E l otro día supe que España sobrepasa con mucho los 8 millones de personas que viven en la pobreza. Una quinta parte de la población. Son cifras oficiales. Gente que se las arregla con menos del 50% de la renta media disponible. No sé si son muchos o pocos, pero van a más. El mismo día leí que Cayo Lara, el coordinador general de IU, decía que debería tipificarse como delito el no pagar su salario a los trabajadores. Y pensé: ¿O sea, que hasta ahora no lo es? En fin, el dinero es una de las cosas que más se ha complicado en los últimos años. Antes, todo el mundo sabía lo que era y cómo había que usarlo, pero ahora se ha convertido en una sustancia misteriosa. Hemos visto de todo. A la mayoría nos hizo gracia, supongo, aquello de subir los impuestos a las rentas más altas. Sonaba bien. Es una de esas cosas que a las clases medias les gusta oír porque se considera de justicia elemental. Y por supuesto, la marcha atrás resultó decepcionante. Al menos, en la medida en que aún nos creemos las cosas. Luego encontré un artículo de Pablo Sebastián en el que auguraba una próxima subida de impuestos a las clases medias para combatir el déficit. Y añadía algo que, en mayor o menor medida, es una intuición general: que los verdaderos adinerados no pagan impuestos. Que saben camuflar el dinero de muchas maneras. Que el fraude fiscal, a este nivel, alcanzaría los billones de euros. Y que ningún gobierno, sea del partido que sea, se atreve a meterles mano. ¿Qué les parece? Puede que en efecto el dinero sea el combustible de esta sociedad, por eso urge tipificar con valentía y precisión todo tipo de fraudes y delitos financieros. El dinero es una sustancia inflamable con un elevado poder de deflagración. No se puede permitir que los delitos monetarios permanezcan impunes y cargar siempre con todo a los mismos. La sensibilidad social hacia este tipo de asuntos ha cambiado. A continuación un episodio entre grotesco y gracioso ocurrido sólo unos días antes de dictarse la sentencia de Madoff: cinco jubilados alemanes deciden secuestrar a su asesor financiero. Tres hombres y las esposas de dos de ellos. Estaban hartos. El tipo les había hecho perder dos millones de euros. Así que decidieron vengarse de él. Le asaltaron a la salida de un bar, lo metieron en el maletero del coche y lo llevaron a una casa donde lo inmovilizaron y torturaron durante cuatro días. Desde luego, el dinero tiene el poder de volver loca a la gente, no me digan que no.