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Política

10.07.09 -

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Resultan sorprendentes las reacciones que está suscitando la oferta del PNV sobre estabilidad institucional y presupuestaria cara a afrontar la respuesta a la actual situación de crisis económica. Particularmente lo son las de aquellos partidos que desde la formación del nuevo Gobierno están demandando de los jeltzales una posición constructiva, de compromiso con el país, dejando a un lado actitudes revanchistas o 'cabreadas' por su desalojo de la Lehendakaritza. Llama la atención, por su gravedad, la reacción partidista que ha tenido Rajoy. Considera este dirigente que resultaría «dramático» que por un acuerdo presupuestario entre PNV y PSE quedase en nada la apuesta entre populares y socialistas por consolidar el cambio en Euskadi. Resulta curioso porque es precisamente del binomio PSE-PP, como expresión del nuevo eje central de las relaciones políticas en Euskadi, desde donde se le ha requerido responsabilidad y altura de miras al PNV.
Hasta se le ha indicado por el lehendakari que su continuidad en la Diputación de Álava depende directamente de su 'buena conducta' institucional. La respuesta de Rajoy sólo cabe entenderse en términos partidistas, no en clave de país ni de lo que es necesario para la economía vasca. Se interioriza y se reduce la propuesta a una jugada inteligente de recolocación en el tablero político, que lo que persigue es debilitar el acuerdo PSE-PP para restablecer un escenario de entendimiento entre nacionalistas y socialistas. Dicho sea de paso, el escenario más querido y pretendido por una parte muy importante de los ciudadanos, según las encuestas.
Independientemente de las reflexiones especulativas sobre las verdaderas intenciones de los demás, si se resquebrajara o debilitara el pacto entre populares y socialistas en Euskadi por obra y gracia de la propuesta de los jeltzales, ello no pondría de manifiesto necesariamente la capacidad disolutiva de los jelkides, sino más bien la escasa solidez del pacto. Lo más gracioso de esa posible hipótesis es que los propios integrantes del pacto saben que ese riesgo es real y objetivo, y que además empezará a vislumbrarse cuando los populares y los socialistas vean en la gestión del acuerdo más problemas que ventajas.
Yo no creo en la teoría del pacto de Estado como fundamento de este acuerdo en Euskadi, sino en la coincidencia de intereses, que como se sabe son normalmente coyunturales. Es muy difícil dar una respuesta negativa a la propuesta del PNV que a la vez resulte razonable y coherente sin chocar con el interés general. Como difícil es rechazar con argumentos de peso la iniciativa del lehendakari en tono al diálogo social y económico, aunque haya centrales que vean en la misma una estrategia de neutralización de los sindicatos. La coincidencia en torno a los aspectos básicos de la política presupuestaria y la colaboración del conjunto institucional en materia fiscal, en políticas sociales, inversiones e infraestructuras es totalmente necesaria. Un entendimiento básico en el que participen cuando menos el Gobierno Vasco y las Diputaciones, en atención precisamente a la singularidad de nuestro entramado institucional.
Es obvio que para quien aspira desde ya, sin elecciones, a ocupar el sillón foral de Álava esta propuesta resulte un contratiempo, pero convengamos que su aspiración no es una necesidad imperiosa para Álava ni para los alaveses. El liderazgo político en una sociedad democrática no está reservado ni por ley ni por doctrina al partido gobernante, aunque es cierto que se presume a su favor que está en mejores condiciones que los demás para ejercerlo. Tampoco es cierto que la función de la oposición deba quedar reducida a la labor de control y crítica, renunciando a su capacidad de iniciativa y anticipación. Los gobiernos caen o pierden entre otras cosas porque no ejercen debidamente el liderazgo que se les presume, pero sobre todo porque el partido de la oposición ha logrado extender en la sociedad una red de confianza en torno a un nuevo liderazgo.
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