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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 2 octubre 2014

Vizcaya

VIZCAYA

Cierta costumbre y gusto gastronómico de los bilbaínos hizo que recibieran un apelativo que con el tiempo, lejos de molestar, sirvió para caracterizar a uno de los tipos más auténticos de la Villa
09.08.09 -

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En el país de los chimbos
Pintura titulada 'Chimbero', de Ángel Badillo. / E. C.
Cuentan que, cansados los vitorianos del apelativo 'babasorros' -comedores de habas- con el que los bilbaínos les calificaban, se tomaron la revancha y les colgaron a estos últimos el sobrenombre de 'chimbos'. La razón de aquel bautismo de desquite no fue otra que la enorme afición que los de la Villa tenían por cazar unos pájaros pequeños, pertenecientes a especies distintas y de gran aceptación sobre todo durante el otoño, ya que era entonces cuando esas criaturas estaban bien cebadas. El apelativo en cuestión no fue tomado a malas.
Según las crónicas costumbristas de la época en poco varió la costumbre de dar muerte a tan inocente animalillo y si ésta con el tiempo decayó se debió a la expansión urbanística de Bilbao desde los tiempos de la anexión de Abando hasta las definitivas de Deusto y Begoña. Poco a poco, el avance de casas, fábricas y demás mamotretos de cemento, obligó a los chimbos de verdad a emigrar hasta las campas de Lamiako, de donde también se tuvieron que marchar en cuanto se instaló, tal y como señaló Adolfo Guiard, una fábrica de vidrio regentada por empresarios belgas.
Tono burlesco
Los chimbos o chimberos llegaron a convertirse en una parte consustancial del paisaje verde cercano a la ciudad. Eran los domingueros de la escopeta -también llamada chimbera- los que cada día del Señor se lanzaban a la búsqueda de higueras, maizales, moreras, manzanos y cuantos lugares fueran los ideales para cobijar a sus preciadas presas. Tanta fama llegaron a adquirir que pintores de renombre, como Anselmo Guinea o Adolfo Guiard, los inmortalizaron en algunas de sus pinturas. Incluso, aunque a buen seguro con menos cariño, el que fuera alcalde de Vitoria, don Manuel de Ciorraga y Tomasa, les dedicó una canción de tono burlesco para, en definitiva, ridiculizar en lo posible a sus vecinos. La copla en cuestión nació en Vitoria en el primer cuarto del siglo XIX con el objetivo de reírse de los bilbaínos por su mal castellano y, obviamente, por su afición a la caza de los chimbos.
Lejos de ser una obra maestra, hay que reconocer que la producción de Ciorraga atinaba en cuanto al deje de los bilbaínos y daba en el clavo a la hora de destacar esa curiosa obsesión por practicar una caza tan menor. A manera de ejemplo basta con escuchar la primera estrofa: «¡Ene! Que chimbo! / Mírale. / ¿Burla me hases?/ Tírale. / Pum.! Ya cayó. / Que mantecassas! / Ni un cerdo hay trassas / más gordas, no». Pero lejos de molestar, la cantinela vitoriana fue tomada con humor por los bilbaínos, que no tardaron en incorporar algunos versos a su cancionero particular.
No era de extrañar aquella actitud de indiferencia de los bilbaínos ante la burla de los vitorianos porque, como señala Manuel Llano Gorostiza, «el bilbaíno se sentía orgulloso de estos pajaritos de doce o trece centímetros de longitud que se alimentaban de bayas, frutos, insectos, semillas y granos de cereales y a los que no se podía intentar comparar con sus colegas de otras latitudes a los que gentes de Álava, Guipúzcoa y Navarra confundían con los nombres de pajarillos, pajaritos, culirroyos, alicas, papirroyos, moralicas, chontas, etc.». Para los de Bilbao, sus pajaritos, los chimbos, eran otra cosa muy distinta. Nada que ver con los de otros lugares.
El chimbero no era un cazador cualquiera. Lo suyo no era una afición, sino más bien toda una religión. La noche anterior a la cacería, el chimbero limpiaba el cañón de su escopeta, llenaba su cuerno de pólvora, preparaba los tacos -hechos con papeles sobrantes- y se procuraba que la cajita de pistones estuviera en regla. Ya el domingo, lo primero que hacía era oír misa «preparándose como los antiguos guerreros al combate». Después se ponía en marcha, tras el oficio religioso y las consideraciones meteoro- lógicas pertinentes. Su aspecto era impresionante. «Cruzaban su pecho a izquierda y derecha, suspendidos con verdes cordones -describió Emiliano de Arriaga-, el repleto polvorinero y la enorme perdigonera...»
Llevaba sobre el hombro siniestro una escopeta que tenía en más aprecio que el Cid a su tizona. Asomaban por todos los bolsillos de su levitín anticuado, abundancia de periódicos -que eran los mejores papeles para tacos- y no le faltaban ni las cumplidas polainas, que le cubrían hasta la rodilla, ni la inmensa brujaca en bandolera...» Todo ello rematado con un gran sombrero de alas anchas. Junto a él, el indispensable perro color chocolate para recoger la pieza una vez abatida. Y una vez llegado a su campo de batalla, localizaba el lugar adecuado y daba inicio la espera porque el chimbero era, sobre todo, paciente.
Conflicto de intereses
Obviamente, el chimbero corría sus peligros. De vez en cuando tenía algún que otro rifirrafe, incluso tortas también, con quien resultaba ser el dueño de la higuera que había quedado tocada por los perdigones. En otras ocasiones tampoco era extraño que el disparo terminara en las pantorrillas de un colega, con lo que el día se teñía de drama y de alguna que otra risa también. Se podía dar el caso de que un mismo chimbo fuera visto por tres o cuatro chimberos a la vez, lo que ocasionaba un conflicto de intereses serio. Más aún si los perros de todos se lanzaban sobre la misma pieza.
Pero si había un momento gratificante para aquel «guerrero dominguero», ése era el de llegar a casa o al lugar que fuera para preparar un suculento plato con las piezas cobradas. La receta era sencilla: desplumar, destripar, limpiarlos bien con un trapo y cortarles las patitas y el pico (a los hormigueros se les cortaba la lengua). Después se les freía bien en una sartén con manteca. A continuación se retiraban a un plato donde se les cubría para que no perdieran el calor y, en la misma manteca, se echaba pan rallado mezclado con ajo y perejil. Se revolvía un poco en el fuego y se vertía sobre los pajaritos. Todo un manjar de dioses.
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