E l sábado fui al mercado de La Ribera de Bilbao para comprar bonito. Hacía un día lo suficientemente húmedo y caluroso como para preparar uno de mis incontestables 'marmitakos'. Me encanta cocinarlo para mis allegados cuando arrecia el bochorno y ver luego cómo sudan la gota gorda y yo con ellos: una especie de sauna fraternal a la vasca.
Los puestos del mercado de La Ribera están resistiendo con estoicismo y coraje una reforma a fondo del edificio sin cesar su actividad o trasladarse a otro lugar. Se concentran todos en la mitad de una planta mientras se reforma la otra. Como el ejército que se atrinchera en un solo punto para ser más fuerte y resistir mejor la ofensiva. Así están ahora en la planta del pescado, con el consiguiente espacio reducido y algunas incomodidades. Animo a toda la clientela del mercado, y a otra nueva que ojalá se añada, a que sigamos fieles en nuestras compras cotidianas en estas dificiles circunstancias. Bilbao sin el mercado de La Ribera me gustaría menos. Creo que en ese viejo mercado lleno de vida pervive un patrimonio cultural, sentimental y social de la Villa que constituye uno de los elementos identificativos y genuinos de su personalidad.
Pues bien. Al salir de la planta del pescado vi en la puerta a un veterano vendedor de ajos y limones. Allí de pie, con su bolsa en el suelo como único establecimiento. Es ya un anciano, sonriente, simpático y con bastante pluma. Algunas veces le he comprado sus buenos ajos rojos -nada que ver con los chinos, grandes, pálidos y bastos- porque me parece muy duro ganarse el pan con tan precario comercio, porque me cae bien y porque siempre me ha llamado guapo.
Seis cabezas de ajo ,un euro. Le dije que con tres me bastaba. No puso pega. Le di el euro y le dije que así estaba bien. «No, no. Toma cincuenta céntimos o llévate otros tres». Insistí sin acierto en que no era necesario. «Pues toma tres limones. A cada uno lo suyo. A mí me gusta hacer las cosas así», me explicó con un sencillo orgullo profesional y sobre todo con dignidad. Una dignidad natural, la que se ha conseguido a lo largo de la lucha durante una vida entera en la que nadie le regaló nada ni él pidió que nadie lo hiciera. Una dignidad auténtica, como la de ese mercado. Accedí, por supuesto. Metió en mi bolsa las tres cabezas de ajo y los tres limones y entonces aceptó el euro. Y por primera vez, al despedirnos, no me llamó guapo. Intenté creerme que era debido a la edad. No a la suya, sino a la mía.