a desconfiar del concepto de romanticismo de las personas. Igual que ha observado que en el bufet hay sustento para esos seres asombrosos, citados por la literatura científica, que toman arenques secos para desayunar. Quizá haya pingüinos a bordo. Donde siempre hay fila es en el rincón del huevo frito.
Ha pasado el ecuador del crucero y el viajero está inquieto por algunas promesas de la publicidad incumplidas. Ha conservado el anuncio del periódico, como aconsejan las asociaciones de consumidores, y llama al servicio de información del barco. Pregunta por las cuatro noches de concierto de Toquinho, pues sólo quedan tres. La señorita, extrañada, le dice que no hay ningún concierto de Toquinho y que lo habrá leído mal. También pregunta por los debates sobre temas de fútbol, donde pensaba intervenir sin tener ni idea. La señorita se vuelve a extrañar y le diagnostica de nuevo un defecto de lectura. Tendrá que mirárselo en el salón de belleza.
El barco llega a Rodas a las nueve y media de la mañana, para una larga escala de diez horas. Se divisan las almenas de la majestuosa fortaleza de los caballeros, la Orden de San Juan de Jerusalén, luego de Rodas y al final de Malta, según les iban echando los moros e iban reculando. El buque descuelga la pasarela y comienza la invasión, en perfecta coordinación con otros dos cruceros. A ojo, serán unas 10.000 personas, como en la Anábasis. Una tropa de sujetos dotados de cámaras de fotos y vídeo que marcha en fila india hacia las murallas. El viajero apostaría que el histórico desembarco de Solimán el Magnífico en 1522, tras un asedio de seis meses y años de resistencia de los caballeros, desató menos impulsos homicidas. La garrulada es verdaderamente impresionante. Al viajero le entran ganas de alertar a Protección Civil.
La horda opta por atacar una puerta de la muralla. El viajero, arrastrado por la multitud, contempla cómo se detienen al cruzar el umbral para hacer fotos y grabar imágenes en todas direcciones, aunque todavía no han visto nada. Da igual lo que haya. Se crea un atasco y el viajero huye por una callejuela. Por fortuna, el turismo de masas se mueve por raíles y se puede saltar en marcha. Tras doblar una esquina Rodas se convierte en un pueblecito solitario. Hay vecinas que hablan en las puertas y no acaban de despedirse. Se van alejando y acaban la conversación a diez metros. El Mediterráneo es una familia con una forma de vida común, de Málaga a Nápoles, a Rodas, a Jerusalén. Las mismas casas bajas en penumbra con la tele encendida, para hacer compañía.
Rodas está a un tiro de piedra de Turquía, lo que se llamaba Asia Menor. Ahí enfrente está Bodrum, la antigua Halicarnaso, cuando Asia Menor era griega y andaba a tortas con los persas. Es la ciudad de Herodoto, uno de los primeros grandes viajeros, no como esa medianía del viajero. Se pateó del Mar Negro a Egipto haciendo una cosa muy simple y muy antigua que hoy es casi imposible en la sociedad de la información: ir a los sitios, hablar con la gente, pasar el tiempo que haga falta por allí y luego contarlo. Hacía periodismo aunque entonces no existía, y lo que son las cosas, hoy que existe eso no se puede hacer. Ahora no podría salir del hotel porque tendría que actualizar cada hora la edición digital.
Herodoto hacía muy buenos reportajes. Los estudiosos recordarán datos cruciales de tribus escitas, pero al viajero se le han quedado tonterías como que las lidias eran todas putas, porque era así como se hacían la dote para el matrimonio, o que los persas le daban mucho al frasco, pero con filosofía. Cuando tenían que tomar una decisión importante se emborrachaban, lo debatían y decidían. Al día siguiente revisaban la decisión a ver si les seguía pareciendo bien, y si era así, pues adelante. No era mal método: hicieron la primera declaración de los derechos humanos que se conoce y levantaron un imperio. En otro orden de cosas, Bush es abstemio.
¿Caballeros o piratas?
Rodas fue el último puesto avanzado en la línea con Oriente. El confín del cristianismo tras la caída de Constantinopla. El viajero regresa a la calle principal e inmerso en la marabunta se dirige al castillo del Gran Maestre, la magna fortaleza de los caballeros. La calle está flanqueada por las casas donde se hospedaban, por nacionalidades. La casa de España es, como subrayan los turistas españoles, la más grande. «Mira, la de España es la más grande», comentan. Y se ponen contentos. Sin embargo en el castillo ven un mapa del reparto defensivo de la muralla y se quejan: «¡Vaya mierdecita que le dejaban a España!». Aunque en realidad los caballeros estaban divididos en ocho lenguas y España en dos: Aragón (Castellanía de Emposta, Navarra y Cataluña) y Castilla, con León y Portugal.
Según les echaban, los caballeros fueron cambiando de sede social: de Jerusalén a Acre, a Chipre, a Rodas, a Malta y finalmente a la actual, en el centro de Roma, al lado de Piazza de Spagna. Ya no pintan nada pero viven mejor que nunca. Siguen usando sus disfraces, tienen estatus diplomático, manejan pasta y hacen beneficiencia. Uno no se puede apuntar, te tienen que invitar, como en una secta o un club de golf pijo.
De todos modos la guía del viajero cuenta la historia de la orden con menos pompa. Dice que llegó allí en 1309 tras echar a los genoveses, legítimos moradores, y aunque eran caballerescos y cristianos se dedicaron a la piratería, hasta que a Solimán se le hincharon las narices, que para eso era magnífico.
El viajero sale al gran patio de armas y lee una placa solemne: «Reinando Victor Manuel III, rey de Italia y de Albania, emperador de Etiopía, siendo duce del fascismo y jefe de Gobierno Benito Mussolini este antiguo castillo, edificado sobre inviolables baluartes romanos, defensa de la civilización occidental, del derecho y de la religión de Roma restauró. Año del Señor 1940, XVII de la era fascista». Realmente los tíos se creían emperadores de Etiopía y que estaban en una nueva era cósmica. Pero tampoco éstos duraron mucho. Los italianos le quitaron Rodas a los turcos en 1912 y aguantaron dos asaltos, hasta la Segunda Guerra Mundial.
El viajero baja hasta el barrio judío y encuentra una sinagoga. Tiene un museo y así se entera de que los judíos llegaron en el siglo II antes de Cristo. En el XII había un rabino llamado Benjamín de Tudela y en 1280 llegó un grupo de Tarragona. Después, tras la expulsión de los judíos de España en 1492, llegaron muchos otros españoles. Muchísimos. Ante el viajero se abre entonces un universo olvidado, el gran exilio de españoles del siglo XV. De religión judía, se entiende, pero españoles. De Sefarad, como dicen ellos. La calle principal del barrio judío se llama Kay Ancha. En el museo hay un 'baúl de ashuar', de ajuar de boda, totalmente castellano. A medida que descubre cosas el viajero siente cómo suenan unos goznes en su cabeza: se abren las puertas de vastos páramos de ignorancia. Tras el recelo inicial es una sensación agradable, aunque de primeras tiende a evitar las personas que se la producen.
En Rodas se habló español, el sefardí o ladino, hasta la Segunda Guerra Mundial. Después llegaron los malnacidos de la esvástica y esta gente siguió escapando, aunque ya habían empezado con las leyes raciales de los italianos. En las vitrinas hay postales de la familias de picnic en el Congo o en Buenos Aires. Escribían para decir que estaban bien. Pero en Rodas fue muy mal, aunque hubo un Schindler local, el cónsul general turco, Selahattin Ulkumen, que salvó a 42 judíos. El viajero mira algunos apellidos de su lista: Berro, Maio, Turiel, Soriano, Calvo... El viajero se conmueve al pensar en estos paisanos, tan lejos en la historia y en el mapa. A los demás los cogieron: 1.673 personas. Sobrevivieron 151. En el museo hay una foto de 1945 de diez chicos que salieron vivos de Auschwitz en el puerto italiano de Ostia. También tienen nombres españoles, como Pepe Cordoval o Samuel Modiano.
Un encuentro especial
El viajero entra en la sinagoga y se encuentra un grupo de gente sollozando. Acaba de terminar una especie de reunión de visitantes en torno a un anciano. Les ha debido de contar algo que les ha conmovido. Se acerca a hablar con él, pero en ese momento entabla conversación con un matrimonio italiano. Ella le pregunta si es Samuel Modiano. Asiente. Habla italiano. El viajero se da cuenta de que es el joven de la foto de Ostia. Entonces la señora le cuenta que ella es de Bolonia y su padre también se apellida Modiano, y que en la guerra salió de Salónica. Se abrazan y se cuentan sus vidas. Le pide el teléfono de su padre: «¡Seguro que le hace ilusión hablar con alguien en ladino!». Ella le presenta a su marido y su hijo, un adolescente. Se hacen una foto. Al despedirse estrecha la mano del chaval, pero no la suelta y le dice mirándole a los ojos: «Sé bueno, estudia y quiere a tus padres, tú que tienes la suerte de tenerlos». Le sigue diciendo cosas que le salen del alma y casi hacen saltar las lágrimas a sus padres.
Cuando se van el viajero se acerca. Al ver que es español, Samuel Modiano se pone a hablar en ladino. Es un español con las eses diferentes, más silbadas, con alguna palabra antigua, pero igual. El viajero siente que se restablece un hilo roto de comunicación con el pasado. Está hablando con alguien de hace cinco siglos, un hermano remoto. Modiano le cuenta que su familia viene de Toledo, que su madre se llamaba Diana Franco. Intenta hacerle comprender, con nostalgia infinita, que no sólo hablaban español, sino que la cocina, las costumbres, las canciones, las nanas, son españolas. Le hace notar que la colocación de la Torá en el templo no es la habitual, sino en el modo particular de la sinagoga de Toledo. El viajero, en cambio, no puede apartar la mirada, sin que le vea, de una mancha borrosa de números azules que tiene en el antebrazo. Se maldice por no saber cómo comunicarle un afecto espontáneo. Al final, cuando se despiden, sólo acierta a apretarle los brazos con fuerza, pero no sabe si sentirá su cercanía. Ya sólo quedan cinco familias judías en Rodas. Son griegas. Ninguna habla español.
Así pasó la mañana. Sólo con dar un paseo y cierta curiosidad el viajero ya era un poco menos burro de cuando llegó. Por la tarde todavía le dio tiempo de correr nuevas aventuras en la isla. Imagina que una parte de sus colegas de crucero hizo más o menos lo mismo. Pero de momento sólo quiere destacar la preponderancia del sector tarugo del buque y adelantar que por la noche, al volver al barco, se encontró con un matrimonio español. Les preguntó qué les había parecido Rodas. Preciosa, dijeron. No habían visitado la zona amurallada ni el barrio histórico, sólo el centro, la parte moderna. Dijeron complacidos que había unas tiendas espectaculares. El viajero, materialista y demagogo a partes iguales, no sabe a qué carta quedarse. Seguramente las tiendas eran una pasada, pero estos tíos son unos zoquetes como la copa de un pino.